Escribe Diego Cardozo

La historia oficial cuenta que el 4 de noviembre del año 2007 un hombre desapareció. La esposa realizó la denuncia que le fue respondida casi nueve años después. De manera cruel aunque necesaria, están las preguntas de toda una familia.

Un vecino concurrió a una charla programada con el Jefe de Policía de Paysandú en un centro educativo (liceo número 4). Cuentan algunos testigos que el hombre fue “directo al hueso”, como suele decirse.

-Señor, escuche. Y escuche bien: mi vecina anda en las madrugadas desenterrando restos fósiles.

No avizoró ni una pizca de incertidumbre o desconfianza en el rostro del jefe. Desde ese momento dieron inicio las investigaciones.

Efectivamente en aquella zona, nueve años atrás como ya mencioné, una persona de sexo masculino había desaparecido. Seamos más precisos: barrio Artigas. Paysandú. Calle Número Uno.

Una mañana cerca de las ocho, Rafael Maciel se dispuso a comenzar su jornada laboral como repartidor de productos lácteos. Pero el destino quiso torcerse cuando se topó con su inquilino, Néstor Darío Samudio Sánchez.

Ambos mantenían desde hacía varios meses una relación con ríspidas discusiones de “vos sos esto” y “vos lo otro”.

Maciel escribiría su nombre en la crónica roja la vez que golpeó a Samudio. Lo vio caer y escuchó el ruido tosco del hueso que se quebró cuando su cabeza impactó por última vez.

-¿Y ahora qué hago? ¡La que me mandé! ¿Por qué, virgen? ¿Por qué?

Los dedos se metieron en el pelo y lo tiraban con la fuerza de la mano desesperada de alguien que ya era otro. Si. Ahora Maciel era un asesino.

A continuación leerán lo que ese hombre me contó. No sé si es verdad pero es su verdad.

El clima pesado aplastaba las sienes, el sudor se pegaba en la ropa, el andar de pies de plomo. Pensé, no sé por qué, que la atmósfera era ideal para que un asesino reciba a alguien y le cuente si historia.

Ustedes no imaginan aquella experiencia.

-Hola Rafael. ¿Qué cuenta? ¿Hoy sí podemos hablar tranquilos?

La nochecita anterior un amigo profesor que conoció a Maciel en la cárcel me había puesto en contacto con él. Me hizo un lugar en su agenda de días en blanco para el viernes.

Rafael había sido boxeador y su físico era como de galán de las telenovelas que mi madre mira en la tele.

Abrió la puerta de su garaje.

-Pasá Dieguito. Dale, que tengo hambre y ganas de hablar con vos. Metele que los chorizos están prontos.

Era así. Un asesino me estaba invitando a compartir choripanes. Sentí una incómoda sensación y el estómago me lo decía. Almorzaría a una hora tardía para mí pero bueno, era su rutina y ¿cómo alterarla? Ingresé por aquel pasillo y lo escucho decir, con helada naturalidad:

– Mirá gurí, mirá. Acá. Acá le pegué. Pobre loco che, qué desgracia che.

Fue en el años 2016 cuando los focos de las luces tan policiales llegaron a nuestro barrio. Ese hombre que me invitaba a comer y a tomar gaseosa había confesado ser un homicida. No esperé más.

-Rafael ¿se acuerda el nombre de aquel muchacho?

-Sabés que no, Dieguito. No. Cuando me esposaron cerré los ojos y me olvidé de muchas cosas

-¡Pero Rafael! Usted mató un hombre y era su amigo. ¿Cómo no se acuerda el nombre?

Fue cuando Maciel se puso firme, simulando seguridad, como provocando un roce casi indivisible entre la mentira y la verdad.

-Que no, Diego. No me acuerdo. Yo caí – dijo Maciel- porque un tarado tiró verde para recoger maduro. El que se hacía eco de las dudas era yo en ese momento.

-A ver, Rafael. Cuente lo que tenga que contar. Lo lo escucho.

-Mirá. Un día de tarde yo estaba acá manso cuando de repente veo patrullas por la ventana y dije “bueno Rafael, llegó la hora”.

-¿Usted era consciente que la policía venía para entrar acá y buscar un cuerpo?

Dibujó una sonrisa irónica.

-Pero claro mi negro. Yo maté, si claro. Este hombre de un día para el otro paso de no sér nadie a tener casi todo. Era un pobre infeliz.

-¿En qué sentido era un pobre infeliz?, pregunté.

Otra vez esa risa que ya era aliada de la charla.

-Imagínate. No tenía ni para los puchos y un día aparece con buena ropa. Claro, ya no solo no me pagaba su estadía acá sino que también me retiró el saludo. Fue ese el detonante de la ira, en mi análisis. ¿Que ni un “buenas que contás” se apareciera entre ambos. El, que me daba, entre charla va y viene, consejos de vida.

Se acomodó en el banquito de madera, colocó su mano sobre la rodilla y me miró como molesto.

– Mirá Diego. Te cuento así corto ¿tamo? Yo me lo crucé, ni me saludó y se puso de guapo cuando le pedí que me pagara. Y sí, fue lo que pasó. Lo maté.

Siempre se comentó que en un principio, Maciel había ayudado en la búsqueda. Cuando le consulto responde:

-Yo no. Creo que ni la familia lo buscó. ¿Sabés lo que hice? Lo dejé en el sótano bien tapado y esperé la madrugada para tirarlo al río, así que tenés material de laburo ahora ¿no gurí?

Y como si fuera otro, dice – comé, dale, que se enfría. Dale, hermano.

Rafael Maciel no fue nunca una amenaza para mí. Al contrario. Ese era un momento especialmente esperado para hablar con el asesino de mi barrio. Quería saber qué pasaba por su mente.

-Rafael, usted reconoce ser un asesino claramente pero eso de que tiró huesos al río… ¿Cómo llega a la policía? Porque si no se sabía ese accionar suyo hasta el día de hoy, no se hablaría del caso.

Acomoda el otro brazo para descansar el otro y responde.

– Mirá. No tiré huesos al río. Tiré un fiambre ¿entendés? Acá siempre se sospechaba de mi porque el pobre muchacho y yo éramos en algunos momentos íntimos amigos y después tuvimos esos cruces.

Rafael insiste en demandar al vecino que lo delató.

Hay dos asuntos. Una duda y una venganza: saber por qué los restos humanos nunca se encontraron en su casa y la segunda cosa es sentir el placer de ver a ese vecino frente a un juez.

-¿Su madre vive?

Creí ver sus ojos humedecidos, como ardientes de tristeza contenida. Baja el tono de voz.

-Sí. Pero está muy mal

-La madre de la víctima murió sin saber qué fue de su hijo, ¿sabía usted?

Compartimos un instante de tristeza pero que en Rafael fue nada porque afloró esa frialdad que yo honestamente esperaba.

-¡No me digas! Mirá vos. Y bueno… la vida es así mi viejito.

-Que la vida es así. Que uno comete un error tal como matar a alguien ¿y ya está, Maciel? ¿No le dio para entregarse?

– Así es la vida, responde alterado, dejando de lado sus cubiertos.

– Si. Pensé en entregarme. Yo pasaba por la cárcel y sabía que en ese lugar tenía que estar. Me condenaron a veinte y estuve siete años que me recortaron por buena conducta.

De repente se para, camina hasta su heladera y desliza la mano por la puerta como acariciándola.

-Estoy arrepentido, te lo juro. Pero no me entregué por mi hijito. Arrepentido estoy y créeme que mucho.

La conversación comienza a ser un monólogo. Cuenta todo acerca de la famosa jerga rumbera y en ese palabrerío dice querer pedirle perdón a la familia de la víctima. No por haber matado, sino por tirar el cuerpo al río.

Como quien no quiere la cosa, promediando las cinco de la tarde se va despidiendo. Antes, me muestra sus máquinas de panadería, me da la mano y noto en su mirada una frialdad sincera.

Elijo quedarme con esa frialdad, esa sinceridad.

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