Por El Andante. Ciudad de Paysandú, un miércoles de diciembre, 13.30 hs. Todos los termómetros marcan entre 36 y 40 grados. Todavía no estamos oficialmente en verano, pero a juzgar por los altos calores de los últimos días, vamos a volver a tener una temporada ardiente.

Quien suscribe se prepara para una nueva travesía a Colón, la ciudad fronteriza, ubicada en la provincia de Entre Ríos. Para los sanduceros, cruzar el puente se ha vuelto un viaje atractivo pero a la misma vez una odisea.

Es abismal la diferencia cambiaria con el vecino país, por eso es que el cruce en masa por el Puente General Artigas es una escena de todos los días. Por este motivo, el comercio sanducero se vino a pique. Intentando evitar el desplome total, las autoridades han aumentado los controles en la frontera, por donde cada persona puede llegar a pasar cinco kilos y las esperas se hacen eternas.

Al caer la noche anterior, con mi amigo Mario intentamos pasar hacia el otro lado, pero varios kilómetros antes del puente, se vislumbraba una fila de vehículos interminable. Cuando vimos esa escena desalentadora, optamos rápidamente por suspender el viaje. Hoy iremos por la revancha. Teniendo en cuenta la ola de calor, la hora y que es día de semana, confiamos en que el cruce será más rápido. La última vez que hicimos la travesía, fue en una interminable jornada de octubre, cuando salimos de Paysandú a las seis de la tarde y volvimos a las cuatro de la mañana del día siguiente.

Teniendo en cuenta la incertidumbre de cómo será esta vez, decido prepararme para la ocasión. Almuerzo algo liviano, me hidrato con varios vasos de agua y preparo alguna botella, porque de seguro con la ola de calor que agobia, la vamos a necesitar.

Mochila cargada al hombro y matera en el otro brazo (ambas vacías para cargarlas de compras), me siento a esperar a Mario que en breve pasará por la esquina de casa para rumbear hacia el puente.

Cuando llega, me subo rápidamente en el lugar de copiloto y como un jugador que alienta en el túnel antes de entrar a la cancha le digo: “Vamos Marito que hoy sí sale”. Es que aunque parezca exagerado, la adrenalina de cruzar el puente se respira en cada sanducero que pretende pasar al otro lado del río. Es como cuando vas a jugar un partido porque existe incertidumbre por saber cuál será el resultado. Desde que se inicia la travesía son muchas más las dudas, que las certezas. El viaje hacia el otro lado del río se ha vuelto algo tan común para la mayoría de los sanduceros. Al punto de que alguien por ahí armó un grupo de WhatsApp en el que, al instante, se va informando cual es el estado de situación para pasar el puente.

Hoy arrancamos con el pie derecho, hay pocos autos en la fila. El trámite y la pasada la concretamos rápidamente. Pero la alegría no dura tanto. Después de recorrer los 2500 metros de puente, empezamos a vislumbrar una larga fila de vehículos que esperan la orden de funcionarios de gendarmería argentina para cruzar hacia Paysandú. Por la obvia razón de mantener la seguridad vial, no pueden quedar vehículos varados sobre el puente. Por tanto, los gendarmes -en contacto permanente con funcionarios de la Aduana- cortan y limitan la circulación de tránsito, pocos kilómetros antes de la cabecera argentina y de a poco los vehículos van pasando en tandas.

Seguimos acelerando el paso hacia Colón y la cola interminable es de varios kilómetros. “Uh, mirá como está esto”, dice Mario y agrega: “llega hasta el Maicon”, uno de los tantos supermercados fronterizos. Son unos 4 kilómetros de fila de autos, camiones y motos que al rayo del sol, esperan por volver a Paysandú.

Siguiendo en modo futbolero, lo aliento a mi amigo: “tranquilos nosotros Marito, a lo nuestro y después aguantar la fila”.

Continuamos entonces por la ruta 14, destino a la estación de servicio que está un poco más allá de Colón, donde él asegura: “la nafta es de mejor calidad”.

Terminado el primer objetivo de la tarde, tomamos nuevamente rumbo al puente. Se viene el momento de mayor adrenalina. Es hora de bagayear. La mayoría de los supermercados frecuentados por los sanduceros, están a pocos kilómetros de la frontera. Muchos también eligen visitar los del centro de la ciudad, porque luego aprovechan a almorzar o cenar “a lo grande” por módicas sumas, en comparación con lo que se ofrece en Paysandú. Otros tanto, para evitar largas esperas para volver, optan por alojarse una noche y salir a la madrugada. Es que el rubro alojamiento, también está accesible en Colón, donde por poco más de $500 pesos uruguayos, se puede conseguir una casa para una familia de cuatro personas.

El “Rincón sanducero” es el supermercado que elegimos ésta vez para aprovisionarnos. El reloj marca cerca de las 15 horas y como hace tanto calor, aún no hay muchos compradores agolpados entre las góndolas. Teniendo en cuenta esa situación que no implica tanto estrés (como en normales circunstancias en las que se agolpan y desfilan los carritos) me dispuse tranquilamente a sacar la lista de cosas a comprar. Esta vez me organicé mejor y para evitar olvidos, planifiqué la lista dividiéndola por secciones del hogar. En el orden de prioridad (dado que lo primero es más caro en Paysandú) van: las cosas de limpieza e higiene personal, los alimentos y por último algunas cosas dulces para los niños. Si hay lugar, también sumaré alguna latita de cerveza que, como todo aquí, se consigue a sumas irrisorias en comparación con Paysandú. En realidad, no hay rubro en cual la diferencia no sea abismal, todo está a mitad de precio o incluso más barato que del lado uruguayo.

Al igual que la mayoría de las veces, esta vez vinimos solo a comprar y a cargar el tanque. La incursión será lo más rápida posible, pero cuando hay más tiempo la visita a Colón incluye almuerzo o cena y bromeamos con mi amigo de cruce: “jugamos un poquito a hacernos los ricos” y no es para menos tampoco, por 500 o 600 pesos uruguayos, de este lado del río Uruguay dos personas pueden comer a piacere.

Para poder comprar, por ley, está establecido que solamente se pueden pasar 5 kilos por persona hacia Uruguay. Previo a cada cruce, el interesado debe realizar el trámite online solicitado por Aduana. Mario esta vez no pudo hacer el papel ya que se permite hacerlo cada 15 días, y en su caso, hace menos tiempo que fue su último paso por la frontera. Esto quiere decir que hoy no hay posibilidad de engolosinarse con el bagayo.

Mientras yo sigo cargando mi carrito de compras, Mario espera afuera y en su vehículo va disponiendo los espacios donde guardar lo poco que él pudo comprar y hacer lugar para mi carga.

Me dirijo hacia la caja. Como suelo hacer, antes de ingresar al supermercado, cambié pesos argentinos en la estación de servicio de quien es también el propietario de este negocio. El cambio está a 0,15 y en otros supermercados cercanos, ofrecen 0,13. Una ganga. Con 1500 pesos uruguayos (lo que uno suele gastar en un supermercado de este lado del río para dos o tres días) me hice el surtido del mes. Y hasta más, porque como mencioné antes, me pude dar el gusto de comprar el shampoo de marca, los chocolates y galletitas para los más chicos de la casa y también entró alguna cerveza que será para mí un buen refresco durante la ola de calor.

Luego de pasar por la caja, valga la redundancia, me consigo un par de cajas para guardar la carga.

Mientras Mario en su vehículo espera a la sombra de un árbol, voy descartando algunos envases evitando ocupar espacios innecesarios.

Las primeras veces que crucé el puente, me llamó la atención la cantidad de cajas y envases dispersos al costado de la ruta. Poco tiempo después entendí el porqué del asunto. No es una cuestión de “hacer mugre” sino de lograr achicar bultos para disponer más lugar y esconder mejor el surtido.

Siguiendo las metáforas futboleras, con Mario nos jugamos de taquito. Ya más o menos tenemos armada la estrategia para volver a Paysandú con la idea de evitar malos tragos. “Es cuestión de no ocultar”, siempre dice mi amigo y agrega: “la caja con los 5 kilos siempre tiene que ir a la vista y lo que sobra se distribuye entre varios lugares”.

Es hora de hacer la fila para volver a Paysandú. Como vimos al inicio, la cola es larga. Hay unos cuatro kilómetros desde el puesto de gendarmería.

El sol está a pleno y a mí me pega de lleno a través de la ventana de acompañante. Mario me presta una frazada para poner de cortina y protegerme de los rayos quemantes. El aire acondicionado en el auto está a full, pero igual transpiro cual si hubiera venido caminando hasta aquí.

La larga espera trae consigo conversas de todo tipo en las cuales aprovechamos a ponernos al día. Por la banquina se ve pasar gente a pie, mochileros y también ciclistas. Ellos podrán avanzar más rápido con el trámite a la hora de cruzar, aunque padecerán más el calor y también están sometidos a mayores controles. Por tanto, sus posibilidades de “bagayear” son menores ya que es más difícil disimular la carga legalmente permitida.

Adelante nuestro, una camioneta 4×4 se vistió con una malla sombra, para evitar el paso del sol. Por ahí se ve pasar a una madre con un niño pequeño en brazos. “Qué locura”, le digo a Mario.

El calor y la espera llevan indefectiblemente a la necesidad de incursionar alguna bajada para comprar algo frío. Como somos dos, Mario seguirá en la fila volanteando el vehículo, mientras yo aprovecho a ir por algo de beber. El agua que cargué en Paysandú ya está intomable, literalmente es un caldo.

Pasar la frontera es algo común para la mayoría de los sanduceros y por ende, cada vez más complicado. Algún jerarca de la Aduana dijo por estos días, que es voluntad de la propia Aduana que así sea para “desincentivar el cruce”.  Por eso (explica el mismo jerarca) se disponen de pocos funcionarios en el puente haciendo que las esperas sean más agotadoras y uno descarte la idea de ir a Colón.

A esta altura del partido,  ya no hay mucha certeza de “cuáles son los mejores horarios para cruzar”. Pese al deseo oficial por desincentivar la pasada, lo cierto es que cada semana (y sobre todo a principio de mes) los sanduceros siguen cruzando en masa hacia Colón. Dicen que si venís de madrugada la pasada es más rápida. Lo afirman algunos taxistas que eligen ese horario para cruzar  hacia la ciudad entrerriana a cargar el tanque.

Entre los que vamos a Colón hay de todo. La variedad de vehículos habla de una realidad que trasciende clases sociales. Hay gente rica, como también gente de menos recursos y también “quileros”[1], al decir del gran Osiris Rodríguez Castillos.

Luego de cuatro horas de espera, finalmente llega el momento de ingresar a Paysandú.

Mientras esperamos que la funcionaria de turno ubicada en la casilla revise los documentos, observo una escena de vidas paralelas. Una señora de unos sesenta años, con gesto de preocupación, se baja para abrir la valija de su automóvil último modelo, de donde emergen una botella de whisky etiqueta negra y dos de fernet, las que son rápidamente decomisadas por el funcionario de turno. Por el costado, sin camiseta con una mochila pesada al hombro, pasa uno de los caminantes que varios kilómetros atrás habíamos visto pasar por la banquina del otro lado del río. El caminante abre su mochila de donde salen paquetes de fideos, azúcar y otros comestibles básicos. Él tampoco zafa de ser decomisado. El envase de queso untable fresco que llevaba celosamente escondido en uno de los bolsillos de su mochila, también fue a descansar quien sabe a cuál oficina de la Aduana.

El calor parece tener medios aplacados también a los funcionarios que controlan el ingreso. La revisión para nosotros es rápida y sin problema alguno.

Ya transitando por las calles de la ciudad, intercambiamos con mi amigo sobre la realidad de los bolsillos sanduceros. Es verdad que el comercio local disminuyó, sí. También es verdad que somos muchos los que estamos comprando del otro lado del río, como también es cierto que de este otro lado, hay emprendimientos de grandes superficies que a la hora de ver reducidas sus ganancias no escatiman en recortar sus plantillas de personal. Como también es cierto que en Paysandú frecuentan pequeños comerciantes que con mucho esfuerzo e ímpetu intentan salir adelante día a día, pero aun así son comprensivos y solidarios con la situación de miles de sanduceros que salvan la olla gracias a la vieja y querida libreta que en muchos barrios aún se mantienen.

Llegamos al final de una nueva travesía cargada de escenas que para quienes no son de estos pagos, seguramente serán pintorescas. No tanto como la realidad que aprieta al comercio local. No tanto como la realidad que aprieta a muchos sanduceros.

Cruzar la frontera tiene distintos intereses, para algunos implica poder estirar la olla, para otros, abaratar las compras y hacer turismo a bajo costo, pero hay algo que trasciende a todos por igual: cada uno tiene algo que ganar y perder en este partido.

La realidad del comercio en Paysandú (como también en Salto y Río Negro) es muy compleja dada la diferencia cambiaria entre Uruguay y Argentina. Estos tres departamentos encabezan la lista de los que cuentan con mayor tasa de desempleo en el país.

Panorama complejo

Desde hace varios meses, a través del Centro Comercial de Paysandú, se ha librado una cruzada de reclamos ante organismos estatales, solicitando se tomen en cuenta medidas para paliar la situación, entre ellas el cero kilo. Desde dicha entidad -según nota de El Telégrafo de agosto 2022- entienden que entre agosto y diciembre de este año, se perderán entre cinco mil y siete mil puestos de trabajo. El Intendente de Salto,  Andrés Lima, ha sido una de las voces que se sumaron al reclamo. Mientras que en agosto de este año, los intendentes de Paysandú y Río Negro, opinaron que la idea de poner en práctica el cero kilo, “no es la mejor opción”.

Entre otros datos resonantes, según el último resultado del Índice de Precio de Frontera (IPF) elaborado por el Observatorio Económico del Campus Salto de la Universidad Católica del Uruguay, comprar en Salto es un 121,9 % más caro que en Concordia.

[1] Se llama “quileros” a las personas que compran comestibles en pequeñas cantidades en comercios instalados en ciudades o villas de la frontera en Brasil para venderlos en el Uruguay. Generalmente son fronterizos, de escasos recursos, que realizan el contrabando a pequeña escala, con recursos muy limitados.

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