Escribe Darío Rodríguez
Junio, con sus rigores climáticos, parece ser un mes significativo para Paysandú. En buena medida por ser atravesado por la fecha de fundación de su capital departamental. Desde la Intendencia Departamental se organizan los festejos que adquieren la impronta y toda la parafernalia del partido de gobierno. Es por ello que el caballo y ciertas formas de vestir pasan a ser herramientas políticas; de reafirmación de una impronta. Se simboliza la idea de ser el partido de la ruralidad, “de la gente del campo”. Sería raro ver una movilización/caminata, con pancartas alusivas, como señal de identidad; no es, -sin caer en estereotipos- las formalidades presentes en la colectividad de Oribe. Si “a caballo se hizo la patria” y se mantiene la equina tradición, de alguna manera son fundacionales y eso, sin explicitarlo a viva voz, lo recrean como un plus, un aval de autoridad. Tal vez montando un caballo se pierda contacto con el de a pie y se corre el riesgo de mirar con cierta distorsión dado los accidentes del camino.
La movilización callejera se asocia a la izquierda y al movimiento social. Hay, en consecuencia, cierto correlato entre las formas de reafirmación social, de expresar una reivindicación y los instrumentos con los que se la canaliza.
Un peso aparte es observar si con los constantes aumentos de los combustibles, por ejemplo, la invocada representación es tal. Hasta para los más fanáticos, exceptuando los malla oro y grandes multinacionales, es difícil digerir que estos son los “5 mejores años de tu vida”. Suena más bien a broma de mal gusto.
Asumir ser el partido de la ruralidad, del campo, del interior, tiene sus bemoles. En primer lugar hay muchas ruralidades, muchos interiores, heterogeneidad social; por lo que hay que separar la paja del trigo. Si se asume como válida la invocada representación, también se debe asimilar que en ella a unos se los privilegia (los malla oro) y a otros se los “castiga” (peones, pequeños productores, changadores, pobres urbanos). Estos últimos miran de lejos el banquete que generan los altos precios de las materias primas. Alguien diría, comparando con el viento de cola, vivido en periodos anteriores, que ahora están inmersos en un “huracán de cola”.
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Con progresividad Uruguay, desde el punto de vista de su (in) seguridad pública, cada vez se parece más a América Latina. Aplicando las mismas medicinas obtiene idénticos (y muy malos) resultados. Altísima tasa de prisionalización, encierro, más punición, -ratificada en la LUC-, agravan el problema y estamos subidos a una bomba de tiempo con alto impacto en todo el tejido social. La violencia es pan de cada día y la política la ve como un botín electoral.
Dramáticamente el Herrerismo vive en carne propia que el asunto no es sencillo, ni se arregla a los gritos, ni retornando a viejas prácticas y menos creer que el tema es un asunto policial.
Hace unos días, ante el creciente aumento de los homicidios, -el delito más violento-, el Frente Amplio convocó al ministro del interior, el decano parlamentario, Luis Alberto Heber. Los detalles y las escaramuzas han sido largamente señalados en distintas crónicas. Pero quizá pasó más inadvertido que al convocar al ministro del Interior, de alguna manera, se sigue en la lógica que este complejo asunto es más bien policial. La oposición debió convocar, dada la integralidad del problema, a los ministros de Trabajo, Desarrollo Social, Salud Pública y otras reparticiones como el INAU. El abordaje debe tener una amplísima mirada. Al encarar el asunto como un problema policial no se puede aquilatar el verdadero drama nacional cuyo abordaje requiere grandeza, gran apertura de cabeza y políticas de Estado. También asumir lo más complicado del problema: las políticas implementadas en los últimos años han fracasado estrepitosamente. Transitar hacia políticas más consistentes con el problema, pero con resultados progresivos, implica convocar a los que saben del asunto. Parece un despropósito prescindir de expertos e investigaciones realizadas desde la academia.
Uruguay cuenta con masa crítica para abordar, desde la interdisciplinariedad y en diálogo con la política, el tema más desafiante que tiene por delante. Urge cambiar el chip. La forma en que se instrumente el abordaje, con ser relevante, no es lo central. Lo central pasa por transitar hacia un nuevo paradigma, superador del que estamos metido. Diagnósticos, estudios específicos, investigaciones interdisciplinarias, abordaje comparativos, abundan. Falta decisión política y menos mirada electoral. La convocatoria al ministro del Interior, muy vocinglero, en régimen de comisión general en el Senado de la República, dejó expuesto que corrido el velo de la pandemia, que todo lo justificaba, llegó la hora de gobernar y el rey, en esta materia, está desnudo. La soberbia es mala consejera; siempre.
Los actuales niveles de violencia, expresada en múltiples formas y desde algunos lugares cuestionando y desafiando al propio Estado desgarran la convivencia. La violencia no es solo física, de género, es también simbólica, económica, territorial, espacial.
Aún se está a tiempo de revertir el drama.
Foto IDP
