Escribe Margarita Heinzen

El 26 de diciembre de 2021 murió el arzobispo anglicano Desmond Tutu en Sudáfrica. Fue el compañero de lucha de Nelson Mandela y ganador del Premio Nobel de la Paz en 1984, por si eso significa algo. También fue uno de los fundadores de la Teología Negra Africana y un activista por los derechos humanos, en particular por la defensa de los derechos de los homosexuales. Estuvo a favor de la eutanasia, lo que lo hizo enfrentarse muchas veces a las jerarquías eclesiásticas. Sin embargo, la noticia de su muerte apenas ocupó unas horas los titulares del mundo.

En su país, el presidente Ramaphosa, calificó a Tutu como “un ícono global de la paz y la libertad” y como “uno de los mejores patriotas de nuestra nación”, que sabía que “el apartheid terminaría, que llegaría la democracia, que nuestra gente sería libre”.

Como decía, la noticia fue una más en medio de las fiestas navideñas. La vida siguió con su flujo de compras, regalos y rencuentros. No nos percatamos, pareciera, que habíamos perdido a uno de los mayores luchadores, pensadores y líderes religiosos de nuestro tiempo.

Creo que el problema es que estamos lejos de comprender e interesarnos por África. Esto es cierto en Latinoamérica entera, nunca hemos tenido fuertes lazos con el continente africano, con la única excepción, tal vez, de Cuba.

¿Y que sabemos de África? Lo primero que debemos saber es que no es un país y por lo tanto no debemos hablar de África como si lo fuera. África es todo un continente diverso, tanto ecológica como antropológicamente. Referirnos a él como si fuera un solo país, además de ser una sobre simplificación, anula las diferencias entre regiones y entre pueblos. ¿Qué tiene que ver Namibia con Nigeria o Ghana con Etiopía? Más allá de ser el continente donde aparecieron los primeros homínidos, es decir, de ser el origen de todo, Africa es actualmente el continente con mayor diversidad genética intrarracial: mucho más que los latinos, los sajones o los mogoles. Y eso lo vuelve muy rico desde el punto de vista de la diversidad genética y de la supervivencia humana. Nunca oigo hablar de esta fortaleza y de lo sabio que sería comprender esa diversidad.

Según la escritora nigeriana Chimamanda Adichie el problema con África es el problema de la única historia. ¿Qué quiere decir esto? Que sólo nos han contado una única historia y como las historias crean realidades, nos hemos quedado con una sola versión de las cosas. Nos han contado la historia de África desde que llegaron los colonizadores y poco sabemos de cómo vivían sus pueblos antes. Nos han contado la historia de la pobreza, de la miseria, de las guerras y del sida. También nos han contado la historia de los bellos paisajes y exóticos animales, en los que reinaba un hombre blanco, Tarzán. Nos han contado la historia de muchos pueblos como si fuera uno, desbordado de calamidades, como si fueran gente sin voz que espera que venga un caballero blanco a salvarlos.

Con esa historia llegué yo a Nigeria en 2009. Con esa única historia. Y lo primero que sentí fue lástima. Y lo segundo, asombro. La pobreza, la falta de infraestructura y la mugre se anteponen y uno corre el riesgo de comprar esa única historia. Pero uno no puede quedarse allí: si bien la pobreza genera lástima, la lástima imposibilita ver a la gente como algo más que gente pobre y nos impide desarrollar sentimientos más complejos, que nos permitan acercarnos como iguales, que nos permitan conectarnos, dice esta autora. La única historia crea estereotipos y el problema de los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos. No es que esa historia no exista, sino que es parcial.

Y si una historia parcial se repite como única historia crea realidades y nos convencemos que los “africanos” son una pobre gente que vive en guerra y en la misera, que los mexicanos son haraganes y brutos y que los judíos son avaros y acaparadores. Porque hablar de la única historia es hablar de poder y el poder define cómo se cuenta la historia, quién la cuenta, cuándo se cuenta y cuántas historias se cuentan. Contar una sola historia, la vuelve la única historia.

Y en ningún lado hay una única historia. Pero tenemos que ser conscientes que todos, en alguna medida, somos cómplices. Cuando estuve en Oshogbo encontré la historia de la creación del mundo según los yorubas, mucho antes que llegaran los colonizadores, y el arte de toda una generación de artistas que alcanzaron renombre internacional a partir de los años ’60. Visitamos la Galería de Nike Davies Okundaye, una artista que expone en Nueva York y Londres, donde se exhiben pinturas que combinan técnicas autóctonas con otras más clásicas, creando cuadros, tejidos e instrumentos musicales exquisitos. Luego, fuimos a su casa de residencias artísticas, a las afueras de la ciudad, donde recibe a artistas de todo el mundo, estudian más de 300 alumnos y se realizan veladas culturales de música, danza o literatura. Un ambiente mágico en el que el talento y la creatividad eran los protagonistas. Sentí vergüenza de mi asombro. Sentí vergüenza por la historia única. Y según pasan los años y más reflexiono, más vergüenza por haber dejado “en segundo lugar” estas otras historias que también son Nigeria y que nos permitirían hacer a un lado la lástima y sentirlos más cerca.

También podría hablar del profesor de inglés de mi esposo, un hombre formado en el Reino Unido que quiso volver a su tierra para contribuir desde ahí y que redondeaba un ingreso de maestro con las clases a extranjeros. De la doctora que me pidió que le comprara unos libros con mi tarjeta de crédito porque las entidades bancarias extranjeras bloqueaban toda compra con documentos nigerianos. O de Nollywood y su alta producción de películas y música que se consumen como agua en un país de más de 140 millones de habitantes. También podría hablar de The Booksellers Limited, una increíble librería en Ibadan, llena de gente, que parece desmentir la creencia generalizada de que los nigerianos que leen, solo leen la Biblia.

Días pasados, cuando me topé con la nota sobre la muerte de Desmond Tutu, caí en cuenta de estas otras historias, de gente valiosa, gente con voz propia, nos desmienten la única historia que nos cuentan desde el poder. La historia única roba la dignidad de los pueblos, porque dificulta que nos reconozcamos como iguales y enfatiza en las diferencias, dice Adichie, y agrega que, si bien las historias han servido para despojar y calumniar, también sirven para humanizar y empoderar. Entonces hay que contarlas.

Celebrar el legado de Tutu sería una forma sencilla de informar e ir más allá de temas como el apartheid, la guerra civil, el hambre, las nuevas variantes del coronavirus y los golpes militares, básicamente lo que se informa sobre el continente africano en la prensa latinoamericana. En particular, sería una forma de destacar la importancia del pensamiento africano y su impacto global. Esa se las cuento en la próxima.

 

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