Escribe Eduardo Rodríguez
Marta Rubí (64 años) y Jorge Gutiérrez (62) son pareja desde hace 23 años y esposos desde hace dos. Unieron su vida en zona metropolitana donde se mantenían, básicamente, haciendo clasificación de residuos reciclables y, en particular, comercializando metales que hallaban en la basura. La falta de vivienda los llevó a construir un rancho en una zona marginal de la capital en la que se les hizo imposible permanecer por lo tormentosa que resultaba la convivencia. “A nosotros no nos gustan los problemas, así que cuando la cosa no da para más agarramos nuestras cosas y nos vamos, siempre en paz”, dice ella.
Durante poco más de una década se movieron por diversas ciudades y pueblos con el rumbo puesto en el norte, concretamente en la ciudad de Guichón. Resulta que Jorge tenía como proyecto de vida recuperar el campo que perteneció a su abuelo, “un gallego que se hizo de la nada, que se revolvía en un montón de cosas y supo hacerse de esa tierra, y de la cual se asumía como el único heredero. De hecho Jorge se crió en esa zona de Paysandú hasta que, por diversas razones, la vida lo llevó lejos. Literalmente caminaron, caminaron mucho, aunque Marta no tanto porque su esposo se ingenió para construir lo que denomina como “el tráiler”, básicamente un carrito, sobre el que ella marchaba dado que tiene “problemas de cadera”, además de diabetes, algo de sobrepeso y otras nanas. Un burro, sobre el que marchaba el hombre, tiraba el carro. Pero en alguna parada “nos robaron el burro”, lamenta el hombre que durante largas decenas de kilómetros impulsó su invento a pulso, con su fuerza, a pesar de una seria afección cardíaca, entre otras enfermedades.
Esta historia, que parece superar la ficción, podría tener un final feliz con la imagen de la pareja llegando en aquellas condiciones a la chacra del abuelo gallego, en Guichón. Pero no, cuando Jorge hizo algunas gestiones en procura que asumir lo que reivindica como suyo se encontró con que “el campo fue rematado y tiene nuevo dueño”. Un par de lectores de 20Once que desde la “segunda capital del departamento” vieron el video en el que los protagonistas de esta situación cuentan sus vivencias se comunicaron con la redacción para dejar constancia de que en la zona no son extraños esos casos y aportaron algunos datos en los cuáles oportunamente profundizaremos.
Sin la ansiada tierra, perdido el sueño que los impulsó, emprendieron rumbo a la zona de Porvenir “porque yo sé hacer ladrillos y se nos ocurrió que capaz acá podía armar un horno”, dice el hombre que enumera conocimientos de varios oficios. Volvieron a la ruta, “haciendo de a 3, 5, 8 o a veces más kilómetros, lo que podía”, cuenta él que seguía impulsando el rodado en el que se movía la señora. “La Policía Comunitaria nos iba contratando hasta que decidieron traernos, tenían miedo por el peligro de la ruta 90 y porque capaz nos moríamos de frío esas noches de invierno tapados con unas bolsas”, detalla Marta.
Llegaron a Porvenir hace poco más de medio año y se instalaron en la zona conocida como “la lata”, en la entrada por ruta 3. “Ahí se arrimó un vecino diciendo que nos iba a dar una mano y nos tuvo en la casa un tiempito”. Otra vez eligieron irse “sin hacer problemas” cuando entendieron que el hombre pedía colaboraciones para la pareja pero las usufructuaba para sí, de hecho desde entonces Marta perdió “la tarjeta del Mides” que era utilizada por los dueños de casa.
No les quedó otra que “armar rancho” en la calle, contra el alambrado y bajo un árbol no muy alto de una arteria que en realidad es pasto y se transforma en “un barrial” aun con lluvias no muy importantes, a pocos metros de la evacuación de una las piletas de decantación, unas cinco cuadras al sur del casco urbano de Porvenir. Palos, nailon y una montonera informe de cosas dan abrigo a esta pareja de veteranos que no sabe qué ni cómo hacer para salir adelante. Es cierto que el hombre fue integrado a un plan de actividad laboral que ejecuta el Ministerio de Desarrollo Social pero está claro que eso no cambiará la historia. Dicen que comen todos los días pero “administrando”, eso incluye echar mano a “las mejores verduras que un vecino tira a los chachos”. Valoran las ayudas de los vecinos “mucha gente buena” que asiste con algo. El baño es una lata. Una familia que vive a unas seis cuadras les da el agua. ¿Qué precisan? todo, literalmente todo.
“Vengo de la pobreza, siempre fui pobre, me crié así”, dice Jorge como si eso sirviera para entender y explicar su situación actual. Ella habla de sus varios pesares y de “un gran error”; ocurrió que ultimó a un hombre con el que convivió “descontrolada” por “la violencia y el abuso que nos hacía a mí y a mis cuatro hijas”. Pagó su culpa con casi cinco años de cárcel. A la salida ya pudo reencontrarse con sus hijas. El hombre también tiene un hijo “de una pareja anterior” al que no ve hace años “porque no tengo para pagar el pasaje y tampoco nada para llevarle”.
Están ahí, a unos 15 kilómetros de la ciudad, intentando sobrevirir, cerca de todo y lejos de todo. Parece que condenados a morir en la más profunda miseria material aunque quien los conozca encontrará seres que dicen estar aprendiendo, que viven “con alegría y agradecidos a Dios”.
