Por Horacio R. Brum

Visitar en Berlín el Memorial a los Judíos Asesinados en Europa, más conocido como el Memorial del Holocausto, puede ser una experiencia sobrecogedora. Casi 3000 bloques de cemento grises, más altos que una persona, forman un laberinto en el cual se tienen sensaciones de encierro y de opresión, que llevan a imaginar el inmenso dolor de las víctimas de la barbarie nazi. Sin embargo, en Fráncfort hay otro memorial que hace que uno se sienta más cercano todavía a esas víctimas, porque ellas están identificadas con nombres y apellidos. No lejos del centro histórico y turístico de la capital financiera de Alemania, la calle Battonn bordea el muro del antiguo cementerio judío, en el cual están incrustados 12000 prismas de acero. Cada uno de ellos tiene la identificación de un habitante de la ciudad deportado a los campos de concentración y la fecha probable de su asesinato. De igual o menor tamaño, en todo el país hay monumentos que recuerdan el crimen más brutal cometido en la historia de la Humanidad.

Para la clase política alemana, ese crimen ha generado una deuda moral eterna con el pueblo judío y con el Estado de Israel, pero no siempre los gobiernos de Berlín diferencian entre ellos y el gobierno israelí de turno, lo que en la actualidad determina que la terrible venganza ordenada por Benjamin Netanyahu contra los palestinos, por las masacres que el grupo Hamas realizó el año pasado, sea juzgada con un doble estándar. Junto con Estados Unidos, Alemania es el principal proveedor de armas para las fuerzas armadas israelíes; durante los últimos dos años, los envíos superaron los 500 millones de dólares y van en aumento. Por otra parte, recientemente Berlín volvió a rechazar la propuesta española para que la Unión Europea implemente un embargo a los suministros de armamentos al gobierno de Netanyahu.

El nuevo Canciller (Primer Ministro) alemán Friedrich Mertz criticó hace unos días las operaciones militares que están arrasando Gaza con el pretexto de combatir a Hamas. No obstante, en términos de la opinión pública las autoridades intentan acallar las manifestaciones a favor de Palestina, con la excusa de que ellas fomentan el terrorismo de Hamas. En las marchas y los actos se controlan los discursos y las frases de las pancartas, lo que crea para los participantes el riesgo de ser procesados por antisemitismo o incitación al odio contra los judíos. Ese control llega al propio Parlamento, donde una diputada izquierdista de raíces turcas fue expulsada de una sesión por asistir con una camiseta deportiva con la palabra “Palestina”.

No corresponde en el caso palestino hablar de genocidio, si por esto se entiende el exterminio planificado de un pueblo o un grupo étnico. El único genocidio de la historia moderna lo sufrieron los judíos bajo el régimen de Hitler, pero tanto en Europa como en otras partes del mundo ha habido desplazamientos forzados de poblaciones, por causas que van desde el nacionalismo hasta la religión, con consecuencias trágicas. Un millón de muertos costó la partición del imperio británico de la India cuando, a partir de 1947, los habitantes musulmanes del territorio indio independiente (donde eran mayoría los hindúes) fueron expulsados hacia el Pakistán musulmán, y desde allí se obligó a salir a las personas de religión hindú. Antes, en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, turcos, griegos y armenios habían sido perseguidos y perseguidores en el Medio Oriente, y en el terrible invierno que siguió al fin de la Segunda Guerra, millones de habitantes de raíces alemanas de Polonia y la actual República Checa fueron empujados hacia la Alemania ocupada por los vencedores, con un saldo de cientos de miles de muertos de hambre y frío. El propio Winston Churchill autorizó el envío al agujero negro de la crueldad estalinista de miles de cosacos con sus familias, que habían luchado en los ejércitos alemanes con la esperanza de obtener una patria independiente de la Unión Soviética y al fin de la guerra se refugiaron en Europa Occidental.

El cautiverio en Babilonia, la esclavitud en Egipto y la Diáspora provocada por la ocupación de Jerusalén durante el Imperio Romano son desplazamientos forzosos que marcaron la identidad judía desde los tiempos prebíblicos. A esas tragedias se agrega la persecución que comenzó cuando el cristianismo, que fue en sus orígenes una secta perseguida, se convirtió en la religión de Estado romana y más adelante un Papa decidió que los judíos eran un “pueblo deicida”, por la supuesta complicidad en la muerte de Jesús. Por eso, se puede adjudicar a la iglesia católica el origen oficial del antisemitismo.

Ya en el siglo XX, la brutalidad del Holocausto hizo que cobrara urgencia la idea de un estado judío en lo que para muchos era la Tierra Prometida. Sin embargo, esa tierra tenía otros habitantes desde tiempos históricos, quienes se vieron abrumados y atemorizados por la llegada masiva de unos extranjeros dispuestos a imponer sus creencias y pautas culturales. Los choques violentos fueron así inevitables, porque cada parte reclamaba el derecho divino a habitar aquellos territorios y poco se puede dialogar cuando la religión confronta a la razón. Como en la India, Gran Bretaña desató otra tragedia al renunciar al mandato que la ONU le había dado para crear un estado judío y otro palestino. Los británicos se fueron, acosados por el terrorismo de uno y otro lado (varios de los padres del Estado de Israel estuvieron en su momento catalogados como terroristas por las autoridades británicas) y la agresión de algunos países árabes al naciente estado israelí provocó a su vez lo que para los palestinos es la Nakba, la gran catástrofe en la cual fueron perseguidos y obligados a abandonar sus terruños. En ese desastre cultural se plantaron las semillas de lo que para el mundo fue el “terrorismo palestino”, practicado hoy por grupos como Hamas. Estereotipados como terroristas, por culpa de las acciones de unos pocos, millones de palestinos volvieron a ser expulsados de los países donde habían buscado refugio, o masacrados en hechos como la matanza de Sabra y Chatila. En 1982, una milicia cristiana del Líbano entró a ese campo de refugiados -con la complicidad del ejército israelí que controlaba la zona, según lo determinó una comisión del propio gobierno de Israel-, y asesinó a miles de personas.

De acuerdo a los datos de las Naciones Unidas, unos cinco millones de palestinos están desperdigados por el mundo; en el marco de las operaciones militares en Gaza, que ya han costado unos 50.000 muertos, dos ministros de los partidos de fanáticos religiosos que integran el gobierno de Netanyahu fueron hace poco sancionados con embargos económicos por Gran Bretaña, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Noruega y otros países, por incitar a la expulsión definitiva de los palestinos. Una idea que con poco disimulo comparte el presidente estadounidense Donald Trump, el aliado más firme del régimen de Benjamin Netanyahu en el mundo desarrollado. Además, Trump persigue en su país las manifestaciones favorables a Palestina, principalmente en las universidades, con el pretexto de algunas agresiones contra estudiantes judíos.

En tanto que la comunidad internacional ya ha condenado al primer ministro de Israel por los hechos de Gaza, hay algunos sectores, principalmente vinculados a la derecha, que pretenden erróneamente identificar al gobierno de Israel con el pueblo judío y desestiman cualquier crítica como “antisemitismo”. Sin embargo, dentro de Israel hay otras opiniones. Para Alon Pinkas, ex jefe de gabinete del primer ministro Shimon Peres (premio Nobel de la Paz, fallecido en 2016 y el líder israelí que más hizo por la convivencia entre ambos pueblos), la guerra de Gaza se libra “sólo por la supervivencia política del señor Netanyahu…este es un gobierno que traicionó el compromiso con sus ciudadanos de hacer todo lo posible por liberar a los secuestrados…” En una entrevista con el diario argentino La Nación, Pinkas sostuvo que Netanyahu explotó políticamente la masacre cometida por Hamas, repitiendo con insistencia a sus votantes que ‘hay un estado de guerra permanente, que el mundo está en contra nuestro, que hay antisemitismo, que todos odian a Israel y solo odian a Israel porque no hago lo que quieren que hagamos y estoy decidido a terminar esta guerra’.

Ni una Palestina desde el Jordán hasta el mar, como dicen los extremistas palestinos, ni un Gran Israel como dicen los extremistas judíos, son el futuro de una tierra desangrada por tantos siglos. Mezclar la idea del derecho de Israel a defenderse, con el propósito de un dirigente político de mantenerse en el poder a toda costa no sirve a la búsqueda de la paz. Menos aun se logra con disfrazar de antisemitismo las críticas a un gobierno que tiene muchas cuentas por rendir ante su pueblo y la humanidad, y que acaba de crear otro foco de conflicto con el ataque “preventivo” a Irán.