Julio María Sosa Venturini. Artística y simplemente Julio Sosa, también identificado -tras idea de un periodista porteño- como «el varón del tango». Oriental, pedrense. Aquí no hay lugar como la eterna polémica gardeliana sobre la nacionalidad. Con nada más que 38 años de edad, el 26 de noviembre de 1964 y como consecuencia de un accidente de tránsito ocurrido en Buenos Aires, partía quien fuera considerado, por público y periodismo especializado, como uno de los cantantes de tango más importantes de ese tiempo. Concepto que perdura, claro, aunque la difusión realmente no sea la que tamaña figura merece.
No vamos a detallar el historial. Pero vale citar que habiendo quedado atrás aquel génesis artístico como vocalista de la orquesta de Carlos Gilardoni, en junio de 1949 «cruza» al escenario mayor de la música rioplatense: la capital argentina. Durante 15 años vivió una trayectoria brillante, plena de éxitos, alternando con varias e importantes formaciones orquestales, aunque se asegura que con la dirigida por Leopoldo Federico logró alcanzar la plenitud de la fama.
Julio Sosa cantaba «estilo Julio Sosa». ¿Se entiende, verdad? Su forma de expresión hizo que se concretaran versiones realmente únicas de títulos como «Nada», «Qué falta que me hacés», «Tiempos viejos», «Al mundo le falta un tornillo», «Esta tarde gris»; aunque para subrayar -según opinión personal- mencionamos «Cambalache» y el recitado de «La Cumparsita», con versos de Celedonio Flores, el de «Pido permiso, señores».
Suele manifestarse en casos similares: «¡tenía tanto para dar!». En el caso del cantor de Las Piedras, se nos ocurre parafrasear ¡tenía tanto para cantar!.
AMERICANISMO
Un tema recurrente; incluso hace muy poco lo tocamos en Radar Musical por Facebook: el canto latinoamericano. «Yo soy el callado silencio que abraza,/ la voz de una raza mestiza, ancestral;/ persigo una estrella con luz en la sangre,/ el destino grande del hombre total», pinta Aníbal Sampayo en «Soy río, árbol, canción». Los poetas y trovadores populares de este gran país que es América Latina, los comprometidos con la realidad, han tomado conciencia precisamente en el momento de trovar, todo ese cúmulo de reclamos, esperanzas y sueños de un pueblo que transita caminos comunes. «Existe un territorio donde la sangre se mezcla», canta Daniel Viglietti. «Salgo a caminar/ por la cintura cósmica del Sur», primer verso del clásico latinoamericano «Canción con todos», de César Isella y Armando Tejada Gómez. Es fecunda la creación en torno a una suerte de solidaridad internacional o, mejor dicho, «vecinal». Aún en épocas muy difíciles y en cada nación el canto afloró, tiempos en que hasta se las ingenió para «esquivar» censuras, llegando a convertirse en eficaz aliado de los pueblos.
Vale entonces reiterar lo del compromiso. Cantar al amor, al paisaje, ¡vaya si es válido y precioso! Pero también importa el hombre que habita el escenario americano. Por eso la literatura y la musicalidad lo siguen considerando.
«EL HÉBER» Y EDGARDO
Por la vía de la tecnología vemos que siguen actuando (recitales, peñas, eventos solidarios). Y, de alguna manera, la confirmación de una buena idea. Referimos a Héber Rodríguez, o «El Héber», guitarrista, cantor, compositor y hasta productor, junto al talentoso pianista, guitarrista, cantor y creador Edgardo Muscarelli. Dos individualidades que decidieron proponer en binomio. Actuaciones, como decimos, más interesante discografía, rubrican la calidad artística de «El Héber» y Edgardo, integrados al panorama uruguayo de canto popular. Reiteramos de «una buena idea».
HASTA LA PRÓXIMA
«Si nos damos una mano/ va a ser fácil sostener/ la mirada entre nosotros/ y la confianza de crecer./ Si nos damos una mano/ es posible encontrar,/ si nos damos una mano/ es posible levantar/ ¡la vida en lo más alto/ para no volver atrás!». Edgardo Muscarellli. De «Mano con mano» (Canción del Plan de Emergencia-2005).
José María Brunini
