¡No hay Yanqui bueno!
Horacio R. Brum
Era una familia de cuatro personas: los padres, una hija y un hijo; todos con un sobrepeso notable, en bermudas y camisetas, calzados con sandalias y calcetines. Sentados en un banco de la entrada de visitantes del Centro Espacial Kennedy, cada uno manipulaba una pata de pollo bañada en una salsa rojiza y masticaba a dos carrillos, interrumpiendo cada tanto el ejercicio para tomar sorbos de las latas de Pepsi. A su alrededor, en videos, posters o maquetas, se podían ver los logros más asombrosos de la tecnología espacial estadounidense y cientos de personas venidas de todo el mundo -entre ellas quien esto escribe-, se asombraban con la historia de aquel lugar del estado de Florida, desde donde la Humanidad partió hacia la luna. La familia norteamericana, concentrada en engullir su pollo grasiento y su bebida azucarada, daba una buena imagen simbólica de su país, que debajo de sus avasallantes conquistas materiales, políticas y militares oculta un provincianismo en el que se funden el desinterés por otras culturas, con más de un toque de xenofobia, la obsesión por el consumo y el convencimiento chauvinista de que no hay otra forma de vida mejor que la suya.
Esos son los Estados Unidos que votaron a Donald Trump y el mundo, al tratarlo de payaso y creer que no podía ganar las elecciones presidenciales, ignoró, como dijo el corresponsal en Washington del diario italiano La Repubblica, la existencia de “la América que no es vegana, que no se preocupa de cuidar la línea, la América muda que se alzó contra los señores de la ciudad”. Los sociólogos, los analistas políticos y otros generales después de la batalla están hablando de los temores de la clase trabajadora blanca ante la globalización, de la angustia por el terrorismo islámico y otros factores coyunturales por los que un empresario prepotente y poco escrupuloso ganó el derecho a tener bajo su dedo el botón del ataque nuclear y la dirección de una economía que tiene el peso suficiente para complicar la vida de todo el mundo.
Sin embargo, el país de Trump existe desde el origen de la nación; los llamados Padres Peregrinos fundadores llegaron a América buscando la libertad para practicar el puritanismo, una forma de la religión protestante rígida y reaccionaria. En 1692 condujeron un proceso en la ciudad de Salem que pasó a la historia universal de la injusticia, por el enjuiciamiento de 200 personas y la ejecución de 20 de ellas, bajo acusaciones de brujería. En un solo procedimiento motivado por el oscurantismo religioso dieron muerte a más personas que las víctimas de la Inquisición española en el virreinato del Perú en cuatro décadas del mismo siglo. 260 años más tarde, en el mismo país, el gran dramaturgo Arthur Miller compuso Las Brujas de Salem, una obra contra la intolerancia, y él mismo fue víctima de la persecución anticomunista desatada desde el Congreso en la primera década de 1950. Esa persecución oficial arruinó numerosas carreras profesionales; el exiliado más célebre es Charlie Chaplin, a quien en 1952 se le canceló su permiso de residencia (había nacido en Inglaterra) por razones políticas.
La impronta de los Padres Peregrinos existe hoy en las infinitas sectas e iglesias de raíz protestante que existen en el país, buena parte de ellas orientadas políticamente hacia la derecha y reaccionarias en temas como el aborto o la homosexualidad. Y si del catolicismo se trata, conviene tener presente que el arzobispado de Boston, una ciudad que se supone es el centro de las clases altas ilustradas y liberales, fue el que encubrió más casos de curas pedófilos en el mundo, como bien lo describe la película Primera Plana, basada en una investigación del diario The Boston Globe.
El dólar es el único billete en el planeta que tiene impresa una invocación religiosa: In God we trust (confiamos en Dios). Aparte de negar la existencia de la laicidad del Estado, esta consigna habla de cómo los negocios y los principios se entremezclan en la sociedad y la visión que los estadounidenses tienen del mundo. Vale la pena recordar que la guerra de independencia no comenzó como una lucha por altos ideales, porque las entonces colonias británicas gozaban de una autonomía inexistente en cualquier otro lugar del imperio. “No taxation without representation!” fue el primer grito de guerra de los patriotas, que se negaron a unas alzas de impuestos dispuestas por la Corona y exigían a cambio asientos en el parlamento británico. El primer hecho de rebelión se produjo en diciembre de 1773, cuando un grupo de colonos asaltó varios barcos mercantes ingleses anclados en Boston y tiró al agua sus cargamentos de té, también por problemas de impuestos. Ese es el “Boston Tea Party”, que actualmente da el nombre a un grupo de influencia del partido Republicano de Trump, el cual rechaza, entre otras cosas, la existencia del sistema público de salud.
La emancipación de los esclavos fue una de las preocupaciones de los libertadores latinoamericanos y para mediados del siglo XIX todos los países -excepto Brasil, por su desarrollo republicano tardío-, la habían concretado. Los Padres de la Patria estadounidenses no dieron mayor importancia al asunto, principalmente por los efectos que podía tener sobre la economía, y se necesitó una guerra civil en la que murieron 600.000 personas, para que los negros pudieran ser libres, sólo a partir de 1865. Por otra parte, el presidente Abraham Lincoln fue asesinado como consecuencia de su decisión de eliminar la esclavitud. Abusando del federalismo, muchos estados mantuvieron la segregación en las escuelas, los hospitales, las oficinas y otros ámbitos públicos hasta 1964, cuando se impuso en todo el país la Ley de Derechos Civiles. Aun así, hubo universidades en las que los alumnos negros debieron entrar con escolta policial y la lucha por la igualdad de derechos tuvo otro mártir en 1968, cuando fue asesinado Martin Luther King.
Estados Unidos es el país que hasta bien entrado el siglo XX tuvo una sociedad secreta, el Ku Klux Klan, dedicada a perseguir y asesinar a los negros; es el país que envió a sus ciudadanos de color a pelear por la libertad y la democracia en dos guerras mundiales, en batallones segregados y mandados exclusivamente por oficiales blancos; es el país que, durante la construcción del canal de Panamá (un país separado de Colombia en 1904 por la intervención directa de Washington), pagaba al personal en nóminas de “oro y plata”: el oro para los norteamericanos blancos y la plata para los trabajadores negros y panameños, que también tenían instalaciones sanitarias, de esparcimiento y alojamiento segregadas.
La llegada de Barak Obama, quien poco y nada tiene en común con esos negros que la policía mata con demasiada frecuencia en las calles, a la presidencia, se debió más al fracaso de la guerra contra el terrorismo de su antecesor republicano en lugares como Irak y Afganistán, que a un cambio de fondo en la idiosincrasia del ciudadano medio. Cada vez que su país inicia una aventura extranjera, son muy pocos los que no aplauden los envíos de tropas, pero el temperamento cambia a medida que aumentan las bolsas negras con cadáveres que vuelven al territorio norteamericano. Es el síndrome de Vietnam, que provoca la rápida pérdida de popularidad del mandatario de turno.
Y si de bolsas se trata, cuando un presidente bien intencionado como Obama intenta mejorar la distribución del ingreso en el país desarrollado que tiene el peor índice de esa distribución, y dar más bienestar a las decenas de millones de compatriotas marginados, son demasiados los que se niegan a que les metan la mano en la bolsa con aumentos de impuestos. Más aun entre la clase trabajadora blanca, que no puede comprender la globalización y se siente amenazada en su estabilidad laboral por la competencia de las empresas de otros países y por la mano de obra barata que aportan los inmigrantes.
La otra historia estadounidense, la de las invasiones e intervenciones al margen de la legalidad en países extranjeros es conocida de sobra. Tal vez sea mejor cerrar con las palabras de nuestro José Enrique Rodó, tan poco estudiado en las escuelas hoy, quien en su ensayo Ariel advertía respecto de la admiración ingenua por el país del norte. Unas palabras que parecen proféticas, después del triunfo de Donald Trump:
“La influencia política de una plutocracia representada por los todopoderosos aliados de los trust, monopolizadores de la producción y dueños de la vida económica, es, sin duda, uno de los rasgos más merecedores de interés en la actual fisonomía del gran pueblo…Y el exclusivo cuidado del engrandecimiento material -numen de aquella civilización- impone así la lógica de sus resultados en la vida política, como en todos los órdenes de la actividad, dando el rango primero al struggle-for-lifer, osado y astuto, convertido por la brutal eficacia de su esfuerzo en la suprema personificación de la energía nacional…”
