Por Horacio R. Brum

Los gobiernos de Mauricio Macri, Sebastián Piñera y Donald Trump, han demostrado el fracaso del presidente-empresario, un personaje que irrumpió en la política contemporánea cuando se derrumbaron todas las certezas ideológicas. Con sus imágenes de aparente éxito financiero encantaron a las masas desorientadas, hablando de levantar su país, de renovar la política y de crear oportunidades para todos en el paraíso consumista que reemplazó al nunca alcanzado paraíso socialista. Los camaradas, los compañeros, los compatriotas o los correligionarios pasaron a ser “la gente” en su lenguaje y algunos gurúes de la nueva era inventaron el “ciudadano-consumidor”, que según ellos no ve la política con otra óptica que la del acceso a todos los placeres y supuestas ventajas de la modernidad.

Junto con los presidentes-empresarios llegaron los “técnicos”, unos profesionales provenientes casi siempre del mundo irreal de las teorías económicas, que también dicen no tener nada que ver con la política tradicional -la vieja política, suelen llamarla-, y miden los sentimientos e intereses de “la gente” con encuestas y planillas de cálculo. En el caso de nuestros países, generalmente se han formado en las universidades privadas de elite o si pasaron por las públicas, pronto se fueron al extranjero para darse baños de economía capitalista en Harvard o Chicago. Al regresar, establecieron centros de estudios y fundaciones, bien financiados desde el extranjero o por las grandes empresas, para analizar una realidad nacional que nunca han visto con los ojos del ciudadano común y corriente.

Chile compite con Brasil y Estados Unidos por los primeros puestos de contagios de coronavirus en la región y está pasando por un desastre social, porque durante tres décadas la influencia de los “técnicos” mantuvo el legado neoliberal de la dictadura. Ya antes del golpe de 1973 estos personajes habían preparado el diseño del futuro del país, escrito en un documento que, por su gran número de páginas, se conoció como “El Ladrillo”. Con esa guía, la dictadura privatizó todo lo privatizable, debilitó los derechos de los trabajadores y aumentó los beneficios para los empresarios; la consigna era hacer a Chile “competitivo” en el mundo, para atraer a los capitales multinacionales.

Todo quedó tan atado y bien atado (una frase de Francisco Franco, el dictador español modelo de Pinochet), que los políticos de la democracia resolvieron mantener el modelo económico con algunos retoques, para evitar un choque mayor con la poderosa derecha empresarial. El mejor invento de los “técnicos”, dirigidos por José Piñera, hermano del actual presidente y ministro del régimen militar, fueron las jubilaciones privadas, con las cuales se eliminó el sistema estatal y se hizo recaer sobre los trabajadores todos los aportes previsionales. Hoy las empresas privadas administradoras de fondos de pensiones (AFP), manejan unos 200.000 millones de dólares, que en parte se invierten, sin consulta a los aportantes, en los conglomerados empresariales chilenos.

Con el respaldo de varios presidentes progresistas, los “técnicos” de Chile crearon una democracia del consumo, en la que todo se conseguía a crédito y por todo se pagaba. Así pudieron poner en sus planillas que la pobreza había bajado más de 30% en diez años y que el 60% de los chilenos pertenecían a la clase media, pero más allá de sus escritorios lo que se veía era una clase media endeudada, que al perder el trabajo lo perdía todo, y un gran sector de la población (alrededor del 40%, el doble de los habitantes de Uruguay) que dependía de las ayudas estatales para no caer en la extrema pobreza y no se contaba como estadísticamente pobre.

Un día de octubre de 2019, un grupo de “técnicos” decidió que el boleto del ferrocarril subterráneo, el Metro, de Santiago, debía aumentar en treinta pesos, menos de cinco centavos de dólar. Ínfima suma para el sueldo que ellos ganaban, o para un director de empresas, como el presidente del privado Banco de Chile, que ese año recibió 170.000 dólares mensuales. Para el presupuesto de los millones de trabajadores cuyo ingreso apenas pasaba de los 500 dólares, esa era una carga considerable. “No son 30 pesos, son 30 años”, repitieron una y otra vez las paredes, cuando las barricadas comenzaron a arder, en un alzamiento popular que destruyó en pocas semanas la imagen del Chile ejemplar tan bien vendida al extranjero.

Le tomó su tiempo al presidente-empresario Sebastián Piñera y sus “técnicos” de la salud darse cuenta de que, en los barrios pobres de Santiago y otras ciudades, quien no salía a la calle no trabajaba y si no trabajaba, pasaba hambre.

Los “técnicos” se declararon sorprendidos por el estallido social y dijeron que se debía a que la prosperidad nacional había aumentado las expectativas de la gente, y por eso exigía más calidad de vida, pero mientras veían cómo calmar los ánimos sin alterar el modelo económico, llegó el coronavirus. La pandemia entró por los barrios elegantes donde viven ellos, traída por la minoría próspera que viajaba a Europa, y cuando el virus fue transportado a las zonas pobres por los numerosos sirvientes que les facilitan la vida, la solución imaginada en los cómodos y seguros despachos del gobierno fue poner a esos sectores bajo cuarentena total, con medias altamente represivas para quienes intentaran salir a la calle. Le tomó su tiempo al presidente-empresario Sebastián Piñera y sus “técnicos” de la salud darse cuenta de que, en los barrios pobres de Santiago y otras ciudades, quien no salía a la calle no trabajaba y si no trabajaba, pasaba hambre. Los cuatro millones de cajas de alimentos que hasta ahora han tenido que repartir las autoridades dan cuenta del error de cálculo de los “técnicos”. Un error en el que insistieron en las últimas semanas, para tratar de derribar el proyecto de ley presentado por la oposición, para que los trabajadores puedan retirar el 10% de sus ahorros previsionales, como ayuda económica durante la emergencia sanitaria. El proyecto fue aprobado, incluso con algunos votos de la coalición de Piñera y son cientos de miles las personas que, con o sin miedo al virus, están haciendo fila en las AFP.

“Los gobiernos de la democracia chilena fueron los que integraron al país al mundo, fueron los que hicieron políticas sociales activas que redujeron brutalmente la pobreza, y que van camino a reducir la desigualdad en Chile

Ese es el país que en Chile han construido los “técnicos” y que muchos admiraban desde afuera, como este “técnico” uruguayo que dijo en una entrevista periodística de 2015: “Los gobiernos de la democracia chilena fueron los que integraron al país al mundo, fueron los que hicieron políticas sociales activas que redujeron brutalmente la pobreza, y que van camino a reducir la desigualdad en Chile…Chile en la próxima generación nos va a caminar por arriba”. El entrevistado se llamaba Ernesto Talvi, un “técnico” que al parecer está desapareciendo del radar político uruguayo, junto con Edgardo Novick, antiguo aspirante a presidente-empresario. Todavía queda por ahí un senador, pero con un poco de suerte, el ejemplo de Chile no nos va a caminar por arriba.