Escribe Lic. Hermann Schreck

Un regalo de empatía
Carla es mi amiga hace años.
Como ambos trabajamos en el ámbito de la salud, siempre tenemos tema de conversación y hemos desarrollado un afecto mutuo. Pero en este año Carla ha sufrido una metamorfosis. Me cuesta reconocerla y siento que me estoy alejando afectivamente de ella. Nuestras conversaciones ya no son tan agradables para mi y me reconozco poniendo excusas para evitar nuestros encuentros de cerveza y charlas. Hace unos meses, cuando comenzó este asunto del Cornonavirus y la pandemia, Carla se
convirtió en una militante estricta de las medidas sanitarias propuestas desde el gobierno.
Pero no es eso lo que me aleja de ella.
Cada persona tiene derecho a cuidar su salud como entienda necesario hacerlo.
Lo que me aleja de Carla son sus actitudes y opiniones hacia quienes piensan diferente.
En sus redes sociales es severa y persigue a quienes no cumplen los protocolos establecidos.
Acusa abiertamente de asesinos a quienes no se alinean con las recomendaciones sanitarias y cada vez que se conoce el nombre de una persona infectada de COVID en la ciudad, no duda
en publicar su nombre junto a calificativos como “irresponsable”, “egoísta”, “asesino” o “tarada”.
Lo que me motivó a escribir este artículo fue la última conversación que tuve con ella hace pocos días.
En uno de nuestros intercambios de audios de whatsapp (cada vez menos frecuentes) me cuenta que está muy contenta porque su hermano Eduardo vendrá a pasar la Navidad en una
casa de campo junto a toda la familia. Que le preparan un gran recibimiento con familiares que vendrán de varios departamentos del Uruguay.
Eduardo es una persona muy agradable, simpática y de un corazón enorme, que por haberse quedado sin trabajo en el país emigró hace mas de 10 años a Italia.
Mientras Carla me compartía la noticia con mucha alegría y entusiasmo, mi cabeza no podía dejar de sentir una profunda incoherencia entre lo que mi amiga me contaba y su actitud
durante estos meses.
Intrigado, le pregunté si «venía en estos días” ya que seguramente tendría que hacer la cuarentena indicada por las autoridades.
Con mucha seguridad me indicó que su hermano llegaba “directo” a la casa de campo de la familia.
Resistiendo la tentación de preguntarle si la casa de campo familiar tenía una pista aérea para vuelos internacionales, pregunté con curiosidad si era la misma casa de campo donde
festejarían la navidad.
– Si. ¡Obvio! Me respondió intrigada por mi cuestionamiento.
Y no pude resistirme más.
Comencé a cuestionarla sobre la oportunidad y conveniencia de que su hermano llegara desde Italia y que ella y toda la familia se reunieran en una casa a compartir una fiesta.
Especialmente con familiares que viajarían desde distintos puntos del país.
Con los mismos argumentos y severidad con la que ella se había referido a las conductas de otros, cuestioné sus planes navideños.
Los argumentos para rebatir mis cuestionamientos fueron muy curiosos:
– “¡Vamos a tomar todas las medidas del gobierno!.
– Pero no seremos mas de 20 personas.
– Es en el campo.
– Vamos a estar todo el tiempo de tapabocas y bañados en alcohol en gel.
Luego de escuchar estos argumentos tan graciosos y con la sugerencia de que no prendan velas en la mesa para no desencadenar un incendio enorme, seguí cuestionando cada uno de los argumentos presentados, utilizando las sugerencias y protocolos que ya conocemos para las reuniones familiares.
Carla hacía silencio mientras yo exageraba mi vehemencia al mostrarle los riesgos a la salud que su fiesta familiar le produciría al país y en especial a mi mamá ya avanzada en años.
Cuando hice una pausa, los nuevos argumentos de Carla se escuchaban como una súplica:
– “Pero es mi hermano y no lo veo hace mucho.”. “No va a pasar nada porque en mi familia todos somos sanos.”. “Eduardo ya compró el pasaje, no podemos decirle que no venga.”. “¡Yo lo extraño y es mi hermano!.”
El tono angustiante de su último mensaje me llegó al corazón y decidí dejar de lado el experimento y mostrarle lo que yo veía claramente.
Le dije que me sorprendía que, siendo una persona tan cuidadosa de los protocolos y tan severa y agresiva con quienes no lo cumplen, va a participar de una cena navideña evidentemente por fuera de cualquier protocolo.
También le dije que ojalá esto le sirva para ser mas empática con quienes, por las mismas razones que ella compartió en sus últimos mensajes, toman decisiones que no se alínean con
las recomendaciones sanitarias.
Luego de unos minutos sin tener una respuesta, llegó a mi teléfono un mensaje de Carla con el conocido símbolo de una mano con el dedo pulgar hacia arriba.
Desde ese mensaje no he vuelto a tener otro de mi amiga.
Y no creo que lo tenga hasta después de las fiestas de fin de año.
Carla sigue siendo una querida amiga y “maestra” que me enseña cosas importantes.
Señalar la conducta de los otros con severidad y a veces con violencia, pero sin la misma “vara” frente a las conductas propias, parece ser un aspecto muy común en todos nosotros.
Esta situación que estamos viviendo de manera global, que para algunos es una “Pandemia” y para otros una “Plandemia”, tiene algunos regalos para nosotros.
Como todo regalo, algunas personas estarán dispuestas a recibirlos y otro no.
Estos regalos son los que llamo “Coronawareness”. Un regalo de conciencia.
El Awareness es uno de los pilares de la Terapia Gestalt. Es una palabra inglesa que significa algo así como sensibilización, concientización o percatación.
Un Awareness es “darse cuenta” de algo, no solo desde una dimensión intelectual sino esa claridad que cambia la vida.
Mi trabajo como psicólogo, tanto en el tratamiento de la adicción como en otros campos de la psicoterapia, tiene la tarea de acompañar a mis pacientes hacia un “awareness” que le permita
aquello que mejore su bienestar.
Como a usted que está leyendo este artículo, esta situación de pandemia me ha llevado por varios estados emocionales y ha cambiado mi vida en poco tiempo.
He sentido miedo, rabia, tristeza, desconfianza, amor.
Pude ver, especialmente en mis redes sociales, como esta situación sacó lo mejor y lo peor de todos nosotros.
Hermosos ejemplos de solidaridad, empatía, apoyo y auténtico cariño hacia los demás.
Y también he visto violencia, intolerancia, persecución y falta de respeto a quienes piensan o actúan diferente.
Como he escrito antes, no es el COVID quien ha puesto estas características en esas personas.
Los fenómenos psicológicos y sociales que se han observado durante este período no son mas que aspectos que estaban antes en las personas pero que una situación crítica pone en la
superficie.
Las personas intolerantes y violentas no eran abiertas, sensibles y empáticas el año pasado. O talvez si lo eran pero se normalizaba y justificaba su forma de ser con la frase:
– “Es una persona… especial.”
Esta pandemia nos permite ver con mas claridad algunas situaciones que antes estaban ocultas o naturalizadas.
Tal vez esta crisis nos permitirá ser mejores personas, a partir de vernos con mas claridad en una situación como esta.
Uno de los “coronawareness” que esta pandemia me ha obsequiado es ponerme en el lugar de otros.
El cierre de los gimnasios no me ha presentado un cambio importante en mi vida y en mis rutinas. Sería muy fácil para mi exigir que su cierre continúe y señalar con el dedo a quienes
continúan frecuentando esos lugares. Acusarlos de genocidas y poner en redes:
– “ ¡¡¡No entenienden!!!. ¡Que necesidad tienen de ponernos a todos en riesgo por hacer ejercicio!
Pero cuando se trata de cosas importantes y necesarias para mi, todo se vuelve relativo, flexible y hasta clandestino.
Te invito a estar atento o atenta, especialmente en estas fechas, a tu coherencia. En tus decisiones de como pasar las fiestas navideñas o tus vacaciones de verano.
No como una manera de cuestionarte, sino como una invitación a que te conozcas un poco mas y tal vez puedas recibir uno de esos regalos de empatía que están ahí para vos.