Escribe Darío Rodríguez

Los uruguayos celebramos que cada cinco años renovamos el staff de gobernantes que son los que van a “conducir” los destinos del país. Hacemos caudal de nuestro sistema republicano y lo bueno que ello implica. Pero el discurso hegemónico oculta dos cuestiones: la existencia de poderes que nadie elige, -y deciden-,  y que los sectores o partidos que gobiernan representan intereses de sectores de clase o distintas clases. Hay diversos poderes fácticos, que nadie elige, y son intocables, independientemente de quien sea gobierno. Uno de ellos es la corporación mediática. Existe una discusión, a todo nivel, incluyendo la académica sobre el impacto y el alcance de los aparatos mediáticos en la conformación de la opinión ciudadana sobre variados  tópicos. Se discute, además, si las redes (in) sociales los han impactado. Otro costado de la cuestión es que la comunicación, más allá de su canalización es, antes que nada, un servicio de interés público; las ondas son de la comunidad. El tema se complejiza pues han “determinado” que es otra mercancía más.

En Uruguay los medios de información (no de comunicación), en especial la TV, han estado vinculado a un conjunto de familias que, desde allí, inciden en crear realidades y sostener el sistema imperante. En su momento, el francés Pierre Bordeau, sostuvo que la TV “muestra ocultando”.  Las ondas fueron entregadas, discrecionalmente,  en forma precaria, revocable, situación que devino en permanente y siguiendo la lógica capitalista el sector se  monopolizó y concentró. Desde su poder han incidido fuertemente para que nada cambie ni nadie entre a usufructuar un bien comunitario, universal. Se podría listar infinidad de episodios donde primó mucho más la libertad de empresa que de expresión; sin que hubiera mayores repercusiones. Por ejemplo, desde los medios hegemónicos, tal vez  hoy se haya olvidado, la feroz batalla que dieron para que la Intendencia de Montevideo no tuviera su TV. Hoy TV Ciudad es una grata realidad.

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