Por Horacio R. Brum

Alguna vez, Mario Vargas Llosa estuvo entre los intelectuales más brillantes de la izquierda latinoamericana; hoy sigue siendo brillante en su talento literario, pero de izquierdista no le queda nada. No obstante, es un liberal de la antigua tradición, de aquellos que en economía defienden a rajatabla el libre mercado, pero que en materia de libertades individuales se pronuncian inequívocamente a favor del divorcio, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo género e incluso el consumo de drogas. Ese liberalismo no es lo mismo que el neoliberalismo, que en nuestros países se encaramó en el poder sobre los hombros de las dictaduras violadoras de todos los derechos y en la mayoría de los casos se encarna en personajes reaccionarios, casi siempre homofóbicos y alineados con los grupos conservadores católicos y evangélicos, que niegan al individuo toda posibilidad de construir su vida privada según su libre albedrío.

Hace un par de años, Vargas Llosa estuvo en Chile y ofendió profundamente a sus admiradores de la derecha, al afirmar que en este país hay una derecha “completamente cavernaria”. En ese momento, el aborto estaba criminalizado, y el escritor peruano fue categórico: «cuando una señora es violada, está obligada a tener el niño porque hay una derecha completamente cavernaria que no admite el aborto. Eso es una estupidez, una barbaridad, y hay que decírselo claramente a esa derecha. Que esa derecha no es liberal, esa derecha no entiende lo que son los Derechos Humanos”. En cuanto al matrimonio entre personas del mismo género, un tema que recién este mes fue sometido a la discusión en el Parlamento chileno, Vargas Llosa declaró: “Desde luego que estoy de acuerdo con el matrimonio homosexual, creo que es un derecho el poder elegir con toda libertad la vida sexual que se quiere tener”.

La “derecha cavernaria” de Chile todavía sigue elogiando como una gesta heroica el golpe de Estado de 1973, es notoria por ver en todo proceso de cambio la mano del comunismo y tiene una imagen de este sector político anclada en la Guerra Fría. Con esa óptica, son comunistas quienes promueven el respeto por la diversidad sexual o un mayor papel del Estado en la protección social de los ciudadanos. Agrupaciones católicas defensoras de un rígido orden moral y familiar, como el Opus Dei, el movimiento Schoenstatt o los Legionarios de Cristo, así como los cultos evangélicos que se oponen con gran violencia verbal al aborto, la no discriminación por género o la educación sexual escolar, son el sostén religioso y valórico de esa derecha, que además hunde sus raíces en la organización social de la hacienda o fundo, donde el patrón era señor de vida y muerte, y funde el patriotismo con los rituales y tradiciones del campo.

Probablemente es en ese ambiente donde se sentiría más a gusto quien a 1200 kilómetros de distancia, en el Uruguay laico y liberal, escribió en su cuenta de Facebook que «Estos comunistas les sirve cualquier cosa para agarrarse, y la marcha de las tortas el 8 de marzo tampoco dijeron nada, todo lo que es izquierda no dicen nada pero la derecha hace algo y ya saltan…” Esos “comunistas” son todos quienes han criticado el gran despliegue de irresponsabilidad cívica y sanitaria que fueron los funerales del ministro Jorge Larrañaga y debajo de la definición grosera de la marcha del Día de la Mujer hay una homofobia indisimulable.

Pedir disculpas y perdón en público después que se ha cometido un desaguisado o que se ha ofendido a numerosas personas es una práctica que los políticos y los funcionarios de gobiernos de todos los colores usan como la confesión de algunos católicos: basta con rezar unas avemarías para limpiar la mancha y, en la mayoría de los casos, volver a las andadas. Disculparse a través de El Telégrafo no absuelve a quien se condenó por abusar de las libertades que dan las modernas tecnologías de las comunicaciones. Lo dicho, dicho está, y si se dijo, es porque se piensa.

Sin embargo, el tema central no es el primitivismo verbal de un funcionario menor, sino los intentos que él y otros han hecho para justificar lo ocurrido con los homenajes a Larrañaga. Desde el Presidente de la República para abajo, sin olvidar al arzobispo Sturla, son muchos los culpables de inconsecuencia entre lo que hicieron y lo que piden a la gente que haga para afrontar la peor crisis sanitaria que ha tenido el país desde la epidemia de gripe de 1918. Comprometerse a pagar multas y dar disculpas públicas no es más que rezar unas avemarías para intentar lavar la burla al sufrimiento y la angustia que la gran mayoría de los uruguayos soporta desde hace más de un año. Eso, sin olvidar el mal ejemplo que lleva agua al molino de los rebeldes sin causa que practican el negacionismo de la pandemia, hacen fiestas o predican necedades sobre las vacunas.

El año pasado falleció en Chile, durante uno de los períodos de cuarentena, monseñor Bernardino Piñera, un tío del Presidente, que era una figura muy querida y respetada en la vida nacional. El entierro se hizo sin violar los aforos fijados para estas ceremonias, pero se convirtió en un asunto de debate en el Parlamento el pedido del Primer Mandatario para que se levantara la tapa del ataúd y así poder dar el último adiós al difunto. Además, la hermana de Sebastián Piñera recibió una multa de cincuenta dólares, por haber ido al sepelio sin sacar el permiso policial para circular en cuarentena. Unos meses más tarde, Piñera fue sometido a un sumario sanitario por pasear sin tapabocas en una playa del Pacífico. En las estadísticas internacionales, Chile está por debajo de Uruguay en cuanto a la calidad de su democracia, pero con esos ejemplos puede dar lecciones de cómo reacciona la sociedad a las desubicaciones de sus gobernantes.

Entonces, si se llama comunistas a quienes exigen que las autoridades se comporten con la máxima responsabilidad en la lucha contra la pandemia, si son comunistas aquellos que piden sanciones para los que violan las normas sanitarias -cualquiera sea la razón para hacerlo o el cargo que ocupan-, si ser comunista es pedir que se dejen de lado los sentimientos personales en beneficio del interés general…todos deberíamos ser comunistas.

FOTO – Piñera en una ceremonia en el Parlamento