Por Horacio R. Brum
500 kilómetros al sur de Santiago de Chile existe un club de fútbol igual a Peñarol; igual, en los colores de su camiseta, porque el Club Deportivo Almirante Arturo Fernández Vial no tiene ni por lejos el mismo palmarés de triunfos del equipo uruguayo. Lo de los colores obedece a que también el Fernández Vial surgió en un ambiente ferroviario -donde el amarillo y el negro se empleaban antaño en la señalización y las máquinas-, entre los trabajadores de los ferrocarriles que abastecían la base naval de Talcahuano. El almirante Fernández Vial intercedió por ellos durante una huelga, en 1903, y por eso los ferroviarios agradecidos pusieron su nombre al equipo, que se creó en ese mismo año. Un dato anecdótico es que, a fines del siglo XIX, el marino fue agregado naval en la representación de Chile en Uruguay.
Eterno aspirante a campeón de la Primera División nacional, el “Vialito”, como lo llama con cariño su hinchada, no ha logrado más que un título de la Segunda y algunos otros certámenes menores. Sin embargo, mantiene los afectos de su gente, principalmente entre las clases populares de Talcahuano y la cercana ciudad universitaria de Concepción. El problema es que hoy esos afectos están divididos, porque hay dos Fernández Vial: el Fernández Vial Sociedad Anónima Deportiva y la Corporación Club Deportivo Arturo Fernández Vial. En 2011, un grupo de hinchas y directivos resolvió crear la sociedad anónima deportiva, como un medio para sanear deudas y mejorar la competitividad al nivel nacional, bajo los términos de una ley que ideó el empresario Sebastián Piñera (dos veces presidente de Chile por la centroderecha) y promulgó el mandatario socialista Ricardo Lagos en 2005.
Desde entonces y por la disconformidad de otros hinchas y directivos, la identidad del Fernández Vial ha estado en disputa en los tribunales, con el resultado práctico de que el club, o los clubes, han estado pasando de la asociación chilena del fútbol profesional a la del deporte amateur y hasta la fecha no se sabe cuál de ellos podrá competir en la Tercera División.
Esa es una historia pequeña, comparada con el virtual escándalo que estalló unas semanas atrás, por la intervención de las autoridades en el grupo de inversiones financieras Sartor. La Comisión para el Mercado Financiero (CMF) informó que Sartor había realizado operaciones para el beneficio único de sus directores y algunos accionistas mayoritarios, lo cual viola la Ley Única de Fondos. Por ello, la CMF ordenó la liquidación de la empresa, lo cual tuvo repercusiones en el mundo del fútbol, porque Sartor poseía la mayor parte de las acciones de la SAD Azul Azul, que controla a Universidad de Chile, uno de los equipos más fuertes y tradicionales del país. Por los puntos oscuros del caso, la propia rectora de la universidad está considerando la posibilidad de quitar al cuadro el derecho de usar el nombre de la institución educativa; además, en el poder legislativo hay gestiones para revisar de ley de las sociedades anónimas deportivas y acabar con vicios como que haya inversores con intereses en varios clubes o la presencia de los agentes de los pases de los jugadores en los directorios. Varias investigaciones periodísticas han revelado que en el negocio de las SAD son comunes las compras mediante testaferros (llamados en Chile “palos blancos”), usualmente abogados, que operan para individuos que con frecuencia son extranjeros y mueven fondos de orígenes no muy claros. Los negociados también se dan entre el empresariado nacional: antes del escándalo de Sartor, el paquete accionario del grupo había pertenecido a Carlos Heller, miembro de uno de los grandes conglomerados empresariales, cuya propiedad más conocida es la de las tiendas de departamentos Falabella. Heller tuvo antes una larga disputa por el control de Azul Azul con José Yuraszeck, quien fue uno de los ejecutores del vasto programa de privatizaciones de la dictadura militar y, ya en democracia, fue llevado a la justicia por beneficiarse ilegalmente de la venta de acciones de Chilectra, la principal compañía de electricidad nacional. Heller tiene a su vez vinculaciones familiares y de negocios con Cecilia Karlezi, que en 2018 compró un porcentaje importante de las acciones de Universidad Católica, otro de los equipos tradicionales. Karlezi también estuvo envuelta en disputas judiciales por cuestiones financieras con el plantel médico de la Clínica Las Condes, un exclusivo establecimiento de salud del cual era propietaria y vendió recientemente.
De vuelta en Talcahuano y Concepción, el modelo de las SAD llegó en 2023 a otro club tradicional, el equipo de la Universidad de Concepción, la tercera más importante del país. Un empresario automovilístico basado en Dubai, que hasta esa fecha solamente había estado tres veces en Chile, adquirió la concesión por 25 años. Como sucede con el resto del fútbol nacional, casi todo en manos de sociedades privadas, el club Universidad de Concepción sigue a la espera de grandes triunfos, sin que su transformación en SAD haya significado cambios radicales en lo deportivo.
Con ese panorama, en Chile se mira atentamente la ofensiva del presidente argentino para imponer la privatización del fútbol en su país, que hasta ahora enfrenta una dura resistencia de parte de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Por el momento, Javier Milei cuenta con el apoyo de Talleres de Córdoba, un club de segunda línea, y el respaldo tácito de Juan Sebastián “la Bruja” Verón, que como presidente de Estudiantes de La Plata ha hecho un trato para recibir varios millones de dólares del inversionista estadounidense Foster Gillett. Según los medios argentinos, otro interesado en penetrar en el ambiente futbolístico nacional es Jorge Mas, el dueño del equipo de Miami que tiene por estrella a Lionel Messi. Mas visitó a Milei y también tuvo contactos con los representantes de Gillett. Por otra parte, Gillett ya estableció su presencia en Uruguay, con la concesión de Rampla Juniors de Montevideo.
CIPER, una organización de periodismo independiente chilena, ha investigado el mundo de las SAD y su conclusión es que el modelo ha fracasado en Chile y muchos otros países. Lo mismo afirma Ezequiel Fernández Moores, un columnista deportivo de La Nación de Argentina que se destaca por sus análisis críticos. Los negociados, los dineros de procedencia dudosa y la entrada en el ambiente deportivo de empresarios que poco tienen que ver con él, ponen grandes signos de interrogación sobre aquella frase de Maradona: “La pelota no se mancha”.



