MARGARITA HEINZEN

Cuando era niña había un comercial de cigarrillos que mostraba unas chicas vestidas a la moda fumando por la calle con el texto: has recorrido un largo camino, muchacha. Es cierto, hemos recorrido un largo camino, sin embargo, las investigaciones recientes demuestran que durante la pandemia las mujeres nos hemos visto sobrecargadas con los trabajos de cuidados, lo que evidencia que seguimos reproduciendo los modos de socialización tradicional, a pesar de los avances. Tanto en condiciones de teletrabajo como de presencialidad, las tareas de cuidados no remuneradas son una barrera para el desarrollo de un proyecto educativo o profesional.

Intentaré en este mes de la mujer reflexionar sobre la condición de la mujer en diferentes sectores de actividad. En ésta me gustaría referirme a las mujeres artistas, las que hoy suman, a las condiciones propias de su trabajo, el cierre de las salas de espectáculos, la transformación de los medios de difusión de sus obras y la incertidumbre de los mercados culturales. En la actualidad, encontramos con facilidad músicas, escritoras, cantantes, pintoras, actrices, pero si tomamos perspectiva de la historia de occidente, esto no ha sido así por siglos. Primero que nada, porque son más significativas las ausencias que las presencias a lo largo de la historia.

Entre esas ausencias, aparece como flagrante la inexistencia de la noción de “genio” asociado a las mujeres, que tanto se ha aplicado a los hombres artistas. Hablamos del genio de Miguel Angel, del genio de Leonardo, del genio de Picasso o de García Márquez. Hasta el siglo XIX el apelativo genio sólo era atribuido a los hombres; en tanto a las mujeres geniales se las consideraba “locas”. Los prejuicios sociales en las distintas épocas no han permitido valorar a mujeres estrafalarias, capaces de romper los códigos, y cuando alguna lo hacía, se le atribuía demencia o falta de conocimiento. Sin embargo, en la historia del arte abundan las biografías de “genios” cuyos comportamientos eran excéntricos, por no meternos en aspectos psiquiátricos. Sólo recordemos tres: Van Gogh, Modigliani, Poe.

Linda Nochlin, en 1971, fue la primera que se preguntó de forma sistemática por qué no ha habido mujeres “genios”. ¿Hasta ese momento nadie se lo había preguntado? ¿Se entendía que era natural que a ninguna mujer se la calificara de “genio”? No lo sé. Sí, sé que Nochlin intentó explicar, a través de las condiciones materiales de producción, porqué les era muy difícil (imposible en algunas épocas) a las mujeres llegar a destacarse en disciplinas artísticas. Cuando uno llega a este punto del razonamiento surgen aquellas mujeres extraordinarias, como sor Juana Inés de la Cruz, que parecen hacernos rechazar la hipótesis. Sin embargo, hagámosla a un lado un momento para avanzar sobre las condiciones ordinarias.

Primero, tenemos que recordar que hasta la segunda mitad del siglo XIX no era común que las mujeres pudieran ingresar a la educación artística formal y cuando lograron su ingreso a las academias, no se les permitía participar, por ejemplo, de las clases de dibujo de desnudo humano. Es decir, no podían aprender a dibujar el cuerpo desnudo de hombres, pero tampoco el cuerpo desnudo de otra mujer. Mientras sus compañeros hombres se entrenaban en la copia al natural de cuerpos desnudos de hombres y de mujeres, ellas se retiraban de la clase para dibujar, por ejemplo, una vaca, dice Nochlin. Pequeña diferencia en la formación de unos y de otros.

Bueno, podríamos pensar que si no accedían a la educación artística formal, tal vez pudieran acceder a la educación informal, en caso de provenir de familias de artistas. Sin embargo, tampoco se acostumbraba instruir a las niñas de la casa en las artes, más allá de lo que podía considerarse un nivel de entretenimiento.

Por otro lado, existe una condicionante anterior, señala Nochlin, y se refiere al propio canon. Hago un paréntesis acá para recordar que, se entiende por canon al modelo o prototipo estético de una cultura respecto a una disciplina artística. Es decir, quiénes son los autores clásicos y cómo escriben, o los músicos o los pintores. Nochlin plantea que en tanto las mujeres tenían escaso acceso a la vida pública, el canon era establecido por los hombres desde instituciones gobernadas por hombres. Se suma a esto la concepción de que los temas que abordan las mujeres son cuestiones sentimentales o cursis, que no llegan a alcanzar los valores estéticos totales. Antes pero, ¿ahora? Cuando le conté a un amigo de la infancia que había publicado un libro, ya entrado el siglo XXI, me contestó que no leía literatura escrita por mujeres (y era mi amigo). Y sin ánimo de compararme, sólo unos años antes, la autora de Harry Potter había tenido que esconder su género tras neutras iniciales para que los editores leyeran su manuscrito sin prejuicios.

Pero el factor que señala Nochlin, y que dejé para el final porque es al que le asigno mayor valor, es el de las expectativas del rol tradicional sobre la mujer. Me refiero al destino “natural” de ser madre y esposa. Este mandato social es tan fuerte, que la mayoría de las veces las propias mujeres aceptamos ese rol como natural y deseado y postergamos nuestros otros desarrollos. Como sabemos, los cuidados no remunerados llevan tiempo, así que las artistas no podían dedicarse mucho al arte. Algunas mujeres decidieron no casarse pero esto requería, por un lado, bastante valentía para enfrentar a los prejuicios sociales y por otro, cierta autonomía económica que les permitiera dedicarse a su arte.

En la misma dirección reflexionó Virginia Woolf, en 1928, en su ensayo “Una habitación propia”. En particular, ella se refiere al desarrollo de la escritura y nos presenta sus reflexiones combinadas con las experiencias que vivió mientras intentaba escribir, justamente, el mencionado ensayo. Cuando en la universidad no la dejan pisar el pasto porque no es miembro de la institución, reflexiona sobre el acceso de las mujeres a los espacios públicos. Mientras cena en la cafetería de una universidad de mujeres, plantea que la pobreza de la institución radica en la falta de una genealogía académica de mujeres. En la biblioteca pública, donde sí la dejan entrar, comienza a leer lo que los grandes autores (hombres) han escrito sobre las mujeres yse constata que siempre hablan con voz de autoridad sobre nosotras y que nos descalifican, nos empequeñecen. ¿Por qué esta imagen tan homogénea en tantos autores? Virginia Woolf concluye que los hombres necesitan ese imaginario de mujeres débiles para ellos sentirse fuertes, a la vez que las vuelven imprescindibles para reforzar su grandeza.

Virginia Woolf plantea que la única manera de que una mujer desarrolle su arte es teniendo un cuarto propio y una renta de 500 libras. Contra la sala de estar de Jane Austen, que la obligaba a que sus novelas llevaran el ritmo de las demandas domésticas y a esconder sus escritos cuando llegaba visita, Virginia Woolf pide una habitación propia con llave. Y una renta. El dinero es central para la autonomía de las mujeres, no solo para hacer lo que quiera sino también para decir lo que piensa. Para sor Juana Inés de la Cruz o Teresa de Ávila la habitación propia fue la reclusión en un convento, donde pudieron aislarse para escribir.

Desde los tiempos de estas autoras a Virginia Woolf en el siglo XX, las mujeres hemos recorrido un largo camino, como decía el comercial en mi infancia, hemos accedido a las profesiones, hemos ganado el espacio público y hemos salido de la tutela del hombre en términos legales y sin embargo el reclamo de la habitación propia y de una renta que permita una autonomía económica, siguen estando en la base de cualquier proyecto propio.

Queda mucho por contar y reflexionar, pero por algún lado se empieza.

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