Una sombra grande en la pequeña historia

Por Horacio R. Brum

El 26 de noviembre de 1956 zarpó de la costa oriental de México un yate con 82 sujetos que querían hacer una revolución; entre ellos, un argentino de clase media alta, que había descubierto su conciencia social viajando en moto por la América Latina que sus compatriotas despreciaban en esa época, y un flaco tan alto como las cañas de azúcar de la plantación cubana de su familia, quien acaso había sido orientado hacia el sufrimiento de los pobres por algún cura jesuita de su colegio. El mismo año, pero siete meses antes, nació en Paysandú un niño más de la generación de fines de la década de 1950, probablemente la última en disfrutar de aquello de “como el Uruguay no hay”. Mientras el flaco y el argentino, Fidel y Ernesto, peleaban en Cuba para derrocar a la dictadura que había transformado a la isla en el burdel del caribe y colonia de vacaciones de los mafiosos norteamericanos -bien descrita en la película El Padrino II-, el niño de Paysandú, bautizado Horacio, crecía sin saber que Fidel y Ernesto, ya conocidos como el Comandante Fidel Castro y el Che Guevara, estaban construyendo una parte de esa Historia del mundo que también sería su historia.

A los cuatro o cinco años, en un tiempo en que no era políticamente incorrecto jugar a los soldados, con ametralladoras y hasta con granadas de plástico, el niñito Horacio horrorizaba a sus muy católicas y bondadosas abuela apuntándoles con el arma de mentiras y gritando: “¡Al paredón!” Esa frase, simbólica de la etapa más dura de la Revolución Cubana, la del fusilamiento de los opositores, del intento de invasión a la isla por los cubanos de Miami que apoyaba Washington y de las más descabelladas conspiraciones de la CIA para matar a Fidel, le había llegado a aquel niño por boca de los adultos uruguayos que sólo conocían la palabra revolución a través de los diarios y la radio. La nuestra era una sociedad que no se veía en una situación revolucionaria ni imaginaba dónde estaban en Uruguay las masas de desposeídos por cuyos derechos hubiese que luchar violentamente.

Mientras Horacio jugaba a imitar a los barbudos de la Sierra Maestra, de su misma ciudad salía rumbo a Artigas un joven procurador de nombre Raúl Sendic Antonaccio, que creía que era posible imitar el ejemplo de Fidel y el Che en las plantaciones de caña norteñas, donde sí existían desposeídos trabajando en condiciones muchas veces infrahumanas. Al otro extremo social, los cancilleres de la OEA reunidos en el lujo de Punta del Este resolvieron tragarse el cuento “made in USA” de la amenaza comunista cubana y expulsaron a Cuba de la organización. De nada sirvió la elocuencia demostrada por el Che en la reunión realizada en el mismo casino San Rafael puntaesteño, en agosto de 1961.

La Cuba empujada a la órbita soviética por las presiones de Estados Unidos llegó al cajón de los juguetes del niño sanducero con un aparato para lanzar misiles con cabeza de goma, que recorrían un par de metros por el aire. Un alcance bastante inferior al de las armas balísticas soviéticas instaladas en la isla de Castro, las cuales a fines de 1962 provocaron una pulseada entre Washington y Moscú, que terminó con el bloqueo de Cuba a perpetuidad.

El fin de la niñez llegó junto con el auge de las ideas inspiradas por Cuba; en el Liceo se discutía de política, no del último modelo de celular inteligente -fabricante de tontos-, ni de jueguitos electrónicos o bobadas resumidas en 140 caracteres. Muchos creíamos aún en el Uruguay de blancos y colorados y el modelo de la Suiza de América; otros se la jugaban por vender bonos para ayudar a la Revolución Cubana o al Vietnam de Ho Chi Minh, pero todos nos entendíamos, aunque a alguno le fallaba la dialéctica, como mi recordado amigo Daniel, que cuando le preguntábamos por qué era comunista, sólo respondía: “¡Son cosas mías!”. En mi familia, “blanca como güeso de bagual”, el tío Miguel era el rojo, comunista de la primera hora que tenía una biblioteca compacta pero profunda de libros con el pensamiento de izquierda. Los textos del Che, los discursos de Fidel y las historias sobre el socialismo uruguayo me dieron el otro lado del espejo familiar.

Mientras nosotros jugábamos a la política liceal, otros engrasaban sus fusiles revolucionarios y otros más afilaban sables en los cuarteles. Y pasó lo que pasó; llegó un momento en que ya no corrían riesgo de vida o de cárcel únicamente los que empuñaban el fusil en nombre de un pueblo imaginado a la semejanza del pueblo cubano, sino los que se atrevían a hablar en público a favor del “dictador marxista leninista” caribeño. El niño nacido en el año del desembarco en Cuba del flaco y el argentino ya era casi un adulto joven, con unas dudas cartesianas que no le permitían simpatizar por completo con el ejemplo de Cuba y menos aún con la idea de que el fusil, de izquierda o de derecha, pudiese reemplazar a las palabras en un Uruguay que ya ni siquiera se parecía a Suiza en las etiquetas de los chocolates. En lo que un muy querido pariente, que perdió buena parte de la juventud encarcelado por la dictadura, definió con cariño magnánimo como “una pendejada de joven”, el joven Horacio entró a trabajar en la Armada Nacional, durante la última etapa del régimen militar. Allí escuchó y sintió el odio que despertaba el nombre de Fidel, un odio que se volcaba a todos los que simpatizaran con él. Sin embargo, oyó también hablar en voz baja del Comandante, no precisamente el de la Armada, a marineros y oficiales que habían participado en el golpe militar para “terminar con la corrupción de los políticos” y ahora veían que los corruptos no vestían traje y corbata, sino uniforme, con el agravante de que no se iban a los cuatro o cinco años.

La inclinación por el periodismo, esa incómoda vocación por narrar la verdad, hizo que aquel miembro de la Armada por equivocación buscara otros horizontes profesionales en Londres, con la BBC. Desde las crisis centroamericanas, con los Estados Unidos buscando destruir el poder popular que se afianzaba en Nicaragua y otros países, hasta la caída de la Unión Soviética, no había un día del ejercicio de la profesión en que no aparecieran el nombre y las acciones de Fidel Castro; hasta que la mítica figura enfundada en un uniforme verde oliva se transformó en un señor de barba cana y más bien rala, vestido con trajes bien cortados y corbatas sobrias. Todo lo demás es historia de nuestros días.

Fidel creó en Cuba un sistema de beneficios sociales sin igual en América, seguramente; Fidel fue un dictador, sí, si lo vemos bajo la óptica de lo que en buena parte del mundo se entiende como democracia; Fidel encarnó la soberanía y la dignidad de Cuba frente a la prepotencia de los Estados Unidos, indudablemente; Fidel persiguió con saña a los opositores, sí, al igual que muchos de ellos intentaron derrocarlo o lisa y llanamente eliminarlo; así podríamos seguir hasta el infinito con la lista de virtudes y defectos del personaje, sus contradicciones y sus convicciones. Para los que crecimos en su época, en esa segunda mitad de lo que el gran historiador británico Eric Hobsbawm definió como “el corto siglo XX”, el flaco alto que hace 60 años desembarcó del yate Granma es una figura que definió el mundo convulsionado e interesante en el cual hemos tenido la fortuna de crecer. Con él desapareció el último de los grandes líderes de nuestra época y sólo los enceguecidos por la ignorancia del fanático pueden negarle un lugar en la historia que se escribe con mayúsculas.