Margarita Heinzen

En las largas horas de permanencia en casa que nos exige la pandemia, el tiempo del ocio se entreteje con el teletrabajo y las tareas del hogar. No todos teletrabajan pero para muchos la realidad ha cambiado y las horas en casa nos lleva a fijarnos en que el marco de la puerta está despintado o a decidir que vamos a cambiar el cuerito porque ya no soportamos más la gota en la canilla del baño. Me consta que otros, afectos a los deliverys, están aprendiendo a cocinar. Pero además de estos giros domésticos, ¿qué hacemos con el tiempo de ocio en pandemia?

Seguramente por deformación profesional, me interesa saber cómo le va a la lectura, en el eterno presagio de la muerte del libro como objeto cultural. Sin embargo, no solamente se leen libros: se leen los astros, las cartas, los mapas, el clima, las señales de tránsito, los instrumentos de navegación, las notas musicales, las recetas, el cuerpo y hasta el horóscopo. La noción de lectura está implícita en toda la vida. Leer para comprender el mundo es la primera dimensión. Creo que esta forma de lectura no sólo está vigente sino que se vuelve hoy más vital que nunca. En este sentido, debemos hacer una extensión del concepto de lectura y aprender a leer los contextos, los territorios, los procesos, los sistemas, los paisajes, la cultura. Leer nos ayuda a interrogar la realidad y cuestionarla. Leer nos hace dudar, no aceptar de entrada lo que vemos, volver una negación en una posibilidad. Detrás de cada texto, existen diferentes niveles de comprensión del mundo y un buen lector no debería conformarse con esa verdad que viene de afuera como si existiera “la” verdad, como si no estuviera teñida, esa también, de una visión del mundo.

Por mi parte, me dediqué el sábado a hacer un registro sobre la lectura en tiempos de pandemia, basado en un rápido relevamiento entre gente que tengo alrededor. Sobre la pregunta: ¿la pandemia afectó sus hábitos de lectura?, propuesta a varios de mis grupos de WhatsApp, compuesto por gente de diferentes edades y localizaciones, recibí 50 respuestas en no más de una hora. Debo decir que la pregunta también se direccionaba hacia la lectura de entretenimiento, no la necesaria para el estudio o trabajo, y pedía, a su vez, diferenciar el soporte sobre el que la hacían. Varias reflexiones surgen de las respuestas obtenidas. Sin pretender hacer un análisis cuantitativo válido, en primer lugar, es casi igual la proporción de personas que declara que la pandemia no afectó sus hábitos de lectura, de la que siente que lee más y de la que declara leer menos, con una leve diferencia a favor de los que dicen estar leyendo más (38%). Dentro de estos últimos, algunos se lo atribuyen a la pandemia y otros a cambios en su situación vital, por ejemplo, haberse jubilado.

Entre los que no sienten que la pandemia haya influido en sus hábitos de lectura, algunos manifiestan, con sinceridad, que nunca fueron buenos lectores y eso no cambió. En el otro extremo, gente muy lectora tampoco se vio afectada. Entre los que tienen teletrabajo, la mayoría manifiesta terminar con la cabeza muy cansada, por lo que optan por una actividad que les demande menos esfuerzos que la lectura. Otros, en el mismo sentido, declaran que el cansancio que les produce las pantallas es tal que prefieren la lectura en papel para desembotarse, luego de una jornada laboral.

Los que leen menos que antes lo relacionan con las exigencias del teletrabajo, como ya mencionamos, aunque aparecen respuestas vinculadas al evento pandémico en sí, a que les cuesta concentrarse, a que pierden el tiempo y que necesitan estar migrando permanentemente de una actividad a otra. Esto podría vincularse con algunas reflexiones del historiador francés, Roger Chartier, que ha trabajado largamente sobre el análisis de textos, el estudio de los objetos impresos y la historia de las prácticas culturales, especialmente la de la lectura. El sostiene que hay una doble tendencia: por un lado, una de largo plazo, como el resultado de evoluciones y transformaciones previas, que llevan a una disminución del hábito de la lectura de esparcimiento y otra, inducida por el elemento distorsionante de la coyuntura, del evento sobrevenido, del estar ante una situación radicalmente nueva que vamos descubriendo a la vez que se produce, como es la pandemia.

Ambas parecen estar presentes en el pequeño relevamiento realizado, aunque es evidente que algunas personas han encontrado en el libro el remanso y la reflexión necesarios para huir de la vorágine de las pantallas y de la doble dimensión del tiempo: plano hacia adentro de nuestros hogares, donde se confunden el tiempo productivo y el de ocio como uno solo; con el bombardeo de noticias, alarmas y exigencias que vienen desde afuera, desde las escotillas del zoom, que nos conectan pero desconectan, a la vez, de los otros.

Debo decir, además, que la lectura de esparcimiento no viene sólo de los libros o revistas, sea cual sea el soporte, sino también de los millones de intercambios que realizamos con amigos virtuales a través de las redes. La enorme cantidad de artículos, tweets, mensajes en los que gastamos buena parte de nuestro tiempo también es lectura de esparcimiento. Esta lectura es la lectura para acercarnos. Los artículos, memes y videos que compartimos con el amigo al que sabemos le van a gustar o con aquel al que queremos que nos entienda, buscan superar el distanciamiento social, un atajo hacia los abrazos que hoy están prohibidos. También hay lecturas de odio, pero de esas no quiero ocuparme. Leer en estos tiempos ha significado para muchas personas una forma de compartir y acompañarse.

Respecto al libro en particular, algunos círculos virtuales de lectura reúnen experiencias significativas y vemos aquí mismo en Paysandú y en Quebracho, por ejemplo, que se han conformado nuevos espacios de lectura para enfrentar el distanciamiento social. La fuerza de las palabras, su poder infinito, logra reconstruir y acercarnos de múltiples formas.

Otra dimensión de la lectura es la que nos enseña a cuidar. Leer es una práctica sociocultural que nos permite pensar en soledad, pero también socializar la palabra, sobre todo hacia los niños y los mayores que necesitan de cuidados. Hablamos de leer como una práctica de la ética y la compasión, a tener más consciencia de lo que hay que cuidar y por qué medios.

Como decía al principio, el hombre lee desde antes de existir el libro y lee para comprender el mundo. Hubo un tiempo en que los humanos hablábamos con las plantas y leíamos la naturaleza: el río, el bosque, el mar. No había libros, pero había diálogo. Luego llegó el libro y nos permitió comprender mejor la inmensidad del mundo, de lo distinto, de las emociones y hasta de la vida misma. Leer es multiplicar la vida, viajar sin moverse, descubrir pasando páginas. En estos tiempos de encierro que hubieran sido tan imposibles de soportar sin el cine, las series y la música, si algo ha sido aún más vital que todo lo demás ha sido la lectura en sus múltiples dimensiones.