Por Horacio R. Brum
Horst Paulmann es un empresario de origen alemán, que llegó a Chile en la adolescencia y actualmente está, junto al presidente Sebastián Piñera, en la lista de los más ricos del país, con un patrimonio estimado en 3.700 millones de dólares. Paulmann es propietario de grandes supermercados y tiendas de departamentos, en este país y en Argentina, Perú, Brasil y Colombia.
Poseedor de un ego tan grande como su fortuna, este poderoso señor decidió un día construir en Santiago el edificio más alto de América Latina y, como aquellos nuevos ricos rioplatenses que, a comienzos del siglo XX, compraban en París los planos de sus mansiones, encargó el diseño al arquitecto argentino César Pelli, quien nunca vio la construcción en terreno. Pelli -que falleció el año pasado- y su estudio con sede en Estados Unidos, han creado edificios monumentales en todo el mundo; probablemente su obra más conocida para el público en general sean las Torres Petronas, de la compañía petrolera estatal de Malasia, que sirvió de escenario a la película de ladrones La Trampa (1999), protagonizada por Sean Connery y Catherine Zeta-Jones. Una característica de las grandes obras de Pelli es que están rodeadas de amplios espacios verdes, donde se destaca su belleza y se completa su aporte al paisaje urbano porque, como dijo alguna vez su creador, “en la arquitectura moderna no hay una tradición de respetar el espacio público”.
El magnate Paulmann traicionó esta idea del arquitecto, porque la Gran Torre Santiago, más conocida como Torre Costanera, está en medio de calles de gran flujo vehicular, no tiene jardines y la rodean varios edificios que con el aspecto de cajas. La torre ya no es la más alta de la región; la superó un edificio en México, pero obstruyendo su perspectiva se levanta el “shopping” más grande de Sud América, que hoy funciona a media máquina, por las restricciones debidas a la pandemia. Las demás construcciones, todas ellas propiedad de Paulmann, y destinadas a hoteles y oficinas, están prácticamente vacías. El conjunto se terminó hace más de siete años, sin obtener la autorización municipal para funcionar a pleno, a causa de que no se han hecho las obras accesorias que deben reducir su gran impacto en el barrio, entre otras cosas, porque agregará por lo menos cinco mil vehículos a una zona ya saturada de tránsito. En Chile, por la influencia de los grupos de interés inmobiliario, es común que la realización de grandes obras que alteran de forma drástica el paisaje urbano sea autorizada con la promesa de los propietarios de hacer más adelante “obras de mitigación”, como ampliar una calle o construir una plaza, que por lo general no se hacen nunca. A la larga, la presión de esos grupos de interés, termina por conseguir las habilitaciones municipales.
Una historia más antigua de una mega-obra que destruyó sin aportar mucho a la ciudad es la de la Torre Telefónica, que se construyó en 1993, cuando Chile se regodeaba en el supuesto milagro económico. En esa época, aquellos teléfonos celulares que pesaban medio kilo y tenían una antena desplegable se estaban convirtiendo en el accesorio indispensable del “chileno triunfador”. Por eso, al edificio se le dio la forma de celular; con 193 metros de altura y acompañado por otras construcciones en forma de cajas, como las del Costanera Center, pasó a ser hace unos años el Distrito Movistar. Esta torre rompió la armonía del entorno de la céntrica plaza Italia, al punto que en 2016 el sitio de tecnología Tech Insider criticó su diseño obsoleto y lo definió como una «monstruosidad vergonzosa». Hoy está a la venta y porque la plaza Italia es el centro de las protestas contra el modelo económico chileno, que comenzaron en 2019, su parte inferior está cerrada por planchas de metal que sirven para todo tipo de pintadas.
El Mausoleo de Halicarnaso fue un monumento funerario construido en el siglo IV AC para Mausolo, un gobernador del Imperio Persa. La estructura, cuyos restos pueden verse cerca de la ciudad turca de Bodrum, tenía tal lujo, que fue incluida entre las siete maravillas del mundo antiguo. Por eso, su nombre se convirtió en sinónimo de una tumba hecha para engrandecer la figura del difunto. En el Chile neoliberal fueron los vivos quienes levantaron grandes construcciones para destacar su poderío económico; en la década de los 90 hubo una verdadera explosión de torres vidriadas, a imitación de Miami o Nueva York y Santiago se fue convirtiendo en una ciudad desgarrada por enormes construcciones que poco integradas a la trama urbana. Actualmente, la capital chilena es un ejemplo de cómo no se debe hacer ciudad y sobre todo, del resultado de dejar las manos libres a los especuladores inmobiliarios y los arquitectos con ideas trasnochadas de la modernidad.
En una entrevista de 2013 para la revista Taller 9 de Argentina, César Pelli habló de lo importante que es que haya una continuidad entre lo nuevo y lo que se construyó en el pasado, y dijo que los arquitectos no pueden pretender ser diferentes de la sociedad. “Mucho de lo que hacemos hoy es para demostrar qué diferentes que somos”, manifestó el gran creador argentino, “eso yo creo que es algo que los arquitectos tenemos que cambiar, porque si seguimos haciendo eso nos van a seguir viendo como diferentes…y tenemos que ser parte de la sociedad, si no, quedamos afuera y afuera no hay dónde estar”.
Ante los proyectos inmobiliarios desmesurados, que proponen cambiar la cara de Paysandú, conviene recordar esas palabras de uno de los arquitectos más importantes de nuestra época y mirar lo que ha pasado con los mausoleos neoliberales de Chile, un país donde se creyó que ser modernos era construir sin ninguna consideración por la armonía de la ciudad.

