Escribe Salomón Reyes
@valdegul
Hace unos días, en el Teatro Dell’ Opera de Roma, se estrenó una versión renovada de La Traviata, de Giuseppe Verdi. Con la dirección escénica de Sofía Cóppola, la conocida cineasta e hija de Francis Ford Coppola y, el diseño de vestuario del célebre diseñador de alta costura, Valentino, que además fue el alma instigadora e inspiradora del proyecto. Durante la conferencia de prensa, el responsable de la producción dijo más o menos estas palabras -Esta producción absolutamente excepcional, ha costado un poco menos de un millón novecientos mil euros. La temporada ocurrió del 25 al 30 de mayo y aunque el público haya agotado las entradas en esas 6 funciones, la plata recaudada jamás cubriría el costo de la producción. Entonces, ¿Qué pasa? ¿El arte es una inversión perdida?
Unas semana antes, en una entrevista para la televisión, Daniela Bouret directora del Teatro Solís, reconocía, para sorpresa de muchos, que no tenía un presupuesto para programación y que el ingreso por taquilla no lograba sostener la programación que el teatro requiere. Dijo también que las grandes producciones se financian a través de la Fundación de Amigos del Teatro Solís, que a su vez permite abrir las puertas del patrocinio privado. Es decir, el arte sigue dando pérdida.
Así llegamos hasta el Teatro Florencio Sánchez y al Teatro Larrañaga de Salto. ¿Cómo anda el presupuesto de esos teatros para su programación artística? ¿Cómo consiguen su financiamiento para los proyectos de arte mayor? No se rían por favor, estamos hablando en serio.
Nuestras sociedades políticas no consideran al teatro principal, en términos generales, como el vértice creativo de la sociedad ni como el centro neurálgico de la producción artística de la ciudad. No lo ven como el promotor esencial de la identidad cultural, por lo tanto, su función social queda relegada a, un gran inmueble que de vez en vez genera unos ‘mangos’ a través de su renta o de receptáculo de eventos variopintos que le dan un uso menor al espacio, al que en realidad merece.
Los gobiernos departamentales presupuestan: sueldos de funcionarios, gastos de mantenimiento, difusión y alguna otra necesidad pero no existe un presupuesto específico para la programación artística de los teatros. Por lo tanto son inexistentes las producciones de gran envergadura, que sean financiadas en su totalidad por el corazón mismo de las Intendencias o por sus estrategias de gestión. Me estoy refiriendo a Operas, Ballet y obras teatrales y conciertos de gran formato.
¿Cómo se consigue entonces tener una programación sólida que permita la regularidad, la propuesta sutil de dirección artística y una dosis de prestigio sin plata, ni patrocinadores que inviertan en esa programación.
En Paysandú, cuando fracasó el plan de tener una directora artística para el Florencio Sánchez, se tuvo que replantear el tema de cómo llevar a cabo una programación real sin alguien que lo encaminara. Se tardaron sí, porque hubo que acomodar un montón de cosas y atender urgencias que se venían encima y así, echando mano de lo que había y de ofrecimientos concretos se logró darle forma a una programación que al menos es una forma de empezar. Es endeble sí, porque como ya pasó con el Ballet del SODRE, que canceló su presentación, depende de la buena voluntad de los socios y como no existe la plata para garantizarla, puede caerse en cualquier momento. Pero esto pasa hasta en los teatros de mayor prestigio. Sin embargo el intento es valioso, hay un interés por darle un toque de arte mayor a ese teatro que lo pide a gritos.
En Salto hay un camino distinto. Semanas atrás la Ministra María Julia Muñoz soltó una bomba a los dirigentes locales. Los instó a crear la Fundación de Amigos del Teatro Larrañaga, a imagen y semejanza de los que operan para el Solís y el Florencio Sánchez. Argumentó que a través de ellos, los privados pasarían a financiar algunas de las actividades del teatro. La idea no cayó bien quizá porque se esperaba un apoyo más específico de la Ministra o porque la situación política social del departamento no está para bollos. No obstante, en el Teatro Larrañaga han ocurrido milagros. Se ha visto, hacer uso de él, a los grupos y colectivos de teatro locales, con un éxito inusitado. Apostar por los artistas locales es una buena inversión. Están ahí, no hay que importarlos y si tienen un espacio de creación, tarde o temprano volarán. Por otro lado, la Intendencia supo mantener en el teatro a un grupo de funcionarios con características singulares. Más allá de quejas e inconformidades estos empleados son entusiastas de la programación. Son hinchas de que ocurran buenas cosas sobre las tablas y han convertido el teatro en un territorio amigo. Los que hemos andado un poco, sabemos lo importante que es tener a los técnicos de tu lado. Son capaces hasta de vender las entradas y ofrecer los espectáculos a quien se acerca, con tal de verlo lleno. Una joyita.
Hay mucho por hacer en beneficio de nuestros teatros y por el arte mismo. Faltará seguir conviviendo con obras comerciales, que derraman algunos pesos sobre el escaso presupuesto. Faltará que los gobiernos comprendan la seriedad de destinar un presupuesto para la producción y programación artística. Faltará motivar a privados para figurar como patrocinadores del arte y, faltará también que exploten las grandes ideas sobre sus escenarios.
Estamos lejos del millón novecientos mil euros de La Traviata en Roma pero no tanto del espíritu colaborativo que mueve montañas. El arte no da plata, lo sabemos, pero te aleja de la mezquindad y la mediocridad y nos otorga sin costo, un brillo tenue de humana felicidad. Eso… ¿cuánto vale en votos?
Foto de Caras y Caretas