Los 25 años del complejo Irene Sosa fueron un pretexto para festejar y para recordar a una de las grandes docentes que tuvo la natación de Paysandú.

Si Paysandú fue el rey de la natación en su momento fue, entre otras razones porque hubo docentes de enorme valía que marcaron el camino. Empezando por Wilfredo Raymondo, destacado en remo y en natación. La “Negra” Sosa fue otra de las elegidas.

Felipe Vidal, figura importantísima, el alumno “10”  de Raymondo como alguno vez dijo Julio César Damico, la recordó de la siguiente manera.

La “NEGRA SOSA”, así la llamábamos. La conocí en aquel verano de 1962, mis padres me inscribieron en la temporada de verano y debía aprender a nadar. Las tardes en las planchadas del CRP sobresalía la imagen de aquella profesora de malla de baño verde claro, algo que el sol se había encargado de atenuar su color y además con su sombrero de playa color blanco, mayormente con un flotador de aluminio en la mano.
Irene fue una persona muy querida, ella con su cara fijaba sus ojos, conocedora y de hacerte la pregunta de rigor ¿Qué haces acá, vienes a perder el miedo al agua? Nos decía, ella mismo nos respondía, te voy a enseñar a nadar.
Cosa que muchos sanduceros o quién viniera a sus clases, saldría nadando uno o más estilos perfecto.
Si la calidad de nadar lindo, fuera un don, ese gran detalle le pertenecía a Irene Sosa.

Sus clases en el horario de la tarde a tardecita, la recepción en la Sala de Botes, sus anotaciones en su libreta, ahí estaba todo su historial de nadadores, que luego surtían al plantel de natación y a los logros deportivos del Club Remeros y de todo Paysandú.

Irene formaba la fila de alumnos, donde se destacaba el mascar de su pequeño chicle y su rico perfume, con todos los chicos portadores del viejo
Flotador de aluminio atado a la cintura, donde la excepción era aquel ya mayor, que lo llevaba en su mano, quedaba medio ridículo tremendo hombre o mujer con ese aparatito detrás, y con aquellas tablas de madera, ya mojadas eran muy pesadas.
La rampa era el acceso a la planchada, la familia desde la arena y otros escondidos en las sombras de los árboles, o en el edificio del club observando el orden y la fila que ingresaba a la planchada. Así sucedieron los años, hasta finalizar mis estudios liceales en 1968 y perteneciente al plantel de natación del Profesor Wilfredo Raymondo me invitó a acompañar a Irene en la propuesta de auxiliar sus clases ya muy numerosas…
El río era hermoso, sus transparentes aguas, a pesar de la zafra remolachera que agotaba sus sobrantes al río, colillas y el aroma de la fábrica, pero lo que más anhelamos era el rato libre para jugar entre aquellos tanques enormes, mientras Irene meta silbato, donde nos sacaba de una y quedarnos expuestos a aquel sol sano, merecedores de alguna penitencia!!!
En el año 1970 vino la piscina cerrada y ahí emigramos todos…
Irene también, confieso que no le gustaba el olor a cloro!!!

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