Desde Entre Ríos

Escribe Jorge Villanova

Recordar a José Gervasio Artigas es más que eso, es una reivindicación justa y necesaria para con el más preclaro hombre que tuvo nuestro país en la década inicial de la patria.

Es imprescindible acercarlo en toda su dimensión a nuestros días, porque si hay un personaje que ha sido denigrado, mansillado y despojado de contenido en nuestra historia ese fue el Protector de los Pueblos Libres. Y esto que le sucedió en vida, también continuó luego de su muerte.

En los albores de la revolución, sostenía Mariano Moreno en su Plan de Operaciones que era imprescindible en la Banda Oriental “atraerse a dos sujetos por cualquier interés y promesas, así por sus conocimientos, que nos consta son muy extensos en la campaña, como por sus talentos, opinión, concepto y respeto… ; quienes, puesta la campaña en este tono y concediéndoles facultades amplias, concesiones, gracias y prerrogativas, harán en poco tiempo progresos tan rápidos, que antes de seis meses podría tratarse de formalizar el sitio de la plaza”, uno de ellos era Artigas, el otro José Rondeau. No se equivocaba Moreno.

Ese blandengue que conocía como ningún otro su tierra y a sus comprovincianos, que cruzaba todo el Entre Ríos, para ponerse al servicio de la Junta y “llevar el estandarte de la libertad hasta los muros de Montevideo”, sería el nervio armado de la Revolución al otro lado del Uruguay desde el Grito de Ascencio el 28 de febrero de 1811, y fue quien en Las Piedras le ofrendó el primer triunfo a las armas patriotas, sin más anhelada recompensa que la felicidad de su pueblo.

Dice Busaniche que “Artigas será el caudillo de mayor prestigio en el litoral argentino, el primer hombre que se levantará en masas y el primero que infundirá un aliento popular a la revolución, sacándola del conciliábulo y la trastienda en que se había mantenido hasta entonces. Será también Artigas el primero que rechazará la máscara de Fernando y pedirá que sea declarada la independencia”.

Y es por eso mismo que no pudo entender Artigas sino como una leve traición el pacto entre Buenos Aires y el Virrey Elío, a quien se le entregaba toda la Banda Oriental y los pueblos del oriente entrerriano.

Inaceptable tratado para este coronel que decide retirarse hacia donde no lo alcance el poder imperial  y es entonces cuando advierte que ya no es él el traicionado sino todo el pueblo que lo sigue en ese exilio voluntario.

“¿Qué es en verdad, un jefe para ellos, changadores, troperos, negros bisoños, indios a medio civilizar, desheredados de la fortuna y amigos de la infancia y correrías? –se pregunta Jesualdo- Nada más que un hombre más leido, más guapo, más hábil, más jinete, mejor enlazador o pialador, más ducho en las faenas de la yerra y del corambre, más discreto enamorador. Y a ese hombre no se le teme, se le admira. Por eso van ahí con él, siempre irán con él.”

Pero las grandes diferencias con el poder central surgirán a partir de 1813. La Asamblea llama a los pueblos a integrarse con sus diputados. Los orientales llevan instrucciones precisas: Independencia, Federación, Autonomía y Federación, civil y religiosa en toda su extensión imaginable , división de poderes,  apertura de puertos al comercio, supresión de impuestos internos, traslado de la capital fuera de Buenos Aires y dictado de una Constitución.

Fue este el primer gran enfrentamiento del Buenos Aires con el resto del país. Las Provincias Unidas encontraron en 1813 su voz. El pensamiento artiguista se hacía eco de los reclamos del interior y eso se tornaba inaceptable para la ciudad puerto.

Sostiene Alberdi en sus Grandes y pequeños hombres del Plata: “Para Buenos Aires, Mayo significa independencia de España y predominio sobre las provincias… para las provincias, Mayo significa, separación de España, sometimiento a Buenos Aires, reforma del coloniaje, no su abolición -y agrega- ha creado dos países distintos e independientes bajo la apariencia de uno solo: el Estado metrópoli, Buenos Aires, y el país vasallo, la República. El uno que gobierna y el otro que obedece, el uno goza del tesoro, el otro lo produce, el uno es feliz, el otro miserable, el uno tiene su renta y su gasto garantido, el otro no tiene seguro ni pan”.

Desde entonces sobrevendrá el escarnio a la figura de Artigas, se intentarán todos los métodos para callarlo, para silenciarlo. Se comprarán sus hombres, se le pondrá precio a su cabeza, se lo declarará traidor a la Patria. Se le ofrecerá la independencia total de su provincia, pero Artigas no busca la separación sino la autonomía y la federación. “Es un disidente, no un traidor” dice Félix Luna. Por si hace falta el caudillo aclara: «Yo no soy vendible, ni quiero más premio por mi empeño que ver libre mi nación».

Finalmente, se acordará la invasión de la Banda Oriental con el imperio portugués para terminar con el molesto oriental. Buenos Aires podía soportar la entrega del territorio nacional, pero no la pérdida de su supremacía económica.

Hacia 1815 Artigas alcanza su máximo esplendor político y militar. Las provincias de Misiones, Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Banda Oriental y parte de Córdoba solicitan su protección. “Si mis pensamientos hubieran sido menos delicados yo me avezaría de haberlos concebido pero adorador eterno de la soberanía de los pueblos, sólo me he valido de la obediencia con que me han honrado para ordenarles que sean libres. Yo lo único que hago es auxiliarlos como a amigos y hermanos pero ellos solos son los que tienen el derecho de darse la forma que gusten y organizarse como les agrade y bajo su establecimiento formalizarán a consecuencia su preciosa Liga entre sí mismos y con nosotros, declarándome yo su protector”.

Los diputados de la Liga se reúnen en Concepción del Uruguay, en el Congreso de Oriente o Congreso de los Pueblos Libres. El 29 de junio de 1815, cumpliendo con la primera de las Instrucciones, los pueblos declaran su Independencia de España y de toda potencia extranjera. Un año antes que en Tucumán las provincias federales rompieron con el yugo español. El poeta sanducero Aníbal Sampayo lo relató en inmortales versos: “De Santa Fe Diez Andino / García de Cossio, Corrientes / de Córdoba los designios / en Cabrera están presentes. / Desde todos los caminos / para ser independientes. / No falta el bravo entrerriano / Ni Misiones que le rinde / toda su virgen estirpe, / porque Artigas es la llama. / A quien la liga proclama / Conductor de pueblos libres”.

Pocos meses después desde Purificación, capital de la Liga redacta uno de sus documentos más importantes el “Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de su Campaña y Seguridad de sus Hacendados” o Reglamento de Tierras, por el cual se intenta repartir la tierra, repoblar la campaña, estimular el trabajo y la dignidad personal. Se entregaba a los agraciados una suerte de estancia teniendo en cuenta “que los más infelices serán los más privilegiados”, es decir zambos, negros libres, indios y criollos pobres. La invasión portuguesa dejaría inconclusa la reforma agraria.

Los últimos años fueron de derrotas, las tropas portuguesas, mejor preparadas y con mejor armamento fueron demasiado para el caudillo que además tenía que soportar el ataque del Directorio. La batalla de Tacuarembó marca el final de su carrera militar. El tratado de Pilar, la última traición que debe sufrir, el final de su carrera política.

El Paraguay será su cárcel por durante treinta años. Murió el 23 de setiembre de 1950, pero en realidad ya había muerto antes, junto con el olvido de sus ideas libertarias y federativas. También la Banda Oriental lo olvidó cuando se convirtió en República Oriental del Uruguay.  Con el tiempo, sostiene Salvador Ferla “Lo hemos reivindicado en calidad de figura secundaria y un poquito extranjera. Nos cuesta argentinizarlo cabalmente, acaso porque suponemos que lo hemos perdido junto con la Banda Oriental”

“Ya no tengo Patria” solía decir este hombre que sostenía que «Los pueblos de la América del Sur están íntimamente unidos por vínculos de naturaleza e intereses recíprocos», y que entroncaba su pensamiento al de Bolívar, San Martín, Moreno y Monteagudo.

Hoy, vemos que su pensamiento sigue vigente y su obra inconclusa. El federalismo es deuda pendiente, la descentralización del país no le va en zaga, la división de poderes necesita profundizarse para garantía de los ciudadanos, una reforma agraria que contemple políticas públicas para una agricultura con agricultores, donde los más infelices sean los más privilegiados es imperiosa y urgente, repoblar la campaña es una necesidad. La causa de los pueblos no admite más demora.

Barbarizado por la historia oficial mitrista, y dejado de lado por el revisionismo histórico, el socialista uruguayense, Raúl Fernández le cantó en su Payada de un Federal: “Fue Artigas, el argentino / -y lo fue como el mejor- / que por el Plata y su honor / jugó fiero su destino. // De Artigas somos paisanos / y decirlo el alma agranda: / los de ésta y de la otra banda / fuimos y somos hermanos. // Artigas, el protector, / aquellas ansias colecta, / las conforma y las proyecta / cual grandioso reflector. // No importa que alguien blasfeme / porque esparce claridad; / él marcha con libertad / y así “ni ofende ni teme”.

Hoy, vemos que su pensamiento sigue vigente y su obra inconclusa. A 160 años de su muerte es necesario revisitarlo. Un grupo de entrerrianos, santafecinos y orientales convocados en la Junta Americana de los Pueblos Libres sostienen, como muchos sudamericanos de ambos márgenes del Uruguay que “Artigas siempre vuelve”.