En el marco de una actividad organizada por el Pit-Cnt, Delacoste, quien integra el espacio Casa Grande del Frente Amplio, que lidera la senadora Constanza Moreira, brindó una charla sobre los desafíos para la izquierda en América Latina, con especial referencia a la crisis en Brasil, y sus semejanzas con Uruguay.

“Son tiempos muy difíciles en América Latina para la democracia, para la izquierda y por lo tanto para la gente” comenzó señalando el politólogo. “Está bueno pensar un poco qué significan estos tiempos difíciles, qué nos está pasando y qué le está pasando a la democracia, lograr un poco de claridad” agregó, ya que al leer las noticias parece que “los acontecimientos nos pasan por arriba, que no hay capacidad de reacción”. “En parte esto pasa porque nos confundimos, no sabemos quién está de nuestro lado y quien no, cuando perdemos, cuando ganamos, qué es un empate” intentó Delacoste una explicación. Se refirió a continuación a “una malísima costumbre que hemos tenido las expresiones de izquierda en Uruguay”, la cual consiste en “usar los problemas que tienen otros países donde hay gobiernos populares, para tirarnos tiros por elevación entre nosotros según a qué modelo de país más o menos adscribamos”. “Así -continuó el politólogo- los socialdemócratas se dedicaban a hablar mal de Venezuela, de Argentina o de Bolivia, y quienes tenían inclinaciones más socializantes, se dedicaban a pegarle a Chile o Brasil. Lo que tendría que ponernos en alerta sobre ese pasatiempo horrible de los últimos diez años, es que ahora estamos todos en crisis”. “Es muy fácil decir que Venezuela está en una tremenda crisis económica, con una gran crisis política y crispación social; que en Argentina el Frente para la Victoria perdió las elecciones, y eso significa que el populismo, que la polarización no funcionan. Pero pasa lo mismo en Brasil y hay tremenda crisis en Chile y estamos bastante mal acá también. Entonces me parece que es momento de ver, con humildad, qué es lo que está funcionando mal en muchos lugares, y no usarlo para seguir cada uno en su pequeña cajita, que ni siquiera es partidaria, por que estamos todos en la misma coalición, sino sectorial. Este momento de crisis tiene que enseñarnos a volver a pensar de una manera menos encasilladora del otro”. Profundizando en la situación de Brasil, que “es la que está más presente en este momento”, señaló en primer lugar que “es un país que trató de hacer algunas cosas parecidas a Uruguay. Podemos ver en el espejo de Brasil algunas cosas que quizá podrían pasarnos a nosotros, aunque allá sean peores, porque acá por suerte el Frente Amplio tiene mayoría parlamentaria, y el Partido de los Trabajadores cuenta solo con el 10 por ciento, entonces hay cosas que acá se pueden hacer y allá no”. “Tanto Brasil como Uruguay y la mayoría de los países de América del Sur, lo que se han dedicado a hacer en la última década es aprovechar los altos precios de las materias primas, basados en la demanda de China, para tener caja y dirigir políticas redistributivas, de ampliación de derechos, tanto laborales como de otro tipo, sin tocar fundamentalmente los intereses del capital. Es decir, si los precios están muy altos y hay mucha plata, podemos hacer reformas que beneficien a los sectores populares, sin comprarnos grandes conflictos políticos con los capitalistas. Esta es la historia de Uruguay en los últimos diez años”. “No tengo que explicarles a ustedes, en una actividad organizada por el Pit-Cnt, cuáles fueron las conquistas tanto salariales, como legislativas y organizacionales. Pero ahora los precios no están altos, y hay que volver a pensar qué es lo que pasa, porque no se puede seguir repartiendo de la misma manera sin tocar las garantías de los empresarios, que siguen exigiendo garantías aunque no haya plata para distribuir. Entonces es ahí cuando las dinámicas se transforman en juegos de suma cero, es decir, situaciones en las cuales para que gane uno tiene que perder el otro, y esa es la situación en que estamos ahora en Uruguay y también en Brasil, a lo que no estamos acostumbrados” reflexionó Delacoste.

El origen

Para analizar las causas de la crisis, el politólogo se remontó a la década de 1970, cuando “estaba naciendo el neoliberalismo, que fue una ideología que renovó el pensamiento liberal, de derecha, el pensamiento conservador en todo el mundo, con una tendencia, por un lado, a generar el predominio del capital financiero sobre otros sectores del capital, e internacionalizar el capital por otro lado, lo que significa que logró mayores niveles de movilidad por una serie de factores, como la revolución informática. Pero también aparecieron una serie de leyes, que empezaron a no reglamentar el movimiento de capitales, se firmaron tratados de libre comercio que incluían cláusulas sobre la manera en que se podía mover el capital, y los países que no querían hacer eso, lo que sufrían era hiperinflación, escarmientos impuestos por el Fondo Monetario Internacional, aprovechamiento de la crisis de la deuda para acogotar a los países, para que asuman estos reglamentos que a su vez, exacerbaban la apertura e internacionalización de la economía.” En ese escenario, dijo Delacoste, las economías centrales pudieron “internacionalizar las cadenas productivas”, lo que significa que en la elaboración de un producto, intervengan varios países. “Las materias primas vienen de África o de América Latina, son procesadas en un primer momento en China, y en un segundo momento, más complejo, en algún país del sudeste asiático como Taiwán, Corea o Japón, y habían sido diseñadas en Estados Unidos”, donde intervienen “las empresas de marketing y de distribución y logística, que ganan mucha plata como intermediarios” prosiguió. De esta manera, comienzan a destruirse las industrias nacionales, de manera que pocos países hoy en día tienen “economías completas. Acá en Paysandú saben muy bien lo que eso significa, con la destrucción de la industria textil por ejemplo”. Delacoste realizó este repaso, destacó, “para llamar la atención sobre un hecho político que es muy central en cualquier lucha por la democracia”. “Al ser el capital muy móvil, y al haber cadenas productivas globales, es muy fácil para el capital imponerle condiciones a los estados y a los trabajadores. A mi me ponen la misma fábrica, y yo digo, puedo poner la misma fábrica enfrente, tal como sucedió con la fábrica de Botnia en Fray Bentos” ejemplificó. Lo mismo sucede en todos los países, en Argentina, en Paraguay, donde ahora el precio de la tierra está más bajo, y muchos especuladores están saliendo de Uruguay para ir a Paraguay. Esto hace que los estados, tengan bastante poco margen para imponerle condiciones al capital. Y si hablamos de democracia, si la gente, a través de sus gobiernos, tiene escaso poder de decisión, entonces tenemos un problema serio con la democracia”.

La bonanza

“Los gobiernos progresistas de los últimos años tuvieron una coyuntura muy buena, porque paralelamente se daba el boom de la economía china, que ha tenido en las últimas décadas un crecimiento espectacular, lo que llevó a que haya una enorme demanda de los productos que exporta América Latina, tanto alimentos del cono sur, como minerales de los países andinos, o petróleo del Caribe. Pero la economía china se desaceleró, los precios de las materias primas bajaron, en 2008 comenzó una crisis financiera de la cual aún la economía global no se recuperó, y si bien hasta hace unos años había plata y se podían hacer políticas redistributivas, ahora nos encontramos con que no hay tanto dinero y se complica bastante la situación” explicó el especialista en Ciencias Políticas. “A todo esto, el pensamiento de izquierda en América del Sur, especialmente el pensamiento sobre el desarrollo de la centroizquierda de América del Sur, a partir de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) y de alguna corriente de economía heterodoxa, ha tenido una gran discusión de cómo lograr el desarrollo económico en este contexto. Si los países compiten entre si para captar inversiones, los países tienen que abaratarse, ofreciendo salarios más bajos, exenciones impositivas, desregulaciones, privatizaciones. Ese es el pensamiento más neoliberal.” El pensamiento desarrollista, explicó Delacoste, ofreció como alternativa “la competitividad sistémica, que significa, en lugar de competir bajando salarios, generar otro tipo de estímulos, que sean atractivos para las empresas, pero sin que eso lo pague la gente, ofreciendo infraestructura de calidad, fuerza de trabajo muy calificada, con exenciones impositivas específicas para cierto tipo de industrias, entre otras. Este ciclo de gobiernos populares, apostó a este tipo de competitividad, o dicen que apuntaron, porque el problema es que a pesar que esa era la política oficial, lo que ocurría era que se dieron exenciones no solo a las empresas cuya producción se quería fomentar, sino en forma indiscriminada, a cualquiera que quería venir. Se crearon zonas francas. Pero con estas salvedades, la verdad es que en los últimos años, sí se pudo impulsar la competitividad sin ajustes neoliberales. Pero cuando bajan los salarios, se hace más difícil lograr esto, porque para obtener competitividad, se necesitan grandes niveles de inversiones públicas, o de participación público privado, porque de lo contrario no se genera infraestructura, educación para que haya mano de obra calificada. Pero como no hay plata porque baja el precio de las materias primas, eso no se puede hacer, y el ajuste neoliberal empieza a ser cada vez más urgente. Sobre todo porque las agencias calificadoras de riesgo, empiezan a ver el déficit fiscal como problema, y ahí es cuando se empiezan a complicar las cosas” explicó.

Brasil y la ofrenda de paz a las empresas

“Dilma ganó las elecciones por muy poquito, pero las ganó en buena ley”, dijo Delacoste, “y terminó nombrando un gabinete donde si bien había algunas figuras de la izquierda y de los movimientos sociales, en los puestos más importantes había banqueros y terratenientes. La ministra de Agricultura era Katia Abreu, llamada ‘La reina de la soja’, el ministro de Finanzas era Joaquín Levy, un banquero del banco Bradesco, y cuando un gobierno de izquierda tiene un ministro banquero, es que no va a pasar nada bueno. Hubo un tremendo ajuste fiscal, esperando que si lograba crecimiento económico, no va a tener conflicto con trabajadores y empresarios, y se tendrá plata para volver a repartir. Pero no hubo crecimiento, y esos empresarios que entraron al gobierno, y la clase a la que representaban, en lugar de aceptar la ofrenda de paz fueron por todo, vieron la oportunidad de asaltar el gobierno brasilero. Y poco a poco los aliados de Dilma fueron quedando atrás, ante un pueblo que estaba desconforme con la falta de crecimiento, los problemas de empleo, y los graves problemas de corrupción que tiene la política brasilera. El PT empezó a perder el apoyo popular, hubo enormes manifestaciones populares en 2013 contra las tarifas, la brutalidad policial y contra el despilfarro en la copa del mundo, ante las cuales el gobierno del PT no supo reaccionar. Nos encontramos entonces que el gobierno no sabe reaccionar ante manifestaciones de izquierda, después gana las elecciones por muy poco, después recibe advertencias de los organismos internacionales y nombra un gabinete empresarial y hace el ajuste. Es un clima desolador, que nos tiene que hacer reflexionar sobre hasta qué punto estamos ante gobiernos democráticos, justo ahora que estamos discutiendo en Uruguay sobre un ajuste económico. Uno puede ver que hasta cierto punto, hay una intención de que no lo paguen los más desfavorecidos, hay ciertos impuestos al capital, se toca la caja militar, aspectos con los cuales la gente de izquierda podría estar de acuerdo, aunque no se toca lo suficiente al capital y se grava al trabajo. Lo que está claro es que no hay tanta plata como antes y las calificadoras de riesgos, que son las que dicen en qué país invertir y en cuáles no, están amenazando con que hay deuda, y por lo tanto las inversiones son riesgosas, y los países se ven presionados a hacer los ajustes. Vamos a tener entonces una disputa sobre quién lo va a pagar, pero más allá de eso, que será motivo de debate, lo que tenemos que reflexionar es quien gobierna realmente, si el capital tiene este poder de chantaje sobre los estados. Podemos tener un estado con elecciones limpias, partidos políticos, pero si en última instancia, lo que importa es quien otorga más beneficios a los inversores, los países harán cosas más o menos parecidas”.

No todo está perdido

“Para no ser pesimistas, hay cosas que se pueden hacer”, opinó Delacoste, “en primer lugar apostar por la integración regional, cuanto más los países se agrupen entre si, más van a poder actuar juntos contra estas empresas multinacionales. Lamentablemente se ha avanzado bastante poco. Hubo creación de institucionalidad, pero no integración productiva ni jurídica tal, que hiciera difícil a las empresas trasnacionales imponer condiciones a los distintos países. Y no ocurrió pese a tener una excelente oportunidad. Se debe seguir apostando a eso, aunque el clima sea menos favorable”. En segundo lugar, dijo, “se puede apostar a formas de internacionalización de la lucha. Es decir, si los países tuvieran estándares de regulación y salarios más parecidos, las trasnacionales tendrían menos posibilidades de imponer condiciones”. “En tercer lugar, hay que evitar que la cosa siga empeorando, como con el TISA, el Tratado Traspacífico, el tratado entre Estados Unidos y la Unión Europea, que dificultan la regulación de algunos sectores de la economía, hacen difícil la creación de empresas públicas, dan muchas garantías a la propiedad intelectual, y como es un tratado internacional, tiene un status superior al de la ley local. Y por último, la organización popular” concluyó