Escribe Darío Rodríguez

Los dueños de los medios de información masivos incorporaron, como novedad periodística -revelando su enorme capacidad de iniciativa-: el “panelismo”. Copiando una modalidad argentina, -que no fueron sus creadores pero la dinamizaron en los años del menemismo-, el formato recaló en la capital para extenderse al resto del país. Allende el río de la Plata el panelismo que es parte del ecosistema de medios destinó horas y horas de pantalla a un tema complejísimo como el covi 19 donde el show, inherente a la TV, se imponía a la reflexión, la mirada aguda  y las ciencias.

Paysandú no está ajeno a esta propuesta. La copia, es casi plagio, ya que la misma incluye similar estética y la incorporación, sobre debates públicos, de “figuras conocidas” por el mero hecho de reunir tal condición.

Es difícil asociar el show a la reflexión, el conocimiento y los géneros periodísticos. El panelismo, que degrada el debate de la polis,  parece darse de patadas con el rigor exigible al periodismo. Observamos conductores surgidos desde su imagen ciudadana, gritos, medias respuestas, histrionismos; temas complejos abordados en minutos, trivializados, simplificados, en lo que termina siendo funcional al show y al blindaje del gobierno y el statu quo. Ejemplos abundan como Polémica en el Bar, Esta boca es mía o el local Pan y Circo. También se podrían mencionar  programas radiales como Las Tertulias en Radio Mundo; para muchos un paradigma del buen periodismo.

En la estructuración del panelismo se intenta debatir dos/tres asuntos, generalmente complejos, con un variopinto staff que estaría en condiciones de hablar de todo aunque al final no se pueda extraer demasiado ya que las tandas acortan sintéticos tiempos. El panelismo se inicia con un informe previo, que haría de contexto, aunque con un notorio sesgo ideológico, o la presencia de un invitado, que si es de una organización social o de izquierda se trata de vapulear. No sucede lo mismo con integrantes del statu quo o el gobierno. En algunos casos, los panelistas o el conductor no señalan desde que lugar hablan ya que en esto de los medios y el periodismo nadie emite desde la acepción. No plantearlo es una deshonestidad intelectual. Así desde el panelismo se construye un relato acorde a las necesidades del momento.

En la conformación del panel se intenta simbolizar que hay gente de “todos los pelos” y, por tanto, es una demostración cabal de participación y  democracia.  Reflejaría la realidad del país.

El panelismo abreva en el fogón primitivo que hablaba Mac Luhan, las mesas redondas del mundo académico y en la tertulias de la radio y TV española.  En la Argentina, del cual el Uruguay se nutre, sus inicios fueron los programas de chimentos, luego se trasladó a los magazines, a los programas deportivos para recalar en los periodísticos políticos.

El mismo se sostiene con supuestos acalorados debates, un fin en sí mismo; tiene que haber show, tensión. A juicio del investigador argentino, José Luis Fernández, el panelismo es una propuesta visual-retórico-estilística, no ordenadora de la vida social. El conductor es una figura clave de la cultura en broadcasting: no tiene el conocimiento, no concluye, coordina. A veces, hace conclusiones de sentido común ciudadano: un modo de relacionar la habitual disgregación panelista con una concepción de audiencia promedio”.

Es asombroso ver, tal vez por la imagen y el rol seductor de la TV, como dirigentes de izquierda o de movimientos populares, aceptan participar y por consiguiente legitimar esta puesta en escena. Sin asumir que su participación le da validez al formato instrumentado. El hecho que en algunos programas los panelistas sugieran temas no invalida lo anterior ya que no determinan los enfoques ni la línea editorial del programa o medio.

En lo más abarcativo los medios tienen la mala costumbre, de alguna forma naturalizada, vocear que representan o interpretan el sentir de la gente, serían sus mediadores. Ello es harto discutible. Hay temas vedados, y nadie se asombra. Por ejemplo, cuántos programas o tratamientos periodísticos vemos sobre las condiciones laborales de los centenares de peones rurales o, en otro extremo, sobre los ricos del Uruguay, sus fortunas, cómo fue generada o la presión  de los lobby inmobiliarios y especuladores sobre la tierra o la concentración mediática usufructuando ondas de la comunidad. En lo local se cuentan con la mano los medios y/o periodistas que miran críticamente las gestiones en la Intendencia.

Lo comercial y el acuerdo implícito obvia temas urticantes para el poder, nacional o local. Cuestionar los que tienen menos poder o cuestionan los poderosos y sus organizaciones es un trámite. El posicionamiento relativiza la libertad de expresión, sobre todo en los denominados medios hegemónicos.

El panelismo, más propio del espectáculo que de lo discursivo, cuando se traslada al periodismo y la actualidad, empobrece el debate y poco contribuye a la generación de una sociedad regida por información de calidad, sin perjuicio de las inherentes miradas ideológicas.

Los mencionados medios masivos, particularmente los audio y/o visuales por el peso de la palaba y la imagen (Bordeau decía que la TV muestra ocultando) vigorizan mensajes. Hay que poner en debate, de eso se trata, si la traspolación del show,  con lo valioso que puede ser como actividad, a programas que  tratan temas de interés público no refuerza la idea de lo efímero, de lo banal, del desinterés. En definitiva el empobrecimiento de la discusión habida cuenta que es extremadamente difícil compatibilizar el entretenimiento con la reflexión, el abordaje riguroso de un tema con la adecuada dinámica y tiempos;  trasmitiendo  que el rigor, el dato, importa poco y que amontonar gente en un estudio es demostración de la existencia de medios sensibles, democráticos, plurales.

Sobre el examen de esta moda, el país, la academia, tienen un significativo retraso. Se requiere investigación, mayor formación y una sociedad empoderada. Los medios, son valiosísimos instrumentos, que podrían contribuir con mayor vigor al fortalecimiento democrático; para ello se deben reconfigurar como un servicio de interés público y sus formatos revisados. Tal vez, y es una hipótesis, la emergencia del panelismo es un intento de recuperar la credibilidad perdida; pero lo paradójico es que la potencia.

Estamos lejos de asignarles un papel omniciente a los medios, pero tienen su relevancia en un mundo de redes (in)sociales, líquido, signado por lo vertiginoso, al matrizar ciertas miradas, valores, conductas. El panelismo, esa copia, vacua, nos invade.