Por Horacio R. Brum
En el Uruguay ideal nunca hay malas noticias y la Ucrania en guerra está muy lejos; en el Uruguay ideal no hay delincuencia y no existen -o no se ven- los pobres; en este país de maravillas, todos viven en barrios cerrados con muchos jardineros y sirvientes, adonde es posible llegar en avión privado o en helicóptero, y los niños blanquitos y limpios van a escuelas donde no se mezclan con los oscuritos y sucios, como sucede en esa decadente educación pública. El Uruguay ideal es el Uruguay Natural, con atardeceres perfectos, playas de arena blanquísima y muchos lugares para atracar yates; una naturaleza que nunca va a ser arrasada por los incendios forestales y que sirve de escenario para las fiestas y los juegos de la “gente como uno”. Tampoco hay en el Uruguay ideal protestas sociales ni marchas de trabajadores, porque las autoridades suelen intentar impedirlas con todos los medios que da la democracia y algún otro.
Ese país ideal que comienza en Maldonado y se extiende hacia el este es el paraíso al cual el presidente Lacalle quiere dar la bienvenida con los brazos abiertos y los impuestos bajos a algunos argentinos y otros extranjeros. La familia Covello, cuenta el diario Clarín en un reportaje sobre esos argentinos, “hace tiempo pensaba en residir en Punta del Este donde tienen una sucursal de la inmobiliaria que lleva su nombre, pero no encontraban ninguna escuela que les pareciera acorde para el menor de 14 años quien iba a San Andrés”. San Andrés es uno de los colegios más exclusivos de Buenos Aires; no era cuestión de poner al muchachito en cualquier establecimiento público uruguayo. Por eso, los Covello se alegraron mucho de encontrar un cupo en el International College, que fue creado por tres familias de profesionales llegadas de la otra orilla del Plata. Según Clarín, “con más de 17.000 m² de construcción y en un predio total de 50.000 m² de terreno”, el IC tiene “tres pilares institucionales: lo académico asentado en la tecnología la cual está presente en el proceso de aprendizaje, el deporte y el arte”. Como si fuera un símbolo de la relación entre el colegio y el país que lo alberga, el aula para que los alumnos jueguen a hacer ciencia está en uno de los aviones de la quebrada Pluna.
Al parecer, las instituciones de educación exclusivas están prosperando en Punta del Este y sus alrededores. Además del International College, Woodside School, Instituto Uruguayo Argentino (IUA), St. Clare’s College y Blueblue son otras de las instituciones a las cuales los nuevos inmigrantes envían sus hijos, bien protegidos y aislados del ambiente de la educación pública, esa que en otros tiempos fue la base de la democracia igualitaria a ambos lados del Río de la Plata. No son los cuentos de Juan el Zorro ni de Chico Carlo los que inspiran el funcionamiento de tales colegios; las aventuras de Harry Potter en la escuela Hogwarts de magos, ese “best seller” inglés de la literatura juvenil, determinan la organización interna del International College, descrita así en el reportaje de Clarín: “Phoenix, Minotaur y Griffin configuran el sistema de House. Integradas por estudiantes de Kinder, Primary y Secondary, capitalizan el potencial de los alumnos quienes acumulan o restan puntos a su House en las diferentes disciplinas, según su desempeño. La que recolecta mayor puntaje será premiada al final del año escolar en The Houses Cup”. La cuota mensual en esta mágica escuela va desde los 600 dólares para Jardinera (que, por supuesto, se llama Kinder), hasta casi 1000 dólares en Secundaria o Secondary. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística para enero de 2022, el ingreso medio de los hogares es de alrededor de 1.640 dólares, en tanto que el ingreso medio per cápita no llega a los 600 dólares. No es el International College una opción para casi todas las familias uruguayas…
El intendente oficialista de Maldonado Enrique Antía intentó bloquear la Marcha de la Resistencia de los bancarios y después la permitió a regañadientes, también con el disgusto del gobierno nacional. No había que mostrar el Uruguay real a los habitantes del Uruguay ideal, que buscan “un estilo de vida más tranquilo y predecible”, como dijo la madre de unos alumnos del International College en el reportaje de Clarín. Si bien es cierto que, en comparación con la Argentina actual, Uruguay ofrece una mayor estabilidad en todos los ámbitos, en el Este, con su réplica en Carmelo y probablemente más adelante en Colonia, se está construyendo una suerte de enclave para ricos, beneficiarios de las “vacaciones fiscales” creadas por el gobierno de Lacalle. No son los pequeños y medianos comerciantes argentinos que perdieron todo durante la pandemia y han sido asfixiados por la voracidad impositiva de los gobiernos de su país, los que tienen 380.000 dólares para comprar una propiedad y tramitar la residencia, bajo los términos de esas “vacaciones”, con las cuales no pagan impuestos durante 10 años. Quienes llegan al Este probablemente son diestros en eludir los impuestos, hacer inversiones especulativas o vivir de dineros de origen dudoso y tienen los recursos como para hacer lo que relata otra madre del IC: “En época escolar habitamos una casa alquilada cerca del colegio, pero en época estival vivimos en una vivienda más retirada de la península. Por la cercanía a la playa, el verano facilita reuniones sociales de integración con otras familias”.
La integración es precisamente el problema que plantean estos nuevos inmigrantes a una sociedad como la uruguaya, tradicionalmente igualitaria y en la cual la educación pública y la convivencia en barrios sin barreras sociales fueron pilares de la democracia. La educación estatal está siendo erosionada desde hace algunos años por la difusión del prejuicio -introducido casi subliminalmente por los simpatizantes del neoliberalismo, como los que hay en el gobierno-, de que el Estado es ineficiente e incapaz de garantizar la calidad. Así es como están prosperando los proyectos educativos privados, con muy livianos controles oficiales. Por otra parte, fue también el neoliberalismo bajo Jorge Batlle el que introdujo el concepto de barrios cerrados, sin que los gobiernos progresistas le pusieran límites, y conviene recordar que la explosión de los grandes proyectos inmobiliarios en Maldonado comenzó durante las intendencias del Frente Amplio. Además, si de preferencias por los barrios cerrados se trata, el propio presidente Lacalle Pou tiene su residencia particular en uno de ellos.
Felipe Berríos, el jesuita chileno fundador de la ONG Techo, que da viviendas de emergencia para los pobres en varios países latinoamericanos, habló una vez en su país de las universidades “de la cota 1000”, en alusión a los barrios de Santiago de Chile situados en las estribaciones de la cordillera de los Andes, a 1000 metros de altura, donde las familias más adineradas del país han resuelto autosegregarse del resto de los habitantes de la ciudad. Berríos sostenía que esas instituciones eran parte de un sistema en el cual las personas podían nacer, crecer y educarse sin haber tenido jamás contacto con los pobres, excepto por aquellos que les servían. La cota 1000 santiaguina es un lugar donde abundan las mansiones y los barrios cerrados, uno de los cuales estuvo involucrado en un sonado caso judicial, porque exigía que las empleadas que acompañaban a los hijos de sus patrones a la piscina del lugar fueran con uniforme. La cota 1000 uruguaya bien podría estarse formando en Punta del Este y sus alrededores, y hasta podría darse en Paysandú si prospera el “Masterplan” para la costa.
FOTO: El Uruguay que se vende en Argentina.
