Por Horacio R. Brum

Mi abuela Paula vivió saludablemente hasta cerca de los noventa años. Nacida en 1902, apenas comenzaba a dejar la adolescencia cuando llegó a Uruguay la “gripe española”, que en realidad fue llevada a Europa por los soldados estadounidenses durante la Primera Guerra Mundial y casi no se notó en las trincheras, donde se moría de tantas otras cosas. En una España en paz, la cual sabiamente se mantuvo alejada de la masacre desatada por las grandes potencias de la época, la enfermedad no pudo ser ocultada por los censores militares; menos aún, cuando alcanzó al propio rey Alfonso XIII. Así fue como las noticias de aquella gripe extraordinariamente virulenta llegaron al periodismo internacional y éste, dominado por las agencias y medios de comunicación de los países desarrollados -tal como ahora-, inventó la etiqueta de “gripe española”.

Con esa valiosa memoria de los ancianos, que recuerdan como fotografía el pasado de varias décadas atrás, mi abuela a veces contaba a sus nietos asustados que, durante la epidemia de gripe de 1918, había visto unos carros fúnebres de los cuales salían los brazos de los cadáveres. A lo mejor, ella relataba lo que había oído decir a otros en su casa, porque la infame “gripe española” pasó por Uruguay sin dejar grandes rastros -poca o ninguna mención de ella se encuentra hoy en los textos de historia nacional-, y en Paysandú no hubo más que unas decenas de muertos. Sea como sea, no recuerdo a mi abuela relatando aquella anécdota con la angustia en su voz, ni hablando más extensamente del tema como si hubiese sido un descenso a los infiernos. Otras personas de su generación ni siquiera recordaban los detalles de la epidemia y en cambio, sí tenían muy presente la nevada que cayó en algunas partes del país en el invierno de 1918, porque hasta entonces solamente habían visto la nieve en algunas postales europeas.

No hay cifras exactas de los muertos que causó aquella pandemia, aunque se supone que fueron entre 20 y 40 millones, y se la tiene por la más devastadora de la historia moderna. En Argentina, los fallecimientos se calcularon oficialmente en 15.000, en tanto que Uruguay tuvo unas 6.000 muertes en tres años, para una población de 1,5 millones. Hubo alarma, hubo escenas dolorosas y hasta horrorosas (como ahora, hubo periodistas que se encargaron de difundirlas en detalle), pero el mundo no quedó virtualmente congelado por el miedo, como parece estar sucediendo con la pandemia del Covid-19, que probablemente cobrará muchas menos víctimas. Tal vez los daños económicos -para los países y para los hogares-, de salud mental, de atraso en la educación y del descuido de otras enfermedades serán mayores, por lo que cabe preguntarse si en nuestros tiempos no se ha producido un desfasaje entre el progreso científico y teconológico y la capacidad para aceptar nuestras limitaciones y ver a la muerte como parte del ciclo vital.

En 1918, la Humanidad respiraba aliviada después de una guerra que costó 18 millones de muertos; otros millones se estaba cobrando la guerra civil en Rusia, donde los sectores conservadores, con el apoyo de las potencias extranjeras, intentaban derrocar al régimen soviético. Con el Tratado de Versalles de 1919 se reconfiguraban países, se cerraba la primera Guerra Mundial y se escribía el prólogo para la segunda. Mientras tanto, se producía una explosión de creatividad en las artes y si la reacción a la pandemia hubiese sido como hoy, por las cuarentenas Salvador Dalí no habría podido empezar su carrera de pintor, Picasso y Matisse no habrían expuesto sus obras, ni gigantes de la música como Igor Stravinsky o Manuel de Falla habrían encontrado teatros abiertos para estrenar sus composiciones. La carrera de Gardel también habría sido frustrada por las restricciones a los espectáculos públicos y el majestuoso cine Rex de Montevideo, la actual Sala Zitarrosa, no se habría inaugurado.

En ambos lados del Río de la Plata la pandemia coincidió con momentos políticos importantes. Al llegar a la presidencia de Hipólito Yrigoyen (1916-1920), la clase media argentina de origen inmigrante rompió el monopolio del poder de la oligarquía estanciera, pero también los militares argentinos estrenaron sus habilidades represivas en las huelgas de 1919. En Córdoba, los estudiantes universitarios iniciaron un movimiento reformista que se extendió por el continente y les dio mayor participación en el gobierno de las casas de estudio.

Y si de reformas se trata, entre 1918 y 1919 se consolidó el proyecto de modernización del Uruguay impulsado por José Batlle y Ordóñez, con una Constitución que, entre otras cosas, estableció el Estado laico, abolió la pena de muerte y creó el Ejecutivo colegiado. El presidente Feliciano Viera cayó enfermo de la gripe en noviembre de 1918 y se alteró el funcionamiento del Parlamento por las ausencias de muchos representantes, pero no se detuvo un país que miraba al futuro con gran optimismo. Las selecciones de Uruguay y Argentina continuaron disputando sus clásicos (jugar a puertas cerradas era impensable) y el 13 de mayo de 1919 la selección nacional ganó la Copa Sudamericana en Brasil, uno de los países de la región más golpeados por la “gripe española”.

Se supone que el virus llegó a estos lados en algunos barcos transatlánticos, que entonces eran el único medio de transporte desde Europa. Esa conexión no se interrumpió y tantos de nuestros abuelos y bisabuelos siguieron viniendo, porque huían de formas de muerte peores que la gripe: el hambre o las persecuciones étnicas y políticas. En 1919, por ejemplo, comienza la segunda gran ola migratoria a Uruguay y la cantidad de inmigrantes de otros orígenes supera a la de los italianos y españoles. Así llegan los armenios refugiados el genocidio cometido en Turquía y empiezan a consolidarse las instituciones locales de la comunidad judía.

La Historia no se congeló en 1918 por la “gripe española”. En nuestros días, poseemos infinitamente más recursos médicos y científicos para tratar y combatir las enfermedades; entonces, cabe preguntarse qué ha pasado desde entonces en nuestra relación cultural con la enfermedad y la muerte para que, como dijo el historiador angloespañol y catedrático de la universidad de Oxford Felipe Fernández-Armesto, “cuando surge una enfermedad nueva, empezamos nuestra campaña en contra con los mismos medios de la Edad Media. Es decir, ninguno, salvo la cuarentena, el aislamiento y la ignorancia”.