Escribe: Angie Pedreira
Hotel Lebac (*) es la reciente novela del escritor sanducero, Carlos Caillabet. Ambientado en una jodida pensión montevideana de los años ‘60, relata con crudeza y justa dosis de rigor, los días en aquel hospedaje invernal, que por razones varias, la vida le ha topado en el camino. El microclima se vuelve intenso y apasionante, teñido por un entramado de situaciones cotidianas, de gente tan rara y tan real a la vez, forzando así relaciones humanas entre personas diferentes bajo un mismo techo, mientras el mundo sucede vertiginoso sobre ellos.
La historia está relatada en primera persona por su protagonista, Tomy , un adolescente de catorce años, que sufre la ausencia paternal y convive con la presencia de su madre, una mujer triste y frustrada, que cuida de su hijo incansablemente. Los relatos se enmarcan en un invierno que cambia la vida de Tomy, para siempre. Las puertas del Hotel Lebac son de ahora en más, las puertas al mundo, un mundo que a veces padece y a veces disfruta.
La atmósfera de este lugar, es narrada desde los ojos aniñados de alguien que empieza a entender que la vida duele, arde y es tan angustiosa como insegura. Los personajes parecen ir dejándose entrar en la macro historia para contar la suya, es así como a través de ellos, el protagonista, espeja el auténtico sentido de la existencia. Situaciones varias, cargadas de incomodidad y torpeza, irán moldeando su personalidad e intenso viaje hacia la adultez.
Los personajes se adjuntan a una escenografía tan fantástica como cierta, de un mundo que el protagonista aún desconoce. La homosexualidad, las mentiras, las amenazas, la delincuencia, el sexo, la amistad, la explotación y la muerte, la muerte de sopetón y la muerte lenta de algunas gentes, son algunos de los tantos entramados de esta historia que busca y resulta verosímil para el lector. El relato ameno y de ágil lectura que Caillabet nos ofrece, marca un quiebre en el Capítulo VI, con una mirada fija del narrador hacia ese otro: “Antes de seguir quiero que quede claro que de ningún modo soy un mentiroso que ando contando cosas solo para entretenerlos. No. Estoy contando cosas que vi y oí, y si bien ustedes pueden no creerme, les juro por mi santa madre que esa gente hacía y decía cosas como las que estoy contando. Cualquiera que haya vivido en una pensión sabe que allí se encuentran personajes como Gutiérrez, como Lebac, como los mellizos, como la enfermera Elsa y como nosotros mismos”.
Hotel Lebac, es una vuelta más a vos mismo, es una historia de vos, también. Quizá no te fuiste a vivir a una pensión, pero ¿nunca te topaste con las puertas al mundo? Una apertura a éste y a otros mundos desconocidos, una llave a la vida misma: umbral de alegría y dolor. Qué es crecer sino entender en carne propia que la vida arde y cuida a la vez, y solo así, viviendo el ardor, sobrevivimos ante un mundo que sucede. Qué es la vida, sino un constante reconocer el mundo. Un ilusorio feliz, seguro y ordenado, no, nada de eso pasa. La felicidad sucede sólo a través de la angustia, la seguridad del miedo, el orden de la incertidumbre, hay una grieta en todo, así es como entra la luz y entenderlo, es crecer.
Todos vivimos el Grand Hotel Lebac de alguna forma. Vos y yo también pensamos que la vida era puro amor y rock and roll. “Pronto sabría que no era así, que este mundo feliz, seguro y ordenado para gente como mi madre y yo no existe. Pero esa es otra historia y quizás algún día cuente. Ahora no, porque resultó cierto que al contar algo se empieza a echar de menos a todos, y eso es lo que me pasa al recordar aquel pequeño gran mundo del Hotel Lebac”. Ya lo dijo Cortázar ¿qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos? ¡Es tan aliviador que exista Tomy!.
(*) Editorial Planeta S.A. 2017.




