Un anciano maya , con el que tuve la oportunidad de conversar, debajo de un gran árbol, en el patio de la Universidad de San Carlos de Guatemala , me contó y enseñó por allá en el año 2007 que: “los nawales son las energías más antiguas de la vida”. Energías que nos acompañan y cuidan como “amorosos abuelos”. También me contó que “los nawales” tienen el derecho de contestar o no, de dar respuesta a quienes ellos quieran o de permanecer callados inmutables, ante el asombro de la calidad del ser humano. Queda claro pues: un /a “nawal” – un abuelo o abuela- elige a quien responder. Es un derecho. Haciendo uso del mismo, voy a responder, porque desde mi condición de “abuela” y militante de la vida, ¡tengo la libertad de hacerlo! Por eso contesto… porque quiero para mis nietos “un trabajo digno”. Y trabajé por un futuro digno para muchos “Juan, Pedro, Diego”, por muchas “María, Elsa, Marta”, durante 33 años en una escuela muy cercana al vertedero municipal. Un mundo donde vive gente, a la que por lo menos yo, defiendo por el solo hecho de ser eso: personas, trabajadores y trabajadoras que – quizá quisieran no estar ahí- pero están porque es la única manera que encontraron para “subsistir”. Para comprar un pan, un litro de leche, un bollo para que la panza no chifle, al atardecer. Hablo con propiedad porque durante muchos años tuve en mi clase – niños y niñas- que hoy son padres y madres de familia y viven de lo que recogen a diario. Y han aprendido mucho de la vida, de las inequidades, de la desigualdad de oportunidades. De atropellos. Pero también han aprendido que con una papa, un boniato, cuarto kg. de fideo y pimentón, son capaces de hacer un guiso para alimentar cinco o seis hijos. Han aprendido que la vida se transita “en colectivo” o se hace mucho más agreste y mezquina. Han aprendido a compartir, a darse una mano, a sostenerse. Porque también ellos/as tienen “hambre de abrazos”. A eso nadie lo ve. Sí se ven otras “cosas”, muy minuciosamente. Detalles que deberían verse también, en otros contextos. Quizá habría que levantar “un poco más la nariz” y allí también lo veríamos sin caminar muy lejos. Por eso contesto a quien discrepa conmigo en que el trabajo que hacen los/as recicladores/as, del Vertedero Municipal “no es digno”. Por eso respondo y cada quién sabrá a quién. Yo también tuve 28 años. Y entonces tenía tres hijos de 5, 3 y 1 año. Sé lo que es, no es fácil y eso que parece que yo sí, tenía “un trabajo digno”. Porque vamos a ser objetivos: ¿en términos de qué, medimos esa dignidad o no dignidad? ¿Desde qué lugar la cuestionamos? Me gustaría saberlo. Se ve que estamos en paradigmas distintos, en ideologías diferentes. O vaya a saber uno/a en qué. Porque para mí: Indigno es cambiar la calidad de la educación de la primera infancia por ahorro, es desconocer los derechos de la clase trabajadora, es prometer y no cumplir, es no dar la cara, es lavarse las manos. Es contradecirse para salir airoso/a. Para mí “no digno” es otra cosa: es la mentira, es el “trabajo” de narcotraficantes, proxenetas, abusadores de menores, violentos, golpeadores de mujeres etc. Para mí “indigno o no digno”, es tener acumulado el dinero del pueblo, mientras los niños pasan hambre, porque en la escuela, se les prohíbe repetir el plato de comida. Es tener recursos para generar empleo y seguir apostando a la “caridad”, que trae consigo un rédito político. Para mí “indigno” es desestimar “el humano trabajo” de quienes se organizaron para defender y reclamar con sobriedad y tremenda convicción, una vida perdida. ¡Porque vaya si es “tarea digna” defender la vida! Por eso, sentí la necesidad de responder. Porque no quiero entrar al círculo de lo “no digno” o de lo “indigno”.

Atte
Maestra Mabel De Agostini Pinna
Edila FA /Vertiente Artiguista 77
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