Luis Enrique (Quique) Langone (1955 – 2022)

Por Luigi Lemes

Lo conocí hace no menos de cuarenta y cinco años, en la vieja CW 35. Íbamos con mi hermano Eduardo al legendario programa “Reflejos de Tradición”, que conducía el payador Ángel Almirón, amigo de nuestro padre. En el estudio grande de aquella radio que, con los años, sería tan cara a nuestros afectos, en aquel programa señero, empezamos a cantar un día, aún niños. Yo traía ya algunos escenarios encima, pero las puertas abiertas de la radio, significaban, por esos años, otra llegada.

Ahí andaba el Quique. Muy joven, pero estampando ya sus dos rúbricas indelebles, la de su voz grave, profunda y sonora y la de su corazón enorme. Una le brotaba de la garganta, con el tono de contrabajo de sus cuerdas vocales únicas. La otra se le escapaba por los ojos, detrás de unos anteojos gruesos. No tenía aún el clásico bigote, pero su impronta brindaba seguridad, afecto y protección al que recién arrancaba. Parecía que la experiencia había nacido con él, aunque era apenas unos diez años mayor que nosotros, que estábamos terminando la escuela.

Recuerdo que un tiempo antes de aquellos encuentros, se nos había hecho costumbre, con la abuela Celia, escuchar todas las noches su programa: “Latinoamérica y su Folclore”, por lo que su voz, su forma de decir y su compromiso con la música popular uruguaya nos era familiar casi que desde siempre. Esperábamos cada noche el aire fresco de aquella ele larga y grave, profunda, que nos permitía ir al circo con el niño humilde o imaginarnos como sería Punta del Diablo y su lucha, en la voz de Carlitos Benavídes, o perseguir un Tatú con Los Eduardos, o domar el Plata con el sabalero de El Sabalero (no es redundancia).

Cuando en el 82, con nuestro padre, el Poeta Lirio Azul, empezamos el programa “Cantares y Poemas de Nuestra Tierra”, nos reencontramos. Ahí nació una amistad que nunca se perdería, entre mi familia y el Quique Langone. No fue el único operador que estuvo con nosotros. Pasaron muchos en los dieciocho años que duró, entre los que estaba él. Pero un domingo cualquiera, a continuación de nuestro programa, empezó una de sus más bellas aventuras: “El Despertar de Nuestra Tierra”. Desde ese momento fue casi siempre el operador que nos tocó.  O mejor dicho, el compañero que la vida nos regaló. Ahí aprendimos más sobre su compromiso, sus conocimientos y su enorme calidad de ser humano. Para él era tan importante nuestro programa como el suyo y le ponía la misma entrega, la misma pasión, el mismo amor.  ¡Si nos habrá felicitado, dado fuerzas, reprendido, corregido! Un Maestro, un Hermano de la vida. El Mago, le decía Ney Belzarena. El Mago, le quedó para siempre. Un tipo de un talento inmenso, de una voz privilegiada y de una sensibilidad humana como las que Quique exhibía, desde su altura de hombre sencillo, no puede producir otra cosa que magia. Una magia capaz de convocar a una gigantesca audiencia cada domingo, o en las noches de la semana, alrededor de un aparato de radio, aún en tiempo de redes y plataformas. Porque cuando alguno de nosotros le pedía “Dispara” por Pareceres, o la “Milonga del Fusilado” por los Olimareños, no era, ya,  por las simples ganas de escuchar esas canciones, que están en cualquier plataforma. Era por escucharlas todos juntos, alrededor de su mesa, con él, anunciadas por su voz.

Lo vimos en cientos de festivales, eventos solidarios, galas, manifestaciones, actos del 1º de mayo, carnavales, actos en comités, siempre aportando su talento y calidad. A veces, trabajando; otras veces poniendo el hombro solidariamente; otras, militando. Siempre con la misma altura, la misma calidad profesional, la misma entrega.

Lo vimos también cantando en las tablas, con su querida murga “Guarda el Pomo”, demostrando que su voz única también podía convertirse en notas aladas en las noches de Momo.

Desde hace unos cuántos años, su voz y sus programas enriquecían el aire a través de la radio comunitaria La Otra. No éramos pocos los que nos sumábamos, a la distancia, a la gran audiencia que tenía en Paysandú y su zona. Algunos volvíamos a Paysandú, a nuestras calles, a nuestra gente, de su mano, cada domingo.

Yo siempre le dije hermano. Él a mí, también. Pero no puedo ni quiero hacer aquí un elogio a mi propio ego. El Quique era hermano de muchas, de muchos. Era la voz hermana que abrazaba a los que están solos en la madrugada, a los que escuchaban, solitos o acompañados, en las mañanas domingueras, “desde el amargo a la amarga”. Era tan hermano de todas y todos, que su propia audiencia le llenaba las redes sociales de publicidad, anunciando que empezaba el programa. Era tan hermano de su gente, que ayer hubo cientos de abrazos, homenajes, recuerdos, anécdotas inundando las redes sociales de los sanduceros. Era tan hermano nuestro, que el miércoles a la tarde, a muchos, se nos rompió en pedacitos el alma.

Sé que estas palabras carecen de todo rigor profesional. Aún estoy, estamos, lidiando con un profundo dolor, con una tristeza infinita. Por eso voy a terminarla por acá, por hoy. Porque mucho hablaremos y escribiremos acerca de Luis Enrique Langone.

Abrazo desde acá a su familia, me pongo a sus órdenes, como lo hizo siempre él —que fue tan buen amigo, como fue buen hijo, padre, hermano, abuelo.

La tarde de su partida, un amigo, Marcos Laurino, publicó en Facebook el más bello homenaje que se le puede hacer a un ser humano como él.  Fueron sólo siete palabras, que me siguen llenando los ojos de lágrimas:

“Quique: pasame Hasta Siempre, por Los Olima”

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