Escribe Diego Cardozo
En la mañana del 9 de mayo de 1989 la historia más cruenta de la crónica policial uruguaya se comenzaba a escribir. Pero primero conozcamos a la familia Baccino.
Con sus más supuestas sombras que luces podemos entender un desenlace fatal. Producto de la relación entre Leo Baccino y Martha Sequeira llegarían al mundo dos niñas Sandra y Silvia.
Siempre se vio a la familia Baccino como una familia modelo, vivían en un apartamento ubicado en el barrio sur de Montevideo más precisamente en la calle La Cumparsita.
Sandra, rozando los veinte años se cruzaría a la salida de un boliche bailable con Leonardo Di Leonardi, un joven de clase media, que para aquel entonces tenía veintiséis años.
La vida de Leonardo había transcurrido de manera normal hasta que sus padres, cuando él tenía quince años, se divorciaron.
Los destinos de Sandra y Leonardo coinciden y para principios de 1989, el amor los encuentra y lo plasman en el matrimonio.
Desde un principio la familia Baccino desaprobaría esta relación pero eso no impidió que el joven matrimonio se “apropiara” de la familia de Sandra ubicada en el Balneario Marindia de Canelones, acción que causaría el empeoramiento de las relaciones entre los progenitores de Sandra y su matrimonio.
Pasaban noches de total alcoholismo e invasión de drogas que desencadenaban en amaneceres trastornados de pensamientos donde la sangre y el odio se daban la mano. Fue así que en la mañana del 9 de mayo de 1989, Sandra, en un estado de trance total por causa de la cocaína se dirige hacia el hogar paterno y mantiene una discusión enérgica con su madre.
Transcurren las horas desde su regreso hacia la casa ocupada junto a su esposo y aquellos, llamemos, momentos de discusiones y pasiones encontradas con su progenitora, hasta el instante en donde procede a servirle un vaso de whisky a su esposo, mirarlo fijamente a los ojos y decirle una frase:
“Mi amor, mi viejo me arruinó la existencia”.
Su amada, le agarra fuerte la mano y en tono prácticamente de orden, lo invita para que la acompañe hasta el apartamento de sus padres para llevar a cabo un plan en que el derramamiento de sangre se tornará protagonista principal.
Se dirigen Sandra y Leonardo hacía el apartamento del barrio sur ubicado en la calle La Cumparsita donde tras tocar el timbre, Martha Sequeira corrobora por rejilla que su hija mayor está tras la puerta. Le abre y esta última no mide palabra con su progenitora y procede a golpearla fuertemente en la cara con un golpe de puño, Leonardo se hace presente en la escena, y con sus propias manos ahorca a su suegra y de manera instantánea le quita la vida.
Advertido por los ruidos y el alboroto total, Leo Baccino sale de su habitación y al ver la macabra escena donde ya su esposa yacía sin vida intenta oponer resistencia a un ataque inminente de parte de su hija y su yerno pero tras una fugaz discusión es fuertemente golpeado y pierde la vida al igual que Mirtha.
Sandra y Leonardo estaban convertidos en dobles homicidas y no dudaron en trasladar los cuerpos al sótano del departamento, allí los dejaron para luego dirigirse a la cocina y sin siquiera lavarse las manos para ocultarse, se sentaron a beber whisky y esperar a Silvia, la hermana menor de Sandra.
Pasado el mediodía en el que hasta un día atrás era un comedor habitado quizás por almas que querían seguir viviendo y soñando; ahora el clima era el más horroroso de todo un barrio que aún no se percataba de lo que allí acontecía.
Suena el timbre, de repente, quién abre la puerta es Leonardo, Silvia al ver a su cuñado, se sorprende y casi de inmediato es abordaba por este y su hermana, quiénes al igual que con sus padres, la golpean hasta que pierde la vida. Su cuerpo también es trasladado al sótano para que decore aquella jornada con la que será la última muerte, convirtiendo a la familia Baccino en un apellido marcado por la sangre y el horror.
Ahora que la tarde empieza a dar su estocada final entre el frío y la incertidumbre, el joven matrimonio que pasó de un momento al otro al homicidio y la no piedad, se debate en que pasos seguir para no caer por lo que han cometido.
Es ahí cuando Sandra tiene una idea, idea que será la que marcará el fin para todo este cuento real y trágico:
“Vamos a hacer que esto pase como un robo, amor!, total, los viejos tenían plata, va a pasar como un intento de robo, ahora nos vamos, compramos nafta en la estación, volvemos y prendemos todo fuego; no nos van a agarrar ni en mil años”.
Y así fue, se dirigen a una estación ubicada a tres cuadras, compran nafta en un bidón. A todo esto se encontraban sobrepasados de drogas y alcohol, vuelven al apartamento, esparcen todo con nafta y Leonardo tira un fósforo que desencadena un incendio.
Lo que parecía ser un plan perfecto para los dobles homicidas resulta que luego que se produjera el incendio y el edificio fuera evacuado, la policía encuentra en aquel apartamento los tres cuerpos y previo a notificar a la última sobreviviente de los Baccino, una vecina declara a la policía de investigación, que había visto a Sandra y a su esposo entrar al departamento y hora más tarde saliendo y volviendo a ingresar con un bidón que llamaba la atención.
Sin muchos más preámbulos, el círculo se cierra, la policía se pone a disposición de interceptar al matrimonio y los detiene mientras tomaban café en un bar ubicado a pocas cuadras del lugar, también según testimonios recabados. Habían estado en aquel bar durante muchas horas mientras salían a fumar, recorrían la manzana y volvían.
La pareja es trasladada a dependencias policiales a declarar, cada uno por su lado. La policía en las primeras pericias llevada a cabo con los bomberos, determinaron que aquello no era precisamente un robo, y de inmediato ponen contras las cuerdas a Sandra, indagándola y prácticamente acusándola de ser partícipe principal de aquellos tres homicidios. Ella ni se inmuta, mira fijo a los ojos a los investigadores, pero en otra habitación, Leonardo en cambio se quiebra y confiesa:
“¡Fuimos nosotros! Les tocamos fuego, es que Sandra me dijo que su padre desde que tenía ocho años, la violaba y que ahora después de mucho años seguía el mismo camino con Silvia, a ella no hubo otra opción que matarla”.
Sandra Baccino se seguía negando a confesar o aportando cualquier dato que ayudara a la causa, de repente su esposa aparece por una puerta y esposado le ruega que confiese y terminé con todo aquel calvario en el cual estaban sumergidos hacía prácticamente un día.
Y así Sandra apaga la colilla del último cigarrillo, y dice:
“Bueno, está bien, lo que dice el muchacho es la realidad”.
Dos días después son trasladados para realizar la reconstrucción del hecho y la mirada de los vecinos es de total horror, y la reacción es de total desprecio para una parricida y un triple homicida.
Un año después, llegan las condenas las cuales son de 30 años para Sandra y de 28 para Leonardo, en la actualidad, ambos se encuentran en libertad.
Aparece para el fallecido padre de Sandra una acusación despreciable, ella hasta el día de hoy sostiene que su madre encubrió todo, ahora bien, la pregunta es ¿Cómo una niña y un prácticamente niño tuvieron esa decisión a rienda suelta de los instintos asesinos que salieron a ver la luz en un momento de furia total?
La acusación que la fiscalía instaló sobre Sandra y su esposo fue que intentaron quedarse con propiedades de su familia, incluyendo la casa incendiada y el complejo en el balneario Marindia, pero sea como sea, el final fue el mismo, sangre y maldad envueltos en una mezcla letal que convirtió al triple crimen del barrio sur en lo que también se conoce como el peor parricidio del Uruguay.