Escribe Américo Schvartzman
En 2005, con mi amigo Nahuel Maciel fuimos hasta Montevideo a entrevistar al entonces ministro de Agricultura, José Pepe Mujica. Una de sus muchas definiciones interesantes fue la que ven en la imagen que acompaña este posteo, que fue título en El Miércoles en papel: “Tenemos un Mercosur abollado y con las papeleras lo vamos a hacer pelota”.
En realidad, no fue solo con las papeleras, aunque eso ayudó bastante a que los gobiernos “progresistas” (bue…) dejaran de hablarse y entraran en el delirio protobélico que llevó a uno de ellos (el nuestro) a denunciar al otro en La Haya. Sí, hoy parece un mal sueño ¿no? Dos países hermanos, nacidos de la misma placenta, que comparten casi todo, ambos miembros fundadores del Mercosur, tuvieron que ir al Tribunal Internacional para dirimir la locura de esa disputa.
Así que… lo del título: treinta años de Mercosur, y ninguna flor. Iba a escribirlo parafraseando a Baldomero Fernández Moreno.
“Treinta años (¡treinta!) tiene este Tratado
Treinta años (¡treinta!) y ninguna flor.
A sus Presidentes, Señor, ¿qué les pasa?
¿Por qué aún apuestan a la desunión?”
Los gobiernos que tuvimos y tenemos no pudieron (no supieron o no quisieron) hacer nada, pero nada, que le dé un poco de sentido a ese acuerdo que nació como un tratado comercial y que ya ni eso. Nada. En tres décadas.
Todavía circulan más fácilmente los camiones y las mercancías que las personas.
Ahí siguen en pie las aduanas en vez de haberlas convertido en centros culturales de integración regional.
Cada país negocia para afuera como quiere y por su cuenta.
No avanzaron un milímetro en tener una moneda común.
De la palabra “común” deriva comunidad. Pero las comunidades no existen para el Mercosur.
No hay leyes ambientales comunes, ni siquiera para cuidar los ríos comunes.
Ni ahí de darle poder a las comunidades que viven en sus orillas para que decidan qué se puede hacer en ellos y qué no.
No fueron capaces ni siquiera de ampliar la CARU para que la integren los tres países en cuyo territorio corre el río Uruguay.
Ni eso.
Eduardo Galeano, cuando fue nombrado “ciudadano ilustre del Mercosur” (quizás lo mejor que hicieron los ineptos que nos gobiernan en todos estos años) dio un bonito discurso donde dijo que está bien juntarnos, pero “no sólo para defender el precio de nuestros productos, sino también, y sobre todo, para defender el valor de nuestros derechos”.
Porque “bien juntos están, aunque de vez en cuando simulen riñas y disputas, los pocos países ricos que ejercen la arrogancia sobre todos los demás”. Y agregó: “Esta región nuestra forma parte de una América Latina organizada para el divorcio de sus partes, para el odio mutuo y la mutua ignorancia. Pero sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en lugar de crear”.
Lamentablemente, aparte de darle el premio ése, en estos treinta años los mandamases del Mercosur no le dieron ni cinco de pelota a sus palabras. Y en cambio, si hace 15 años estaba abollado, según Mujica, ahora sí, está hecho pelota.
Ojalá en algún momento los pueblos recuperen la ancha historia de unión de la patria suramericana (porque de los gobiernos, como sabía Artigas, poco se puede esperar) y se planteen obligar a los mandamases a unirse.
Mientras tanto, lo del comienzo: treinta años y ninguna flor.
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