Considerando una de temáticas de la discusión política que hay en el país y a nivel departamental, sobre la Rendición de Cuentas y el Presupuesto Municipal, me pareció conveniente acercar este pensamiento que utilizaba mucho el Cr. Ramón Díaz, ya fallecido, ex director de la OPP y del Banco Central del Uruguay para que lo lectores y los administradores del Estado reflexionen;

«En una isla vivían cincuenta pescadores. Cada mañana, antes de que el sol rozara el agua, los cincuenta lanzaban sus redes. Al atardecer, cada uno traía cien peces a casa. Había abundancia, y si alguien enfermaba, los demás compartían sin que nadie se lo pidiera. Un día, uno de ellos no salió. Dijo que vigilaría la playa por si llegaban canoas extrañas, y que cada pescador le diera dos peces diarios «por la seguridad de todos». Le pareció razonable. Y así fue.

Poco después, otro dejó de pescar. Dijo que contaría los peces de cada uno para «que nadie pescara de más y agotara el mar». Pedía tres peces al día, y llevaba un cuaderno donde anotaba todo con letra menuda. Luego llegó quien organizaría los horarios de salida, quien inspeccionaría las redes, quien mediría si los peces eran lo bastante grandes, quien redactaría normas sobre cómo debía arrojarse la red, quien revisaría que las normas se cumplieran, quien juzgaría a quien no cumpliera, y quien apelaría los juicios.

Cada uno de estos hombres no pescaba. Cada uno explicaba que su trabajo era imprescindible para que la pesca funcionara. Y cada uno, al caer la tarde, esperaba en la playa con una canasta vacía y una razón llena.

Una mañana, cuando el sol se alzó, solo tres pescadores bajaron al agua. Los demás — ya eran cuarenta y siete — los esperaban en la orilla con sus canastas y sus cuadernos. Los tres pescaron hasta que sus brazos sangraron. Entregaron todo. Y esa noche, en sus chozas, no hubo cena para ellos. Al amanecer siguiente, ningún pescador salió al mar. La isla quedó en silencio. Y los cuarenta y siete hombres de las canastas vacías se miraron unos a otros, sin comprender por qué el mar, de pronto, no daba más. »

Moraleja

El Estado y las Intendencias no generan riqueza: la redistribuyen. Cada cargo que se inventa sin producir, cada impuesto que se justifica como «necesario», cada burócrata que come sin pescar, aumenta el peso sobre quienes sí crean. Y cuando los que producen se hartan de sostener a los que solo reparten papeles, la isla entera se queda sin pescado. No es que el mar se agote: es que a nadie le quedan brazos para echar la red.

Dardo Arevalo

Foto Prensa Córdoba

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