Margarita Heinzen

En abril propuse a la Comisión Directiva de CEUPA Uni-3 la apertura de un Club de Lectores como actividad conexa al Taller de Escritura Creativa que desarrollo allí desde 2015. En mayo leí en La Diaria un artículo del chileno Juan P. Salvadores, que hablaba sobre las letras uruguayas desde su extranjeridad. ¿Por qué ato ambas cosas? ¿Qué tienen en común estos dos hechos tan separados por el tiempo y el espacio? Porque están unidas por la pregunta del título: ¿para quiénes escribimos los escritores uruguayos?

¿Y cuál es la respuesta que arriesga Salvadores y que yo comparto? Que escribimos para nosotros mismos.

El autor de la nota de La Diaria comienza por decir que si alguien del mundo quiere leer un autor uruguayo debe viajar a Uruguay porque los libros uruguayos no se consiguen en otro lado. Está bien, no estoy hablando de Galeano, de Benedetti ni de Onetti. Hablo de los escritores que trabajamos en el siglo XXI en este país, que caminamos sus calles, que llenamos sus parques y disfrutamos sus playas. Salvadores dice que eso pasa porque a los uruguayos no nos interesa la distribución y porque no tenemos expectativas de que los otros latinoamericanos nos lean. ¿Es así?

Les cuento ahora lo que me pasó cuando comencé el Club de Lectores de CEUPA. Fui con 3 propuestas: elegir un escritor y leer en profundidad toda su obra (propuse en ese momento a García Márquez), leer autores uruguayos vivos y, como tercera opción, propuse confeccionar una lista del tipo: un libro escrito en una lengua que hablen menos de un millón de personas, un libro que transcurra en África, un libro cuyo protagonista no sea humano, etc., etc. Puesto en consideración, el grupo eligió la segunda opción y presentada la primera lista tentativa, recogí, entre personas buenas lectoras e interesadas en la lectura, ya que se habían inscripto a ese espacio, que no conocían a muchos de los escritores propuestos y menos los habían leído.

Otra anécdota complementaria. También este año comencé a participar en el CLEP, Club de Lectura Paysandú, integrante de la Red de Clubes de Lectura del Uruguay, al que asisten otras personas, más bien jóvenes y en el que cada mes, los propios participantes eligen el autor que leerán el mes siguiente. Luego de leer y comentar Robos, incendios y cuentos de los coterráneos Marco Rivero y Mario Pons, una participante joven, y a todas luces muy lectora, declaró que era la primera vez que leía un libro de autores uruguayos, con un tono que denotaba cierta condescendencia.

Entonces, no escribimos para el gran público lector porque nuestras editoriales son eminentemente locales pero tampoco nos leen los amantes locales de la lectura.

Así estamos, y si a eso le sumamos que en el país sólo existen cuatro editoriales que corren el riesgo de jugarse por la obra de un autor y cuatro los premios de relieve nacional, realmente no entiendo porqué los escritores seguimos escribiendo o para quién lo hacemos, que era la pregunta inicial. No nos desviemos. Cuando digo que sólo 4 editoriales locales se arriesgan por los autores locales, digo financian las obras. Estas, a las que es muy difícil acceder, son: Banda Oriental, Criatura editora, Editorial Hum y Editorial Fin de Siglo. Además, tenemos las dos filiales de las multinacionales Pengüin Random House y Planeta, las mega empresas de la industria editorial, que publican ciertos autores nacionales, aunque sin significar eso  distribución internacional, porque a su vez están muy fragmentadas.

El resto de las editoriales, que le dan cabida a los autores que no acceden a las anteriores, cobran por editarte tu obra. Es decir, en Uruguay no solo se da por sobreentendido que nadie vive de la literatura, sino que uno debe pagar por escribir. Como dice el querido Jorge Jesús: “el albañil financia al escritor”, hablando de su propia experiencia. Estas editoriales independientes tienen, cada una, características diferentes y ofrecen servicios diferentes: algunos te ayudan en la edición y corrección de estilo, otras proveen un diseño original de portada, otras colaboran algo con la distribución. Pero en todas uno se hace cargo del costo de la publicación y luego recupera (o no) con lo que vende. Esas son las opciones que los que escribimos tenemos para dar a conocer nuestra obra. Claro, ahora también están las redes.

En Uruguay hay mucha gente que escribe y escribe muy bien. Diría que, en proporción a la población, es muy alta la cantidad de escritores. Mi experiencia es que cuando un buen lector accede a un autor uruguayo, vuelve a él porque descubre un valor que, a su vez, es cercano y universal, porque se lee fácil y remite a aquello de lo “difícil que es escribir fácil” o porque es muy complicado, y entonces su lectura obliga a detenerse, reflexionar, buscar en Google. Razones hay muchas, pero vuelven. El tema es que, de algún modo, accedan al libro.

En esta nota no quiero nombrar a ningún escritor porque no quiero generar problemas con quienes seguramente sería injusta, pero en próximas notas voy a ir profundizando en este asunto de las letras uruguayas contemporáneas, disparada por las apreciaciones de aquel chileno que vino, vio y nos leyó.

Según Salvadores una de las características de las historias de los libros uruguayos, y que tal vez explique porqué se difunden poco en el exterior, es que están cargadas de sobreentendidos. Él señala que a otros públicos de América les cuesta entender que “Montevideo está ahí, de espaldas al resto del país” y que “el interior de Uruguay vive tranquilo a pesar de la capital”.

Él se sorprende que los autores que escriben en Montevideo den por sentado que los pisos de madera, la sombra de los plátanos, los almacenes y restoranes atendidos por sus dueños son obvios y por eso casi ni los mencionan. Para un extranjero estos elementos, extintos en casi todo el mundo, tienen un valor distintivo de la ciudad porque aún se conservan aquí. Otro rasgo que menciona, es la particularidad de Montevideo de no tener aún muy desarrollados barrios extremadamente conspicuos y amurallados como ocurre en el resto de las capitales de América Latina, lo que tampoco se explica, por lo que para un lector extranjero es bastante incomprensible que el personaje montevideano viva en “una ciudad completa”.

Por otro lado, señala que la literatura escrita desde el interior tiene todos los elementos que un extranjero de América necesita para sentirse en casa. Señala que las voces de fuera de Montevideo dan cuenta de la ebullición de esa tierra y, si bien hay una referencia explícita o implícita al “monstruo” o al “infierno” de la capital, las historias que transcurren en Treinta y Tres, Salto, Artigas o Tacuarembó son un hervidero de pasiones, de personajes inolvidables y de tramas ingeniosas, que si el extranjero visita un día esas ciudades, no entendería cómo ese contexto de siesta permanente puede generar ficciones propias de la mejor literatura. Lo dice Salvadores, no yo.

Completa diciendo que tanto los que escriben desde Montevideo como los que lo hacen de fuera, sobre todo los que estamos en el litoral oeste del país, siempre tenemos presente el río. Y dice: “parecen estar todos sentados en la banca mirando un partido en la cancha y esperando que los llamen para entrar a jugar. Pero qué pasa realmente en el río. No hay un gran partido. Aparte de algún bote o barco que lo cruza durante el día, no pasa nada. Es quizás esa observación tranquila de un escenario quieto lo que marca el tiempo en Uruguay”. Y esta forma de vernos, creo, se acerca mucho a la verdad.