Escribe Eduardo Rodríguez

La Real Academia Española (RAE) ofrece varias acepciones para la palabra barrio. Algunas miradas parecen enfatizar en el aspecto tangible, en lo físico, en la identidad material del espacio y otras en los vínculos sociales que se gestan en esos contextos. Así, por ejemplo, en línea con la primero, el diccionario nos explicará el barrio como “cada una de las partes en que se dividen los pueblos y ciudades o sus distritos” o “grupo de casas o aldea dependientes de otra población, aunque están apartadas de ella”. Pero también hallaremos designaciones que refieren “al conjunto de personas vinculadas por características o intereses comunes” … “tales como el idioma, costumbres, valores, tareas, visión del mundo, edad, ubicación geográfica, estatus social o roles”. Más allá de las ideas que nos aporta el popular “mataburros”, es altamente probable que cada uno de nosotros tenga su propia forma de definir el barrio o los barrios que resulten especialmente trascendentes en nuestra existencia, en construcción personalísima, íntima, que dependerá de cómo nos hayamos sentido en esos lugares. De hecho, hasta hace un tiempo, parecería que ahora ya no, el barrio formaba parte de nuestra identidad, era casi como un segundo o tercer apellido. Era común escuchar presentaciones en este tono, “soy fulano de tal de tal o cual barrio”; zona de pertenencia que, según cada caso, se nombraba con orgullo o se omite deliberadamente.

Si cual reportero televisivo saliéramos a la calle a pedir a los sanduceros que nos digan nombres de barrios es altamente probable que consigamos una lista interesante, en la que, quizás, aparecerán zonas clásicas junto a otras nuevas, casi que desconocidas para muchos.  Se podrá pensar que esta situación tiene su explicación en el crecimiento de la ciudad; los fraccionamientos o las cooperativas de viviendas viabilizan nuevos asentamientos que nacen con señas de identidad. Pero los nuevos barrios no sólo son el resultado de la población de zonas que no estaban habitadas; también surgen dentro de barrios más grandes, dentro de los viejos barrios, de los históricos; ahí se gestan nuevas comunidades con sus características particulares y con clara vocación de distinguirse del resto de la zona.

La verdad es que nadie sabe, a ciencia cierta, cuántos barrios hay en Paysandú. Y, en consecuencia, cuáles son los límites de cada uno, dónde empiezan y terminan. A lo largo de los últimos años indagué sobre el asunto en el gobierno departamental recibiendo, indistintamente, respuestas que confirman el desconocimiento. La Intendencia no tiene un área específica que lleve ese registro, y algunas dependencias que por proximidad con el tema podrían tener algún relevamiento tampoco lo hacen. De la misma manera, la Junta Departamental carece de esos datos.

De esta larga búsqueda ha surgido un único insumo gracias al aporte de un gran estudioso de la historia sanducera, y especialmente de su nomenclátor, como es Francisco Debali. El popular “Pancho” guarda entre sus profusos y riquísimos archivos vinculados a la historia local una publicación que realizó hace varios el Centro Comercial e Industrial de Paysandú en el que se establece una especie de guía de los barrios, mencionándolos por su nombre y estableciendo su ubicación, con el detalle de las calles que lo circundan. Así aparecen casi 130. Sí, todos esos. Corresponde aclarar que tan alto número surge del criterio utilizado para el desarrollo del informe que, por ejemplo, incluyó como barrios “independientes” a los complejos de cooperativas de viviendas o de realojos de familias afectadas por la creciente que se han construido en barrios claramente definidos. Así, en la zona norte de la ciudad, desde hace varias décadas conocida como de las cooperativas, se señalan varios barrios. Por ejemplo, en la manzana delimitada por las calles Instrucciones del Año XIII, Cerrito, Purificación y Vizconde de Mauá, aparecen cuatro “barrios” representados en las cooperativas Covisan, Coviose, Covife y Covisap. En otras áreas de la ciudad aparecen ejemplos de la misma situación, caso de la zona de Barrio Obrero, donde a unos cien metros de la cancha de fútbol de la institución con ese nombre, en Washington y la avenida Enrique Chaplin, se inauguró un realojo con nombre propio, “Dos Soles”, con vecinos que fueron reubicadas desde zonas inundables.

Sin dudas la ciudad tiene muchos problemas que requieren resolución urgente y, claramente, en esa agenda este tema no aparece.  Pero, aunque no sea con urgencia, el asunto demanda atención porque tiene que ver con las identidades locales, con la construcción de ciudadanía, de convivencia, con los vínculos con la ciudad, con la comunidad, con los servicios, con los espacios compartidos; tiene que ver con la vida de la gente, con su historia, el presente y la construcción del futuro. Y si alguna vez algún gobierno departamental aborda la temática, entre las primeras cuestiones que tendrá que resolver, para establecer criterios, será si se reivindicarán las viejas e históricas identidades o si se atenderá las nacientes identificaciones, cuya aparición  profundizan las divisiones pero atienden los sentires de pequeños colectivos.