Por Horacio R. Brum

En noviembre de 1937 Hitler expuso ante la plana mayor de su gobierno los lineamientos y objetivos de su política exterior, diseñada para establecer el espacio vital (Lebensraum) necesario para la “supervivencia” de Alemania. Bajo esa política, la fuerza militar no sólo era un instrumento de expansionismo, sino también la herramienta para obtener los recursos esenciales para el país.

‘Debemos reasegurar nuestro propio, independiente y confiable acceso a los recursos que necesitamos para defendernos y preservar nuestro modo de vida. Esto demandará la expansión del acceso a minerales y materiales críticos…’ El párrafo no pertenece a un documento de aquellos tiempos; está en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) promulgada por Donald Trump en noviembre del año pasado.

Para 1937, Alemania continuaba con el rearme que le permitió contar con las fuerzas armadas más poderosas de Europa y la militarización de la sociedad era evidente. Un año más tarde, ese poder militar respaldaba la anexión de Austria y la ocupación de una parte del territorio de Checoeslovaquia. En ambos casos, los nazis habían creado el clima para que una parte de la población apoyara las invasiones.

‘Queremos reclutar, entrenar, equipar y poner en terreno las fuerzas militares más poderosas, letales y tecnológicamente avanzadas del mundo, para proteger nuestros intereses, evitar las guerras y -si es necesario- ganarlas en forma rápida y decisiva, con las menores bajas posibles’. Otra vez la ESN de Trump, con ecos del concepto de la “Blitzkrieg”, las operaciones de guerra relámpago, con avance rápido y una abrumadora superioridad material, que permitieron a las tropas hitlerianas conquistar buena parte de Europa, después de la invasión de Polonia, en noviembre de 1939. Francia y Gran Bretaña, las potencias europeas de la época, obsesionadas con la idea del avance del comunismo estalinista (paradojalmente, la Unión Soviética fue un aliado vital para la derrota de Hitler), llegaron a firmar un pacto de no agresión con Alemania, que facilitó el desmembramiento de Checoeslovaquia.

En 1935, las ‘leyes de Nuremberg’ privaron a los alemanes judíos de todos sus derechos ciudadanos; fue el prólogo de la campaña de exterminio masivo que se extendió a los territorios europeos conquistados. La propaganda se basó en bestializar a los judíos y culparlos de todos los males. Dice la ESN: ‘[En Occidente] la migración masiva ha debilitado los recursos internos, aumentado la violencia y los crímenes, deteriorado la cohesión social, distorsionado los mercados de trabajo y socavado la seguridad nacional…Debe terminar la era de las migraciones masivas…debemos proteger nuestro país de la invasión, no solamente de la migración descontrolada, pero de amenazas transfronterizas como el terrorismo, las drogas, el espionaje y el tráfico de personas. Una frontera controlada por la voluntad del pueblo americano y su gobierno es fundamental para la supervivencia de Estados Unidos como una república soberana’.

Los migrantes son los judíos de Donald Trump, que no ha vacilado en llamarlos “basura”, acusarlos de improductivos y sostener que solamente “se matan entre ellos”. Así como el dictador alemán tenía a las Tropas de Asalto con sus camisas pardas para perseguir y asesinar a los judíos, el dictador constitucional norteamericano tiene a las fuerzas de Inmigración y Aduanas, que, uniformados de negro y frecuentemente con el rostro tapado, apresan y deportan sumariamente y hace poco asesinaron a una mujer en Minneapolis. Aunque en mejores condiciones que en la Alemania de Hitler, los campos de concentración también existen en el marco de la política antimigrantes de Trump, al igual que los colaboracionistas dispuestos a encerrar en sus territorios a los deportados, como es el caso del gobierno autoritario de El Salvador. No se puede afirmar que el mandatario estadounidenses llegará a los extremos de Adolfo Hitler, pero también tiene a su disposición cámaras de gas, usadas para esa forma de venganza legal que es la pena de muerte, todavía vigente en la mitad de los estados del país.

Otro concepto del totalitarismo del pasado aparece en los párrafos de la ESN sobre el ordenamiento económico mundial, que deberá estar dominado por la economía estadounidense, con los demás países al servicio de sus necesidades. Esto se parece a la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental, que Japón pretendió establecer por la fuerza de las armas en la época de la Segunda Guerra Mundial, para contrarrestar la influencia occidental. Para Trump, el enemigo  es China, cuya influencia tiene que ser repelida, al menos por ahora, por la política de aranceles. Si ella falla, ahí están los portaaviones y demás…

Hay muchos otros conceptos e ideas alarmantes en la ESN, que implican la imposición de un modelo de “democracia” emanado de Washington y acompañado por la destrucción del progreso social y cultural alcanzado por la mayoría de los países del planeta después de la derrota del nazismo y la caída del comunismo. El mundo ya cometió un error terrible al no leer con atención Mein Kampf, el ensayo donde Adolfo Hitler expuso su proyecto para hacer Alemania grande otra vez. La Estrategia de Seguridad Nacional debe ser una lectura obligada para entender que en el Norte hay un gobernante que representa el mayor peligro para la paz mundial desde 1933, el año del encumbramiento de Hitler en el poder.