La estudiante italiana llegó a Paysandú a través de un programa de intercambio y, tras diez meses de convivencia, estudio y descubrimientos, se prepara para regresar a Roma con nuevas amistades, otra mirada sobre la vida y un profundo cariño por Uruguay.
Cuando Lara Ceresoli llegó a Uruguay en setiembre del año pasado, sabía muy poco sobre el país que la recibiría durante casi un año. Había elegido Sudamérica como destino para su experiencia de intercambio estudiantil, pero desconocía que terminaría encontrando en Paysandú una segunda familia, nuevas amistades y una forma de vida que la marcaría para siempre.
La joven, nacida y criada en Roma, participó del programa de intercambio de AFS y arribó al país con la expectativa de conocer otra cultura, perfeccionar el español y vivir una experiencia diferente. Hoy, a pocos días de regresar a Italia, reconoce que el balance supera ampliamente todo lo que había imaginado.
“Ahora es una segunda casa para mí. Estoy dejando una parte de mi corazón acá, pero me llevo muchísima experiencia y personas que van a seguir siendo importantes en mi vida”, expresa.
Una elección que comenzó con un sueño sudamericano
La decisión de realizar un intercambio no fue improvisada. Lara recuerda que desde niña sentía curiosidad por América Latina. Un viaje familiar realizado en 2018 por Perú y Bolivia despertó un interés especial por la región.
“Cuando decidí hacer un año de intercambio pensé que tenía la oportunidad de ir a muchos lugares del mundo, pero quería venir a Sudamérica porque siempre me había fascinado”, cuenta.
A través de la plataforma de AFS comenzó a investigar los distintos destinos disponibles. Allí encontró testimonios de otros estudiantes, información sobre las características de cada país y experiencias de jóvenes que ya habían realizado intercambios.
“Empecé a leer historias de estudiantes que habían venido a Uruguay y me gustó mucho lo que contaban. Además, me parecía interesante que fuera un país más pequeño. Sentía que podía tener una idea más clara de lo que me esperaba”, explica.
También recuerda una anécdota que terminó inclinando la balanza a favor de Uruguay. Durante una reunión virtual escuchó a una estudiante comentar que asistía al liceo en horario vespertino.
“Pensé que no iba a tener que levantarme tan temprano”, dice entre risas. Aunque finalmente no tuvo clases en ese horario, aquel detalle terminó convirtiéndose en uno de los impulsos que la llevaron a elegir el país.
Adaptarse a una nueva vida
Su llegada fue a Paysandú, ciudad donde desarrolló la mayor parte de su intercambio. Durante el verano acompañó a una de sus familias anfitrionas cuando se trasladó a Ciudad de la Costa por motivos laborales, pero luego regresó a la capital sanducera para continuar sus estudios y culminar la experiencia educativa.
A lo largo de esos meses convivió con tres familias distintas, una situación que, lejos de representar una dificultad, enriqueció aún más su aprendizaje.
“Cada familia me enseñó cosas diferentes. Al final siento que todas forman parte de esta experiencia y que me ayudaron muchísimo”, señala.
La adaptación fue gradual. Como cualquier estudiante de intercambio, extrañó a sus padres, a sus amigos y las rutinas de su vida cotidiana en Italia. Sin embargo, también descubrió nuevas costumbres y una forma distinta de relacionarse con las personas.
Del ritmo frenético de Roma a la tranquilidad sanducera
La diferencia entre Roma y Paysandú fue uno de los contrastes más notorios para Lara. Acostumbrada a vivir en una ciudad de millones de habitantes, encontró en Uruguay un ritmo mucho más pausado.
“Sé que Paysandú no es una ciudad pequeña, pero para mí es casi un pueblo comparado con Roma”, comenta.
Las distancias fueron uno de los primeros aspectos que le llamaron la atención.
“En Roma, para ir de un extremo al otro de la ciudad podés pasar gran parte del día viajando. Acá en quince minutos llegás prácticamente a cualquier lado en auto”, explica.
También destaca la posibilidad de caminar por la ciudad y realizar actividades cotidianas sin depender constantemente del transporte.
Pero el cambio más importante fue otro.
“Yo era una persona muy estresada. Este año me relajé mucho. Acá aprendí a vivir con más calma y a disfrutar más de los momentos”, afirma.
El mate, los atardeceres y las pequeñas cosas
Entre los hábitos uruguayos que incorporó durante su estadía hay uno que se convirtió en indispensable: el mate.
“Me encantó”, dice sin dudar.
Tanto es así que planeaba comprar uno antes de regresar, aunque finalmente sus amigas decidieron adelantarse y regalárselo como recuerdo.
El mate, sin embargo, representa mucho más que una bebida. Para Lara está asociado a una de las imágenes que conservará para siempre: las tardes junto al río Uruguay.
“Me encanta ir al río a ver el atardecer. En Roma no se aprecia tanto porque es una ciudad enorme, llena de edificios. Acá puedo sentarme frente al agua con un mate y disfrutar del paisaje. Es uno de mis momentos favoritos”, relata.
Esas escenas sencillas terminaron convirtiéndose en parte fundamental de su experiencia.
Aprender más allá del aula
Aunque el intercambio tiene una base educativa y Lara asistió regularmente al liceo, considera que gran parte de los aprendizajes ocurrieron fuera del salón de clases.
“El intercambio es cultural en todos los sentidos. Aprendés en el liceo, pero también en la convivencia diaria, en las costumbres, en las conversaciones y en la forma en que vive la gente”, reflexiona.
La experiencia le permitió conocer nuevas perspectivas, desarrollar independencia y adaptarse a contextos diferentes.
Al mismo tiempo, pudo compartir aspectos de la cultura italiana con quienes la recibieron durante estos meses.
Lo que más extrañó
A pesar de la riqueza de la experiencia, hubo cosas que nunca dejaron de hacerle falta.
“Obviamente extrañé a mi familia y a mis amigos”, reconoce.
También echó de menos algunas rutinas de su vida en Roma, especialmente los encuentros frecuentes con su grupo de amigos.
“Allá tengo un grupo con el que salíamos todas las semanas. Esas cosas se extrañan porque forman parte de tu vida cotidiana”, comenta.
Sin embargo, asegura que las nuevas amistades construidas en Uruguay ayudaron a que la distancia resultara más llevadera.
Un regreso con el corazón dividido
El próximo 8 de julio Lara emprenderá el viaje de regreso a Italia. Allí la espera un nuevo año de estudios secundarios y el reencuentro con su familia y sus amigos.
Pero también sabe que dejará atrás una etapa que la transformó profundamente.
“Uruguay ahora es mi otra casa”, repite.
La joven regresará a Roma con una valija cargada de recuerdos, fotografías, aprendizajes y experiencias. También llevará un mate, símbolo de una cultura que aprendió a querer, y el recuerdo imborrable de los atardeceres sobre el río Uruguay.
Más importante aún, volverá con la certeza de que los vínculos creados durante este año seguirán presentes más allá de la distancia.
“Hay espacio para agrandar el corazón”, dice.
Y el suyo, después de casi un año en Paysandú, es un poco más grande que cuando llegó.
