Escribe Margarita Heinzen

Para conmemorar el N° 400 de 20Once, me pidieron que escribiera un artículo sobre mi visión de futuro. Menudo desafío, en tanto atravesamos una situación, que ni el más experto de los analistas podía vislumbrar ocho meses atrás. Difícil tarea la que emprendo, entonces, con la alegría de contribuir a que un medio de prensa independiente mantenga su vigencia y sus lectores en tiempos tan difíciles.

Cada vez más, nuestro futuro como país está vinculado con el destino planetario. Si alguna vez pensamos que había un camino nacional excluyente, hace tiempo sabemos, y desde la pandemia vivimos, que el planeta nos ha quedado chico y que lo estamos terminando.

De los desafíos que enfrentaremos post pandemia, destaco, como amenaza, el retroceso de la democracia a escala mundial. Varias son las voces que desde hace tiempo nos alertan sobre esto. ¿Y por qué importa? Porque por ahora no ha aparecido otro sistema que garantice la posibilidad de llegar a ser una sociedad de iguales.

No es el objetivo de este artículo hacer un análisis exhaustivo de esta afirmación, sino realizar un punteo sobre algunos fenómenos que se expanden en nuestra sociedad y que amenazan nuestra democracia. El sociólogo Manuel Castells, ya en 2017, señalaba la profunda crisis de la democracia liberal. Entre otros elementos que contribuían a este deterioro señalaba la precariedad laboral y los salarios de pobreza, que agudizan la crisis económica y generan salidas individuales, como el narcotráfico, que fractura la convivencia, alimenta el miedo y avanza en anteponer la seguridad a la libertad. A esto se suma la crisis ambiental, el aumento de la violencia contra las mujeres que desafían al patriarcado, la mentira dominando la comunicación en los medios y la intromisión y violencia escudada en el anonimato de las redes. A esto se suma una sociedad sin privacidad en la que somos apenas datos, que les permite a terceros estimular nuestros instintos, desde los más bajos a los más altruistas pero, sobre todo, los más bajos. Todo aquello que aumente las desigualdades erosiona la democracia. La lista podría continuar sin siquiera introducirnos a analizar el sistema político y sus amenazas directas.

El aporte significativo del “ciclo progresista” al país fue recuperar el papel del Estado para que éste volviera a ser “el escudo de los más débiles” e impulsor de cambios en profundidad. Y entiendo que la pandemia está dejando clara la diferencia entre países que tenían herramientas estatales adecuadas y cuáles no para dar rápida respuesta a la población. En Uruguay, el sistema nacional de salud, la alta conectividad y el esfuerzo de la seguridad social durante años han permitido ir campeando el temporal desde el arranque, más allá de lo acertado de la estricta conducción de la crisis sanitaria.

Entre todos los contenidos de la LUC y los anuncios presupuestales del nuevo gobierno, y pensando en el fututo, como nos propuso 20Once, los que más nos preocupan son aquellos referidos a la educación porque entendemos que por ahí pasa la mejora de la calidad material y espiritual de vida de la gente. También pasa por ahí la transformación productiva, porque no hay transformación productiva sin incorporación de conocimiento a los procesos de producción. Según Amsden, el “modo aprendizaje” del desarrollo se basa en la expansión de las capacidades nacionales. Y eso se hace con educación en todos los niveles. Hoy tenemos el mayor número de personas estudiando de la historia del país, a pesar de que quieran imponer el relato de que estamos peor. Esas oportunidades que se le dieron a la gente para estudiar, se lograron porque se asignó presupuesto a la educación pública, que no es condición suficiente, pero sí necesaria. Defender la educación pública es entenderla como un derecho y no como un bien transable a la que acceden sólo los que la pueden pagar. Si se bastardea la educación pública y sólo acceden a una buena educación aquellos de altos ingresos, estamos aumentando la brecha, estamos perdiendo en democracia. Como argumento para defender la educación pública a todos los niveles, podría bastar aquella frase de Varela que figuraba en los boletines de calificaciones de mi época y que decía:

“Los que una vez se han encontrado juntos en los bancos de una escuela, en la que eran iguales, a la que concurrían usando de un mismo derecho, se acostumbran fácilmente a considerarse iguales, a no reconocer más diferencias que las que resultan de las aptitudes y las virtudes de cada uno: y así, la escuela gratuita es el más poderoso instrumento para la práctica de la igualdad democrática”.

Sostener esto en el siglo XXI, aunque sigue estando vigente, no es novedoso. Hoy por hoy la importancia de la educación pública de calidad implica, además, proteger las capacidades nacionales en materia de conocimiento e innovación que, para que sirvan al desarrollo. La crisis sanitaria actual puso de manifiesto el potencial de la investigación nacional para aportar al desarrollo, la que estuvo pronta a dar respuesta porque hace años que se comenzó a formar recursos humanos, se la dotó de estructuras de apoyo como la ANII y se mejoró el acceso a la enseñanza superior en todo el país. Con el conocimiento no podemos ser efectistas y esperar resultados en los tiempos políticos: se necesitan 20 años para formar una camada de científicos. Una vez conformada la cadena son necesarios los relevos y solo en ese momento se aceita el mecanismo de transmisión. Los procesos de creación de conocimiento son lentos y poco vistosos pero hay que recorrerlos para tenerlos disponibles en situaciones de emergencia. Más aún si además pretendemos un destino de desarrollo integral para lo cual debemos desarrollar un pensamiento científico original, comprometido con nuestras realidades, y no uno que simplemente copie las soluciones de la producción científica del Norte.

Respecto a la educación quedan muchos desafíos, pero pretender un futuro asociado al desarrollo sin educación es como pretender construir una casa en un lago con pilotes podridos. Debemos visualizar la educación como un continum que se extiende toda la vida: desde el nivel inicial hasta que todos los jóvenes egresen de secundaria capacitados para incorporarse al mundo del trabajo o para seguir aprendiendo a nivel terciario; y a este nivel, apostar a su generalización, ligada al desempeño laboral, para posteriormente lograr la interacción entre la formación y la investigación e innovación nacional, que si logramos consolidarlas estarán contribuyendo a mejorar la calidad de vida de la población.

Para terminar este pensamiento sobre qué priorizar a futuro para consolidar la democracia, valga aclarar que las experiencias educativas no se restringen al sistema formal y que existen múltiples experiencias exitosas en la economía social y solidaria con capacidades tecnológicas y aprendizajes significativos que habría que imitar y multiplicar, así como tomar en cuenta el potencial innovador de trabajadores públicos y privados que en sus empresas tienden a mejorar las condiciones y calidad del trabajo a través de su participación.