Escribe Mariannina Álvarez
Paysandú conmemora hoy el Día Internacional Contra la Violencia de Género con un nuevo femicidio para llorar. Ya son 21 en todo el país, y la lista no para de crecer.
En junio pasado, mientras muchas mujeres -y algunos hombres también- cambiábamos nuestros perfiles en las redes sociales por la consigna Ni una menos, otra mujer moría a manos de su pareja, en este caso en Fray Bentos, sumiendo en la impotencia a quienes luchan por erradicar este flagelo. Tal vez íntimamente albergábamos la esperanza, ingenua, que por esas horas, debido a la visibilización de la problemática, los impulsos homicidas permanecerían latentes pero sin concretar el acto. Impotencia al tomar conciencia que las palabras, movilizaciones, el creciente protagonismo del tema en la escena mediática resulta ya insuficiente. A la indignación que suscitó el asesinato, se sumó la declaración del presidente del SUNCA local, solidarizándose con el femicida. Si bien el sindicato reaccionó rápido condenando las expresiones, el episodio reveló un estado de ánimo que subyace a los crímenes, y a todas las manifestaciones de violencia hacia la mujer: las dificultades para concientizar a amplias franjas de la sociedad sobre el problema. Basta un rápido repaso por los comentarios en Facebook para hacerse una idea de la magnitud de la tarea por delante: desde el diario local, que en su página web optaba por referirse a la “tragedia”, hasta quienes pedían que se respetara por igual las vidas perdidas, sin detenerse en que hubo, en primer lugar, un asesino, pasando por la infaltable apelación a esperar el pronunciamiento de la justicia antes de calificar la conducta del homicida.
Como dice la socióloga argentina Dora Barrancos, “se ha sustituido crimen pasional por femicidio. Pero siempre hay un dispositivo respecto de algunas muertas de menguar la situación brutal por procedimientos denostativos que sugieren cómo la chica estaba vestida, como el caso de Melina (Romero, quien murió en Mar del Plata por empalamiento)”.
Otras investigadoras advierten de un “contraproyecto”, que consiste en agregar un “Ni uno menos” que comprenda a los varones, desvirtuando el mensaje original, que denuncia el asesinato de mujeres por su condición de tales, por el afán de dominio sobre sus cuerpos y mentes. Porque claro que mueren hombres víctimas de violencia, pero no por ser varones!
La violencia machista interpela al poder político, al presidente de la República en primer lugar, que al resaltar un año atrás que mueren más mujeres por cáncer no hizo más que minimizar el problema.
La tarea de concientización alcanza a las propias mujeres, a quienes se asumen libres de este riesgo, que se tranquilizan pensando que sus características personales no las harán presa de hombres violentos. La misión no es sencilla en tiempos de sociedades individualistas, poco dispuestas a reparar en injusticias, y cuando muchas mujeres, justo es decirlo, luchan por sobrevivir a sus penurias económicas.
El Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) dependiente del Ministerio de Desarrollo Social) informa que en Uruguay, aproximadamente siete de cada diez encuestadas “declaró que ha vivido situaciones de violencia basada en género en algún momento de su vida”, y que “el 23,7% en las mujeres de 15 años o más, que tienen o han tenido pareja, ha vivido situaciones de violencia en los últimos 12 meses”. Según Naciones Unidas Uruguay, “la encuesta presenta indicadores de medición de la violencia de género en todos los ámbitos: familiar, educativo, laboral y social, con un enfoque generacional, indagando además sobe la violencia en la infancia y en la adultez mayor”.
Mañana termina la campaña “Noviazgos Libres de Violencia. 50 días de reflexión”, un paso necesario aunque seguramente insuficiente, que tuvo por objetivo, según Inmujeres, que las distintas instituciones involucradas en la campaña promuevan “que adolescentes de distintos centros educativos y espacios de participación generen productos, acciones, actividades de reflexión y acción en la temática”.
Los datos muestran que entre las mujeres jóvenes, los índices de prevalencia de violencia basada en género dentro de la pareja son mayores.
Para Naciones Unidas, “la violencia hacia las mujeres constituye, a nivel global, la violación de los derechos humanos más profunda, por su extensión, impacto, invisibilidad e impunidad. Los daños que este problema genera a la sociedad en términos de salud pública -física y mental- económica, cultural y social, no sólo son irreparables sino que además se instala y reproduce generacionalmente a través de los vínculos familiares, afectivos y sociales”.
Los niveles de crueldad se han incrementado. Ahora alcanza también a los niños, incluso a los hijos propios; ni ese límite frena el sadismo.
Si enmarcamos la violencia contra las mujeres en el contexto más amplio de la desigualdad de género, en los resabios de un régimen patriarcal que se resiste a desaparecer, la magnitud de la lucha por delante puede desalentarnos. Pero es necesario darla, desde el espacio que a cada mujer le toque ocupar en la sociedad. Es un imperativo ético. Contra la indiferencia.
