Escribe Margarita Heinzen
La primera nota que escribí para un medio con circulación pública fue con motivo del 1° de mayo de 1983. Fue el primer acto de masas después de 10 años de dictadura y empezábamos a sumar esperanzas de que aquello se iba a acabar. La nota salió en la revista Siembra, una publicación de los estudiantes de Agronomía, y 38 años después, volvemos a vivir un 1° de mayo excepcional. Es la segunda vez que no hay acto de masas desde el retorno a la democracia y la primera que no hay movilización masiva alguna, dados los requerimientos sanitarios.
En aquella nota, dado que hacía diez años que el movimiento sindical era ilegal, parecía apropiado recordar qué se conmemora cada 1° de mayo. Entiendo que hoy tampoco está de más recordar esta fecha, por eso me atrevo a realizar una breve reseña para ponernos al día.
El 1° de mayo es una jornada de homenaje a los Mártires de Chicago, sindicalistas ejecutados en esa ciudad por participar en las manifestaciones por una jornada laboral de 8 horas en 1886. A partir de entonces es una jornada reivindicativa de los derechos de los trabajadores, que se celebra en mayor o menor medida en todo el mundo.
El 1° de mayo de 1886
A fines del siglo XIX, en los albores de la Revolución Industrial en los EEUU, Chicago era la segunda ciudad más grande del país, a la que cada año llegaban miles de trabajadores en busca de trabajo. En ese marco, la consigna: “8 horas para trabajar, 8 horas para dormir y 8 horas para disfrutar», sintetizaba la lucha. Esta conquista ya había sido concedida por ley (Ley Ingersoll) a los empleados federales y trabajadores de obras públicas en 1868, pero no contemplaba a los obreros industriales, cuyas jornadas eran de 11 y hasta 16 horas.
Tras el IV congreso de la Federación de Organizaciones de Sindicatos en 1884, se aprobó una resolución que exigía a las empresas otorgar la jornada de 8 horas antes del 1° de mayo de 1886. Llegada esa fecha, muchos trabajadores ya habían obtenido esta conquista. El resto marchó a la huelga, con el apoyo de miles de obreros en varias ciudades. En Chicago se paró casi completamente la ciudad. La única fábrica que siguió trabajando fue la de maquinaria agrícola McCormic, que mantenía su producción por la contratación de rompehuelgas.
El 2 de mayo fue el primer choque con la policía y el 3 en un mitin frente a mencionada fábrica, mientras August Spies, dirigía su discurso a unos 7 mil trabajadores, otros fueron a recriminar a los que en ese momento salían de la planta y así comenzó una pelea campal. La policía empezó a disparar sin previo aviso, lo que dejó seis muertos y gran cantidad de heridos. Tras el suceso, se convocó a una protesta para el día 4 en Haymarket Square. El periodista Adolph Fischer, redactor del Asbeiter Zeitung, un periódico anarquista escrito en alemán, escribió en unos volantes: «Al terror blanco respondamos con terror rojo. Ayer, las mujeres y los hijos de los pobres lloraban a sus maridos y a sus padres fusilados, […] ¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís! ¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!».
Finalmente, ese acto fue un caos; la policía cargó contra la multitud. Mientras Samuel Fielden, daba un discurso, alguien desde el público arrojó una bomba contra la policía y mató a seis agentes. El balance fue 38 obreros muertos y 115 heridos.
Aquel fue el punto de partida de una auténtica caza de brujas contra el movimiento obrero. Una tras otra se sucedieron las redadas policiales y las detenciones y despidos se contaron por cientos.
El 21 de junio de 1886 empezó un proceso contra 31 acusados, cifra que finalmente se redujo a 8. El juicio, claramente motivado por cuestiones políticas, estableció con rapidez su culpabilidad: Oscar Neebe condenado a 15 años de trabajos forzados; Fieldem y Schwab prisión perpetua, conmutadas las condenas a muerte el día antes de la ejecución y George Engel, Adolf Fischer, August Spies y Albert Parsons, condenados a morir en la horca. Louis Lingg, se suicidó un día antes de la ejecución. A su vez, la prensa atacó a los huelguistas sin piedad durante el juicio para abonar la imagen de asesinos: «¡A la horca los brutos asesinos, rojos comunistas, monstruos sanguinarios, fabricantes de bombas, gentuza que no son otra cosa que el rezago de Europa que buscó nuestras costas para abusar de nuestra hospitalidad […]!».
Un drama terrible: crónica de José Martí
Para el resto de los acontecimientos tenemos la extensa crónica que José Martí escribió para el diario La Nación de Buenos el 1º de enero de 1888, “Un drama terrible”. Transcribo algunos fragmentos, porque además de los hechos en sí, permite disfrutar de su estilo literario.
“Y ya entrada la noche y todo oscuro en el corredor de la cárcel pintada de cal verdosa, por sobre el paso de los guardias con la escopeta al hombro, por sobre el voceo y risas de carceleros y periodistas, mezclado de vez en cuando a un repique de llaves, por sobre el golpeteo incesante del telégrafo que el “Sun” de Nueva York tenía establecido en el mismo corredor… por sobre el silencio que encima de todos esos ruidos se cernía, oíanse los últimos martillazos del carpintero en el cadalso. […] Risas, tabaco, brandy, humo que ahoga en sus celdas a los reos despiertos. En el aire espeso y húmedo chisporrotean, cocean, bloquean, las luces eléctricas. Inmóvil sobre la baranda de las celdas, mira al cadalso un gato… […] Llenaba de fuego el sol las celdas de los cuatro reos, cuando el ruido improviso, los pasos rápidos, el cuchicheo ominoso, el alcaide y los carceleros que aparecen a sus rejas, […] les anuncian lo que oyen sin inmutarse, ¡que es aquélla la hora!
Salen de sus celdas al pasadizo angosto. “¿Bien?”. “¡Bien!”. Se dan la mano, sonríen, crecen: “Vamos”. […] Les leen la sentencia a cada uno en su celda; les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero; les echan por sobre la cabeza, como la túnica de los catecúmenos cristianos, una mortaja blanca; abajo, la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso, ¡como en un teatro!
Ya vienen por el pasadizo de las celdas, a cuyo remate se levanta la horca; delante va el alcaide, lívido. Spies va a paso grave, desgarradores los ojos azules, hacia atrás el cabello bien peinado, blanco como su misma mortaja, […]; Fischer le sigue, robusto y poderoso, enseñándose por el cuello la sangre pujante, realzados por el sudario los fornidos miembros. Engel anda detrás […], sacudiéndose el sayón incómodo con los talones. Parsons, como si no tuviese miedo a morir, fiero, determinado, cierra la procesión a paso vivo. Acaba el corredor, y ponen el pie en la trampa; las cuerdas colgantes, las cabezas erizadas, las cuatro mortajas. […] Les atan las piernas, al uno tras el otro, con una correa. A Spies el primero, a Fischer, a Engel, a Parsons; les echan sobre la cabeza, como el apagavelas sobre las bujías, las cuatro caperuzas.
Y resuena la voz de Spies, mientras están cubriendo la cabeza de sus compañeros, con un acento que a los que le oyen les entra en las carnes; “La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”. Fischer dice, mientras el vigilante atiende a Engel: “Este es el momento más feliz de mi vida”.
“¡Hurra por la anarquía!”, dice Engel, que había estado moviendo bajo el sudario las manos amarradas hacia el alcaide. “Hombres y mujeres de mi querida América…”, empieza a decir Parsons… Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas y chocando”.
Epílogo
Los funerales de los que enseguida se empezaron a llamar “Mártires de Chicago” se efectuaron al otro día, el 12 de noviembre de 1887. Cuentan las crónicas que casi 300.000 personas asistieron a las exequias y que los ataúdes no se veían, ocultos bajo las flores. Durante días las casas obreras de Chicago colgaron una flor de seda roja en señal de duelo.
En 1893, el proceso judicial fue revisado y se estableció que los ahorcados no habían cometido ningún crimen y que “habían sido víctimas inocentes de un error judicial”. Schwab, Fielden y Neebe fueron puestos en libertad. La hermana de uno de los testigos demostró al juez que todo lo dicho por él era falso y que se había comprado su testimonio. Se probó la manipulación en la integración del Jurado y otros delitos semejantes. Pero ya era demasiado tarde para aquellos trabajadores inocentes.
Uruguay fue uno de los primeros que comenzó a conmemorar el 1° de mayo como día de los Trabajadores. Probablemente la gran inmigración de italianos, españoles, franceses, eslavos, al igual que en Estados Unidos, ayudó a construir una cultura de organización sindical que aún hoy es destacable en el mundo. Sin dudas, éste fue un 1° de Mayo particular, faltó la plaza, faltaron los primeros fríos y, en el marco de la pandemia, falta trabajo para miles de uruguayos. Sin embargo, no faltó el espíritu de solidaridad y lucha que fue el común denominador de toda la jornada.