Vivir en alerta. Publicado en 20Once edición papel
Tres millones de meteorólogos
Escribe Mariannina Álvarez
El 3 de enero un temporal azotó algunas zonas de Montevideo. En el trayecto desde la entrada de la ciudad hasta Tres Cruces no había evidencia alguna del paso de la tormenta, que había tenido su pico unas cuatro horas antes. A partir del obelisco, en cambio, circulando por Bulevar Artigas, los árboles caídos impedían el tránsito y obligaban a un desvío rumbo al centro. Hubo barrios en los que el viento ni se notó, y los vecinos se enteraron de los destrozos por las imágenes que a esa altura ya invadían las redes sociales, especialmente la del baño químico desplazándose a contra corriente por la rambla sur.
Desde que las alertas se hicieron habituales Uruguay pasó a tener, además de tres millones de directores técnicos, otro tanto de meteorólogos. Los errores cometidos desde la postergada (presupuestalmente) Dirección de Meteorología, sustituida en 2013 por el Instituto Uruguayo de Meteorología (INUMET), abonaron el terreno para que un ejército de opinólogos copara los espacios de discusión pública, abundando en las diferencias entre tornados, turbonadas, vientos fuertes, tormentas, entre otros conceptos y colores.
El primer martes del año fue la excusa ideal para sacar a relucir al experto en meteorología que todos llevamos dentro. La increíble impericia de la presidenta del organismo, Madeline Renom, a la hora de explicar a la prensa lo sucedido, contribuyó a aumentar la confusión.
Antes siquiera de interesarse por la entidad de los perjuicios ocasionados, comenzaron los cuestionamientos por no haberse establecido una alerta roja. La jerarca explicó que no existían elementos que permitieran anticipar la furia del viento en algunos puntos de la capital del país, y que una vez constatada la misma, se demoró el cambio en el color del alerta durante 10 minutos debido a “un error humano”. ¿Qué hubiera cambiado en 10 minutos? Se preguntó en su perfil de Facebook el columnista de La Diaria Guillermo Lamolle. La respuesta lógica es que nada, pero a esa altura la furia crítica estaba desatada. La gran mayoría de los comentaristas no repararon en que el error indicado por la meteoróloga no se refería al grado de alerta, sino a esos minutos en que se tardó en corregirla. Esa frase sacada de contexto del resto de su alocución, sumado al hecho que la gran mayoría de los internautas opinan solo en base a titulares de noticias, volvió inútiles las aclaraciones posteriores. De nada sirvió que Metsul, el servicio meteorológico brasileño de referencia en nuestro país, respaldara lo actuado por el INUMET, y sostuviera que hubiera dicho exactamente lo mismo en sus predicciones para esta zona del mundo. También desde la oposición política se subieron con gusto al carro de los cuestionamientos.
Al asumir Renom en diciembre pasado al frente del INUMET, se destacó que por primera vez alguien de profesión meteorólogo ocuparía el máximo cargo del organismo. Dado el actual contexto político y mediático, deberá agregar a su labor algún talento para la comunicación, o delegar esa tarea en algún integrante del área de Relaciones Públicas que figura en la web del organismo. Aunque no convenga añadir tensión en un tema de por si candente, su aire despreocupado al explicar lo acontecido ese tres de enero no ayudó a apaciguar los ánimos. Según informó El Observador una semana atrás, “uno de los debates internos del organismo es que, según sostienen ellos, los errores en los pronósticos son cada vez menos frecuentes, pero al mismo tiempo sus fallas son más notorias debido justamente a los errores de comunicación”, por lo que se emprenderán reformas en ese rubro. Hay un elemento más que obliga a extremar cuidados a la hora de divulgar advertencias a la población. Según la norma que creó el INUMET -que contó con el apoyo de todos los partidos- el organismo estatal es el único autorizado a emitir las alertas, lo que es común en otras partes del mundo. El licenciado en Ciencias Meteorológicas Mario Cafera, quien cursó estudios en Bélgica y en Argentina, defendió este modelo. “La ley establece algo que es norma en todos los países: para fenómenos peligrosos tiene que haber una sola voz. Eso de según fulanito o menganito solo pasa en Uruguay”. El profesional fue muy crítico con los especialistas privados que difunden sus pronósticos, por considerar que han banalizado y transformado el servicio en una cuestión casi que de fe. El especialista consideró que pese a las “paupérrimas” condiciones del organismo oficial, éste cuenta con mejores recursos que cualquier privado.
En definitiva, ahora ya no basta con vivir con miedo a la delincuencia. El clima se sumó a la inseguridad pública como elemento de tensión a la vida cotidiana, ya de por si castigada por los constantes pronósticos sombríos en materia económica (a propósito, éstos tampoco se cumplieron en 2016).
Observar el mapa y el color del departamento se volvió habitual, y un insumo más a la hora de evaluar si abrirán sus puertas los centros educativos y funcionarán normalmente las oficinas públicas. Y todo en medio de una campaña electoral anticipada, con un gobierno cuya popularidad no termina de desplomarse del todo como ansía la oposición, ni despega lo suficiente para tranquilidad del oficialismo. Por unos días al menos, Bonomi ya no fue el blanco preferido, relegado por la presidenta de una dependencia estatal hasta hace unos años ignorada por los comunicadores y la ciudadanía. El Secretario de Estado volvió a ser noticia unos días después, pero no por el aumento de la delincuencia, sino por el disgusto que produjo en sus adversarios las noticias sobre la caída en algunos delitos. Un malestar que se asemeja al que invade por estos días a ciertos sectores, ante las imágenes que dan cuenta de una temporada turística exitosa. Ofuscados por los índices records de ocupación hotelera e ingreso de visitantes al país, prefieren confiar en que una especie de profecía auto cumplida, les devolverá la realidad deprimente que difunden.
Es verdad que ya no habitamos un país con suave clima templado, y que aumentaron los riesgos de dejar nuestra casa deshabitada, pero estamos lejos de los tsunamis que han hostigado a Chile, y de la violencia desenfrenada que impera en América Central, pese al relato que pregonan medios de comunicación cada vez más sensacionalistas, y asume una opinión pública cada vez más crédula y desinformada.
