Por Horacio R. Brum

El Departamento de Justicia de los Estados Unidos ha iniciado el que podría ser el juicio del siglo contra una empresa de tecnología digital, al acusar a Google de abusar de su posición dominante para perjudicar a sus competidores. La acusación está centrada en que esa empresa firmó contratos millonarios con compañías como Apple, Samsung, o Mozilla (del buscador Firefox), para que el buscador Google sea la opción predeterminada por la configuración original de los navegadores web. No obstante su importancia, éste es apenas uno de los miles de casos de denuncias de abusos de todo tipo que existen en el mundo de la tecnología digital, denuncias que por lo general son desestimadas en nombre de los supuestos beneficios que ella ha traído a nuestras vidas.

Las tecnologías digitales son como la energía atómica: a pesar de los horrores de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki y la carrera nuclear de las grandes potencias, en los primeros años de su desarrollo fue promovida como una nueva forma de mejorar la vida de la Humanidad. Se destacaron sus beneficios para la supuesta cura del cáncer, para generar electricidad barata y limpia, y para revolucionar las formas de transporte. En un alarde muy argentino -que terminó en el ridículo-, Juan Domingo Perón dijo durante su segundo gobierno que la energía nuclear se vendería al público “en botellas”. Perón gastó cientos de millones de pesos, cuando el peso argentino era fuerte, en los experimentos realizados por uno de los tantos técnicos y científicos nazis que trajo al país después de la Segunda Guerra Mundial, pero el proyecto se convirtió en un fiasco.

Aun así, la Argentina tiene hoy varias plantas nucleares que alimentan la red eléctrica y poco se discute sobre dónde van a parar sus residuos de combustible, o qué pasaría en el caso de un gran accidente. Conviene anotar que Atucha, la principal de esas centrales, está sobre el Paraná a poco más de 100 kilómetros del centro de Buenos Aires y a una distancia similar, a vuelo de pájaro, de Uruguay, a la altura de Nueva Palmira.

Cuarenta años atrás, en 1983, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos creó la red Arpa Internet, a partir de un sistema de comunicaciones desarrollado por la Advanced Research Projects Agency (ARPA), el cual debía garantizar el contacto sin interrupciones entre las Fuerzas Armadas en el caso de una guerra nuclear. Pocos años después, la que entonces se denominó simplemente Internet fue librada al uso civil y fue la base de la revolución digital: en 1993 había apenas 100 sitios o World Wide Web Sites y cuatro años más tarde existían más de 200.000. El fenómeno fue acompañado de la invención de todo tipo de aparatos para facilitar su uso y combinarlo con otras formas de comunicación, desde los tablets hasta los teléfonos “inteligentes”; después llegaron Facebook, Instagram, las aplicaciones o “apps” y todos esos artilugios que, supuestamente y como la energía atómica, iban a mejorar nuestras vidas. Sin embargo, a cuatro décadas de la generalización del uso de Internet, hay razones para tener presente lo que Sellafield, Three Mile Island, Chernobyl y Fukushima han significado para la energía nuclear: unos desastres que amenazaron a la Humanidad con daños infinitamente peores que los beneficios.

Hoy, las mal llamadas “redes sociales” facilitan la difusión de todo tipo de informaciones alarmantes o derechamente falsas, además de ser instrumentos para destruir carreras y reputaciones, a partir de rumores y mentiras. Los políticos se insultan impunemente en los 140 caracteres de un Tweet, destruyendo la calidad del debate democrático, en tanto que el periodismo ha perdido su función de filtro entre verdades y mentiras e incluso se vale de las “cloacas” sociales como fuentes de información.

Desde la pedofilia hasta la prostitución y la pornografía, Internet es el vehículo de difusión de todo tipo de perversiones y vicios sociales. Algunos estudios hechos en Estados Unidos y Europa indican que hay por lo menos 25.000.000 de sitios pornográficos y la industria pornográfica de Internet mueve en todo el mundo más de 5.000 millones de dólares. Además, todos los días hay 116.000 búsquedas relacionadas con pornografía infantil, y por la debilidad de los controles, la edad promedio de los niños que ven por primera vez porno en la red es de 11 años. Según una columnista de psicología del diario argentino La Nación, “por primera vez en la historia de la Humanidad, los adultos nos tenemos que ocupar de regular el acceso de nuestros chicos al material de contenido erótico/sexual que hoy está a su alcance”. A la consulta psicológica -expresa la psicóloga Maritchu Seitún-, hoy llegan padres y autoridades de colegios preocupados “por chiquitos de 7 u 8 años que fueron encontrados mirando pornografía en la computadora de la escuela o de su casa”. Esto está alterando el desarrollo de la sexualidad de los niños como nunca antes.

Por otra parte, existe una Internet sin control alguno, conocida como Dark Web, mediante la cual se comunican individuos que trafican pornografía infantil, drogas, armas, órganos para trasplantes, personas y todo aquello que antes, por requerir de redes físicas, era más vulnerable a la detección por parte de las autoridades. El terrorismo internacional se mueve casi impunemente en esta parte de Internet, para difundir con total libertad sus mensajes más brutales, como los degollamientos hechos por los extremistas islámicos del grupo Isis. La Dark Web es también un ámbito favorable para los “hackers”, esos otros delincuentes cuya existencia es un producto directo de la difusión de las tecnologías digitales. Abundan los ejemplos de la interferencia delictiva de los “hackers” en la vida diaria de los usuarios de Internet; un ejemplo reciente es la penetración en la enorme base de datos del PAMI, la institución que atiende las necesidades de los jubilados argentinos. En agosto, los delincuentes se apoderaron de una parte de esa información y exigieron 650.000 dólares para devolverla. Como amenaza, comenzaron a publicar en la Dark Web datos que iban desde fichas médicas hasta recetas y durante varios días el PAMI tuvo que suspender los servicios a sus dependientes. Hasta ahora no se aclara si las autoridades pagaron el “rescate”, pero lo cierto es que, en lo que va del año, Argentina ha sufrido unos 1.200 millones de intentos de ciberataques.

La precarización del empleo mediante las llamadas empresas de plataforma es otro efecto de la difusión de las tecnologías digitales y su mejor símbolo son los choferes de Uber y los repartidores de Rappi, Pedidos Ya (de origen uruguayo) u otras compañías que evaden impuestos ubicando sus sedes en paraísos fiscales y cotizándose en miles de millones de dólares en la bolsa de Nueva York, mientras pagan unos pocos dólares a sus trabajadores. Estas empresas han concretado el sueño neoliberal de contar con personal sin salarios fijos ni beneficios sociales, que puede ser despedido en cualquier momento sin pagar compensación alguna. Lo mismo sucede con la modalidad del Home Office o trabajo en la casa, empleada para dar a los contratos una flexibilidad que no tenían cuando el trabajador estaba en una oficina y a la vez conseguir que el mismo esté disponible virtualmente 24 horas. Todo esto ha sido disfrazado de modernidad y, en especial entre los jóvenes, pasa por ser una forma de liberarse de las rutinas. En otro vínculo con la política, no es casual que Javier Milei, el candidato presidencial que en Argentina ha roto todos los esquemas y pronósticos, esté haciendo campaña entre los repartidores. Milei se propone imponer en su país un sistema neoliberal extremo, similar al de los primeros tiempos de la dictadura chilena, pero vende el discurso de “la libertad”, que compran en forma acrítica quienes tienen que pasar todo el día pedaleando para ganar el sustento o aquellos que, cansados de una jornada de trabajo regular, se suben a un auto (con el consiguiente riesgo para su persona y los pasajeros) y ejercen funciones semiclandestinas de taxi.

En todo esto está el meollo de la discusión sobre el paraíso que nos prometen los promotores de las tecnologías digitales, que cada vez que apretamos una tecla en la computadora o usamos el celular se apoderan de nuestros datos y hacen miles de millones de dólares comerciando con ellos. Si de libertades se trata, es innegable que estamos entregando a unas pocas empresas e individuos un poder para condicionar la vida de cada uno de nosotros que hubiera sido la envidia de Joseph Goebbels, el infame ministro de propaganda de Hitler.

Hablar de cómo el uso de los celulares ha deteriorado la intimidad, la cortesía o la discreción, de las serias dudas que están surgiendo respecto del uso de ellos y otros aparatos digitales en la educación o de cómo el acto social que significaba ir al cine o a un concierto ha desaparecido bajo el impacto de Netflix o la música “on line” da para mucho más que el espacio de este artículo, pero, como decía aquel personaje de los tiempos en que solamente la televisión era la tecnología que dominaba nuestras vidas: ¡Y ahora, ¿quién podrá defendernos?!