Margarita Heinzen
El 26 de mayo pasado se celebró, un año más, el Día del Libro Nacional. Este homenaje al libro de autor nacional fue establecido en 1940 por el Consejo de Educación Primaria en conmemoración de la fundación de la Biblioteca Nacional en 1816 en Montevideo, bajo el gobierno de Artigas. ¡Cuántas reflexiones me dispara esa fecha!
“Sean los Orientales tan ilustrados como valientes”, como santo y seña de aquel día lejano de la fundación. El breve período en que nuestro país (provincia en aquel entonces) fue libre de cualquier poder extranjero y gobernado por las ideas de Artigas. Un territorio en guerra, un pueblo pobre en el que la mayoría era analfabeta y aún así la apuesta fue crear una biblioteca para todos, una apuesta a la cultura.
Desde esa época, las bibliotecas han cumplido y cumplen con la función social de democratizar la información distribuyéndola de manera universal a toda la comunidad sin distinciones ni restricciones. Así es que se constituye en un espacio público de libre acceso que brinda las mismas oportunidades y posibilidades para todos generando inclusión, igualdad y equidad.
El manifiesto de la UNESCO (1994) en favor de las bibliotecas públicas establece que esta es un centro de información que facilita a sus usuarios todo tipo de datos y conocimientos. Por su lado, la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA) y la UNESCO, en las Directrices IFLA/UNESCO para el desarrollo del servicio de bibliotecas públicas (2001) la define como:
“Una organización establecida, respaldada y financiada por la comunidad, ya sea por conducto de una autoridad u órgano local, regional o nacional, o mediante cualquier otra forma de organización colectiva. Brinda acceso al conocimiento, la información y las obras de la imaginación gracias a toda una serie de recursos y servicios y está a disposición de todos los miembros de la comunidad por igual, sean cuales fueren su raza, nacionalidad, edad, sexo, religión, idioma, discapacidad, condición económica y laboral y nivel de instrucción.”
Paysandú tiene biblioteca pública desde el 18 de julio de 1874, cuando fue fundada como “Biblioteca Popular Eduardo Mc Eachen” en homenaje a su impulsor, el Jefe Político del Departamento. Mc Eachen no era ajeno a las ideas de la época y se preocupó por darle a Paysandú una Biblioteca Pública e incluso donó la suya para formar la primera colección. Funcionó así un tiempo, pero en 1878 pasó a custodia de la Comisión Departamental de Instrucción Pública.
En 1912 deja de funcionar como Biblioteca Pública al incorporarse al reciente Liceo Departamental.
Luego de realizados los trámites correspondientes y recuperado el acervo bibliográfico perteneciente a la “Biblioteca Mc Eachen”, en 1928, pasa a funcionar en el Palacio Municipal con el nombre de “Biblioteca Municipal José Pedro Varela”. Hasta 1948 funcionó en ese lugar, fecha en la que pasa a instalarse en el edificio que ocupó hasta 2019 en la calle Sarandí. Actualmente funciona en la calle 33 Orientales, como un moderno proyecto de espacio multicultural.
El gobierno departamental anterior entendió la trascendencia de la Biblioteca como centro de distribución de conocimiento, por lo que abordó este proyecto de modernización y fortalecimiento de las capacidades instaladas para adecuarlas al mundo actual. Hoy nuestra biblioteca cuenta con espacios accesibles e inclusivos, con salas o espacios específicos e identificados, servicios adecuados y especializados, funcionarios más capacitados y con disponibilidad de materiales en diferentes formatos (libros, audio libros, música, dibujo, pintura y otros).
Consultada su responsable, la Lic. Carmen Pintos, nos dijo que quienes asisten hoy a la Biblioteca son personas que provienen de toda la ciudad y de todo el Departamento, son de las más diversas edades, ocupaciones, géneros, capacidades, religiones, niveles socioculturales, niveles educativos y niveles socioeconómicos.
La Biblioteca “José Pedro Varela” tiene una Bibliotecóloga a la cabeza, lo que no es obvio. En este sentido, es importante destacar que hasta hace unos pocos años, las bibliotecas de 11 de los 19 Departamentos no tenían al frente Licenciados en Bibliotecología y eran atendidas por funcionarios municipales sin capacitación específica.
¿Qué es lo que pasa? Por un lado, como sección en la Intendencia, muchas veces, los funcionarios que son destinados a la Biblioteca lo viven como “castigo” y muchas veces las autoridades lo manejan así también. Cuando asumí la Dirección General de Promoción y Desarrollo en 2015, junto a la Directora de Cultura hicimos reuniones con cada dependencia bajo nuestra jerarquía, y en la biblioteca, en particular, encontramos funcionarios que nos expresaron en forma directa que a ellos no les gustaba leer ni les interesaban los libros. Eso ocurrió al final de una reunión a la que la dos llegamos con la ilusión de mejorar el servicio a través de la motivación y capacitación de los funcionarios. Claramente, con esos funcionarios no lo íbamos a lograr.
¿A qué se debe esto? Entiendo que la promoción de la lectura, el libro como objeto cultural, la promoción del acceso a la información no rinden políticamente. Carlos Liscano, Director de la Biblioteca Nacional entre 2010 y 2015, dijo la semana pasada en el ciclo de la Fundación Benedetti “La pluma y el pan”, que las bibliotecas municipales “no compran libros” y que se abastecen de donaciones y de las políticas nacionales de promoción de la lectura. Es decir, es una sección en la que no interesa invertir.
En 2010, por otro lado, la Junta Departamental de Florida votó negativo por amplia mayoría, la creación del cargo de Bibliotecóloga para la biblioteca pública de ese Departamento. Claramente, no se jerarquiza el saber técnico de este profesional. Aun se concibe al encargado de la biblioteca como aquel que solo “acomoda libros en los estantes” y no como el profesional que administra un acervo de fuentes de información, en diferentes soportes, catalogadas y clasificadas, organizadas de tal forma que quienes deseen hacer uso de ellas puedan encontrarlos con facilidad y rapidez, y que es capaz de elaborar un catálogo público a disposición de los usuarios. A su vez, que sea capaz de organizar los servicios de una biblioteca, los que no se restringen al préstamo, sino también a la consulta y orientación a los usuarios en la búsqueda de servicios o información específica y fundamentalmente a la organización de actividades para la comunidad que fomenten la lectura y el fortalecimiento de la vida cultural.
En tiempos en que está tan cuestionado el libro como objeto cultural, que se ha anunciado su muerte tantas veces, vemos que las actividades de la lectura y la escritura no pierden vigor. Capaz cambien los soportes, capaz, a diferencia de hace algunas décadas, no todo el conocimiento de la humanidad esté en formato papel, lo que requería de edificios que lo custodiaran y pusieran a disposición; sin embargo, las comunidades siguen necesitando bibliotecas. Hoy por hoy, como siempre, las comunidades necesitan espacios de encuentro donde converjan ideas, puntos de vista y perspectivas, es decir, espacios como la biblioteca pública que cumpla la función social de ámbito abierto al debate y al dialogo democrático.
Paysandú tiene un hermoso edificio que alberga un hermoso proyecto de biblioteca pública, que esperemos continúe interactuando, como hasta ahora, con organizaciones y colectivos para el fortalecimiento cultural de la comunidad, más allá de lo que la pandemia hoy permite.