En Nueva York, una de las ciudades más ricas del mundo, con los centros de investigación más avanzados en ciencia médica hay carencias básicas como alcohol, máscaras o respiradores.

Escribe Óscar Geymonat

A los ciudadanos de a pie las cifras globales se nos escapan. Uno, dos y hasta tres ceros a los millones de dólares o euros que nos revolotean todos los días como “información” en concepto de transferencias, suplementos presupuestarios de los países, pérdidas por parálisis de las actividades económicas en cualquier lugar del mundo, no nos agregan ni nos quitan nada a la hora de entender dónde estamos, en todo caso por qué y si pudiéramos, tener alguna pista de hacia dónde vamos.

Las claves de interpretación de la realidad suelen estar más al alcance de la vista. “Vos acordate que muchas veces menos es más”, me dijo quien me ayudaba a poner algunas plantas en el jardín. “El sentido, la armonía y la belleza que es lo que buscás en este caso, no está en la cantidad sino en el lugar apropiado de cada planta para que cada una aporte al conjunto. Vos acordate que muchas veces menos es más.” Y por lo tanto infiero que más, muchas veces es menos. La ecuación no sólo a la jardinería se aplica, a la información seguro que también y claramente. Las cifras se nos escapan, son más, son demasiadas, las claves para entender la realidad son menos, a veces muy pocas, sólo las necesarias.

En agosto del año pasado un grupo de diez estudiantes de la Universidad Cristiana de Abilene en Texas, visitó el Hogar para Ancianos de Colonia Valdense mientras hacía una pasantía de seis semanas en la Universidad Católica del Uruguay (UCUDAL). En el ratito de conversación que tuvimos le pregunté si algo en especial les había llamado la atención en relación a su especialidad. Una de las chicas contestó de sobrepique: “que el acceso a la salud en Uruguay es universal”. Y siguió un poquito. “En Estados Unidos no existe la salud pública, es toda privada y muy cara”. (1) Ahora, en plena expansión del coronavirus, nos dicen que decenas de millones de personas carecen de seguridad social o disponen de una seguridad social débil e ineficaz. En Nueva York, una de las ciudades más ricas del mundo, con los centros de investigación más avanzados en ciencia médica hay carencias básicas como alcohol, máscaras o respiradores. Como uruguayo debo reconocer que durante años hubo en nuestro país políticas de estado que pusieron el acento en la extensión y el mejoramiento del acceso de toda la población a los sistemas de salud. Sería necio no reconocerlo más allá por supuesto de saber también que todo sistema es siempre perfectible e incluso de que el enfoque del tratamiento de la salud pueda ser discutido desde lo conceptual y está muy bien que así lo sea. El crecimiento se da siempre a partir de la mirada crítica y el cuestionamiento de lo conocido.

Estados Unidos tiene el ejército más poderoso y omnipresente del planeta y uno de los sistemas de salud pública más precarios del mundo. Es claro el criterio a la hora de establecer prioridades. “Allí donde está tu tesoro está tu corazón”, enunciado tan antiguo como el evangélico sermón del Monte pero al que la historia reafirma. Dicho así quizás suene hasta demasiado simple. O tal vez sea que despejadas esas cifras exponenciales que de tan impresionantes no nos dicen nada y las mil imágenes que valen menos que una palabra, la realidad aparece más cercana. Se cumple el axioma de la jardinería “menos, es más”. Lo que algunas informaciones vienen revelando es que aquellos países como Italia y España, que han sufrido más intensamente los efectos mortales de esta pandemia, fueron los que en los últimos años descuidaron, los sistemas de salud pública. Y que ambas variables se den juntas no es casualidad.

Parece claro que ninguna realidad nueva vino a revelar este virus; en todo caso a mostrar con mayor claridad lo evidente, una civilización destructiva, que pone su mayor esfuerzo en la generación de riqueza a cualquier costo para distribuirla cada vez peor; más empeñada en matar para dominar que en la búsqueda del bien común. Y además ratificar una vez más que “el hilo se corta por lo más fino”.

El virus no distingue al refugiado del ciudadano ilustre ni al “sin tierra” del terrateniente, en ese sentido es democrático. No son democráticas las condiciones sociales. No es lo mismo la cuarentena en un asentamiento precario que en barrio privado. No es lo mismo la higiene con acceso a todos los servicios que con una canilla barrial de agua potable. No es lo mismo un organismo bien alimentado que uno desnutrido. Y todo eso ni es nuevo ni le compete al Covid19.

No sé cuánto aprenderemos de todo esto. El ser humano es un alumno de aprendizaje lento, trabajoso y además desmemoriado, a tal punto que alguien ha dicho que la Historia es una gran maestra de la cual nunca aprendemos nada. Mientras nos dure el chispazo de luz, aprovechemos a mirar dónde tienen que estar los mayores esfuerzos de una sociedad, cuál es su mayor fortaleza y cuáles sus irresponsables debilidades. Mañana será otro el virus con el que tendremos que convivir. Y tampoco de él será la culpa de lo que nos pase, sino de lo que hicimos para que pasara.

  • “Cuestión de fe” n.122 agosto de 2019