*Por Juan Andrés Pardo

En enero de este año cumplí exactamente seis años de vida en Paysandú. A comienzos de 2014 fue cuando tomé la decisión de mudarme desde la capital del país a esta ciudad apodada “la heroica”.

Por aquellos tiempos, todo lo que aludía a Paysandú, estaba relacionado con el triste episodio de “La casita del parque” que tuvo amplia trascendencia mediática nacional e incluso mundial[1].

No fueron pocos los que al contarles de la inminente mudanza me embromaron con comentarios como: “te vas allá porque es todo joda”, “porque viven de fiestitas”. Otros, no menos ácidos, me apuntaban “qué vas a hacer ahí que no hay nada”, “Paysandú está muerto” u cosas por el estilo.

La gran debilidad de la sociedad sanducera es la dificultad para acordar entre todas las partes el cómo salir adelante.

Es que Paysandú, como el interior en general, está acostumbrado a ser noticia solamente cuando hay tragedias o escándalos. Por estos pagos, se da por hecho que cuando hay inundaciones aparecerán los móviles en vivo de los canales capitalinos transmitiendo desde los escenarios más dantescos y dramáticos posibles.

Raramente (o nunca) la noticia corre cuando se trata de cosas positivas. Sólo existimos cuando pasan hechos deplorables. Y así es como mucha gente compra una realidad deforme y/o construye una idea muy alejada de lo que verdaderamente es. En otras palabras es la “sensación térmica”, como decía acertadamente hace algunos años, la entonces Ministra del Interior Daisy Tourné al referirse a la preocupación ciudadana en materia de seguridad pública.

Una vez, en la feria de Tristán Narvaja, un veterano vendedor de libros me confirmó que Paysandú es el departamento del interior sobre el cual más se ha escrito.

Entre la memoria y el presente, Paysandú tiene potencial para pensar un futuro promisorio y porque no, quizá encontrar allí puntos en común para superar esa especie de grieta profundizada en estos tiempos electorales.

Pero además de las riquezas históricas la realidad es que podría escribir un sinfín de notas sobre cosas buenas que suceden en Paysandú día a día, pero por lo visto, las buenas noticias pagan menos.

Heroica, entre sirenas y bollos a la orilla del Paterno

Muchos uruguayos saben que cuando sube el río, Paysandú es una de las ciudades donde suelen haber evacuaciones por desbordes. Como también bien saben los sanduceros que pese a ser una situación muy desgraciada para muchos pobladores, el fenómeno de las inundaciones es algo ya naturalizado por quienes viven en la ciudad. No puedo decir lo mismo con respecto a si serán tantos los uruguayos que verdaderamente conocen lo que es Paysandú.

En lo personal y como suele ocurrir, me llevó un buen tiempo adaptarme al ritmo de esta ciudad donde hasta el día de hoy no dejan de llamarme la atención el sonido de las sirenas que a las siete de la mañana anuncian el cambio de turno en cada fábrica. Sí, es que aquello del “Paysandú industrial” sigue muy arraigado por estos pagos. Durante mucho tiempo, Paysandú supo ser una ciudad modelo de desarrollo industrial no solo a nivel nacional sino de América, lo que sin dudas fue pieza clave para generar una fuerte identidad (aún vigente) entre la población sanducera y  muy particular, a diferencia de otros departamentos.

En esta ciudad donde todavía me sigo perdiendo cuando me envían a calles que no tienen nombres pero sí números, muchos señalan que se vive de espalda al río, al que llaman “el paterno”. Confirmación de ello es la orientación de algunos bancos ubicados en la zona costera que apuntan hacia la calle y no hacia el “cielo azul que viaja”, a decir de Don Aníbal Sampayo.

El paterno y sus paisajes que también inspiraron a grandes pintores como Jorge Pérez Lynch, Edmundo Prati y Eurípides Bellafont (además escultor) o el reconocido ceramista Alvar Colombo. Qué decir de la cantidad de colectivos teatrales que abundan en la ciudad, desde el grupo Imaginateatro (cuyas algunas de sus obras llegaron incluso a trascender fronteras nacionales) que inundan de arte las tablas del monumental Teatro Florencio Sánchez o el -hace pocos meses inaugurado- Espacio Alfredo Gobbi, ex Cine Astor. Y si de inspiración artística se trata, que decir de los escritores que se gestaron en esta ciudad como Humberto Megget (poeta de la generación del ´45), Luisa Luisi (ensayista y poetisa también destacada educadora y feminista) y un poco más acá en el tiempo, Margarita Heinzen quien ganó Medalla Morosoli de Oro en narrativa, en 2017. Y me quedo corto con la larga lista de artistas que podría nombrar de estos pagos.

No se tampoco realmente cuantos uruguayos sabrán por qué Paysandú es la ciudad heroica. No es poca cosa haber resistido a más de un sitio. En 1811, al inicio de la revolución Oriental la guarnición patriota comandada por Francisco Bicudo, se defendió del ataque perpetrado por tropas portuguesas que invadieron la Banda Oriental, resistiendo el sitio hasta que fue tomada por asalto y sus defensores fueron ejecutados. En diciembre 1846, durante la Guerra Grande, fue sitiada por Fructuoso Rivera. Los defensores bajo las órdenes el español Felipe Argentó, se rindieron tras violentos combates siendo la ciudad tomada y saqueada. Meses después la ciudad fue recuperada por las tropas del gobierno del Cerrito bajo el liderazgo de Ignacio Oribe.

Pero la última de ellas fue la más resonante. En 1864, Venancio Flores organizó una nueva invasión al Uruguay desde Argentina. Luego de varios meses de batallas ganadas, llegó el sitio a lo que era el último bastión del gobierno constitucional presidido por Atanasio Aguirre. La Defensa reunió a unos mil valientes hombres y mujeres bajo el mando de Leandro Gómez. Durante 33 días soportaron el asedio de tropas floristas más sus aliados argentinos y brasileros, hasta la caída final el 2 de enero de 1865. El hecho, si bien no trasciende en programas escolares ni liceales, fue sin dudas muy importante para la historia de Paysandú pero también del Uruguay y la región, ya que es considerado por varios historiadores sudamericanos como el preámbulo de la Guerra del Paraguay.

La resistencia está en los genes de las sanduceras y los sanduceros que un siglo después hicieron frente a la dictadura militar siendo el movimiento sindical local, actor clave en la huelga general de 1973, confirmando así la identidad obrera sobre la que se forjó la ciudad. No es casualidad que unos años después, en el plebiscito de 1980 haya sido el departamento con mayor cantidad de ciudadanos (65%) que se expresaron por el No, a la reforma planificada por la tiranía.

Con respecto a lo que es la ciudad por su historia y su cultura hay mucho para contar, pero como ocurre con casi toda ciudad del interior, difícilmente trascienda en los medios y por ende no sea de conocimiento para la mayoría de los uruguayos. Pero sobre todo, destaco el espíritu de lucha y resistencia y me animo a decir en tal sentido que a Paysandú se la puede ubicar en el panorama nacional como una ciudad de referencia en la materia. Creo también que hay muchos sanduceros que desconocen su propia historia.

Esto también es Paysandú

Pero al igual que en otras ciudades, no todo es color de rosa.

Durante la inauguración de obras de urbanización en el barrio Delpero en abril de 2017, el intendente Guillermo Caraballo se refería la actitud que existe en algunos sectores de la sociedad sanducera: “hay veces en que nos quejamos de todo, cuando parece que no hay nada bueno, cuando nos gana el gataflorismo; estas prácticas nos complican como sociedad en tanto que termina desgastada de tanta queja”.

Lo que Caraballo planteó en aquella ocasión no está nada alejado de la realidad sanducera. De hecho, posiblemente el gataflorismo sea una práctica ejercida por miles de uruguayos.

En Paysandú viven unas 90 mil personas lo que significa el 75% de la población de todo el departamento. No hay que olvidar que en la capital es además donde se concentra la mayor parte de los votos, por lo cual gataflorismo “oh casualidad” reflota con mayor fuerza en estos tiempos electorales.

Por otro lado, como ya fue dicho, la cultura obrera que se forjó durante décadas en la ciudad es lo que marca la idiosincrasia local, aunque eso también contrae una lógica nostálgica que dificulta mirar hacia adelante. Todavía hay sanduceros que se están preguntando qué hacer luego de haber vivido años de gran prosperidad a partir de las chimeneas y fábricas que abundaron a lo largo y ancho de la ciudad, muchas de ellas devenidas hoy en edificios abandonados o que fueron derrumbados para dar lugar a nuevas obras.

Hay quienes permanecen atados al “pasado glorioso” y que mantiene la incertidumbre de no saber hacia dónde ir. En diciembre 2016, a partir de un proyecto titulado “El Paysandú que queremos” (ejecutado por la Intendencia) se realizaron algunos foros ciudadanos con participación de unas 250 personas que debatieron sobre el desarrollo estratégico de la ciudad, partiendo de una pregunta básica “Hacia donde debe ir Paysandú”. El turismo y la cultura fueron los tópicos más mencionados en aquella ocasión. Sin embargo, los esfuerzos han devenido en algunos proyectos puntuales llevados a cabo por el gobierno departamental pero aún aparece lejana la posibilidad de lograr un consenso social en cuanto a trabajar pensando estratégicamente el futuro de la ciudad y el departamento.

Por tanto, la gran debilidad de la sociedad sanducera es la dificultad para acordar entre todas las partes el cómo salir adelante. Algunos actores políticos hablan de la necesidad de buscar el diálogo social, más en estos momentos de emergencia sanitaria que han dificultado la calidad de vida a miles de habitantes. Pero por el momento la propuesta ha quedado en el aire y no ha permeado en la sociedad.

Muy lejanos aparecen también aquellos tiempos donde emprendedores locales apostaban en grande dando paso al ingenio industrial tales como Azucarlito, Norteña, Paycueros, Paylana y Pili. Si bien algunos de estos emprendimientos hoy están en quiebra o ya no existen, en su momento significaron la fuente de ingresos de miles de familias sanduceras.

Todavía en Paysandú son muchos los que siguen paralizados “mirando la foto” y sin dudas el gataflorismo está fuertemente ligado a ello. Lo que era el motor principal de desarrollo para el departamento comenzó a decaer en las décadas del ´60 y ´70, pero hay quienes aún no quieren (o se niegan)dejar atrás aquellos prósperos años que significaron no solo la base económica para la mayoría de las familias de Paysandú.

Hay una suerte de dilema planteado entre quienes miran al pasado y viven comparándose con los demás[2] con quienes son más optimistas y perciben en el polo universitario (creciente en los últimos años), las tecnologías de información, el turismo, la cultura, la actividad portuaria y el sector agroindustrial, los sectores fundamentales para impulsar el desarrollo del departamento.

Es un dilema que cierta medida se plantea en términos ideológicos y políticos, por eso cada tanto la mezquindad pulula. Entonces en vez de apostar en serio aldiálogo social, aparecen los culebrones con agravios, acusaciones y denuncias cruzadas, telenovelas (potenciadas durante la emergencia sanitaria a nivel de redes sociales). A manera de ejemplo, cuando hace unos meses un guardia de seguridad en un shopping céntrico asfixió hasta la muerte a un ladrón de motos, muchos se manifestaron indignados en las redes. Pero otros tantos más, aplaudieron la actitud de los guardias. La misma situación ocurrió cuando recientemente un comunicador radial defendió la militancia pro-vida en una conferencia de prensa del Presidente de la República, generando la indignación del colectivo feminista sanducero que al otro día realizó un escrache en la puerta de la radio. Sin embargo, en las redes sociales hubo un grupo importante de sanduceros que se manifestó -incluso en algunos casos con un grado de virulencia inusitado- en contra de la actitud de dicho colectivo.

¿Cómo lograr sentar en una mesa a un pastor devenido en periodista pro-vida con una militante feminista? ¿Cómo poner a debatir a un alcalde homofóbico[3] con un militante LGBTI?

Entre el pasado de gloria industrial, de luchas y resistencias y la nueva realidad-normalidad por la cual atraviesa la ciudad y el departamento, sus habitantes deberán llegar a un punto de encuentro para poder caminar hacia el futuro.

Es cierto que todavía hay escenas de “otros tiempos” que incluso, a quienes no nos criamos aquí, nos impactan en cierto grado. Son las viejas fábricas que recuerdan una etapa a la cual ya no habrá retorno. Postales que dependen del ojo con que se quieran mirar: si es exclusivamente desde la nostalgia, será para vivir del pasado; pero si se recuerdan y se apropian como símbolo de identidad, sin dudas pueden incentivar a caminar hacia adelante.

Entre la memoria y el presente, Paysandú tiene potencial para pensar un futuro promisorio y porque no, quizá encontrar allí puntos en común para superar esa especie de grieta profundizada en estos tiempos electorales. Si es por lucha y resistencia, los sanduceros apelando a su propia memoria como pueblo pueden salir adelante.  Ya lo decía Mario Benedetti: “el olvido está tan lleno de memoria, que a veces no caben las remembranzas y hay que tirar rencores por la borda”.

[1] Episodio de conocimiento público relacionado con drogas, alcohol, abuso sexual de menores, en el cual estuvo implicado y fue procesado (entre otras personas) el entonces Secretario General de la Intendencia, Horacio De los Santos. Aún recuerdo por estos días publicaciones como la del diario El mundo de España titulado “El Berlusconi uruguayo”.

[2] Desde mi llegada a Paysandú creo que no ha pasado un día en que no he escuchado algún sanducero decir por ejemplo que en Colón (ciudad fronteriza argentina) “trabajan mucho mejor con el turismo” y que en “Paysandú no se hace nada”, cuando en realidad ellos mismos son parte de ese Paysandú al que critican.

[3] La referencia es hacia el alcalde de Porvenir, Ramiro Ayende, quien en su Facebook personal aludió irónicamente a la instalación de una bandera LGBTI en la fachada del Palacio Municipal con motivo del celebrarse el “Día Internacional del Orgullo LGBTI”.