Escribe Juan A. Pardo
En el marco de distintas investigaciones sobre el proceso de industrialización uruguayo, el nombre de Paysandú aparece con frecuencia como un caso singular dentro del país. Fue justamente al revisar estudios sobre ese tema —entre ellos el trabajo de Germán Wettstein, “Uruguay: un modelo de industrialización dependiente” (1975)— que emerge la referencia a un análisis poco conocido, publicado dos años antes por la geógrafa francesa Anne Collin Delavaud. Su estudio, titulado “Paysandú: ciudad industrial del Uruguay” (1973), ofrece una mirada reveladora sobre el papel que la ciudad desempeñó entre 1945 y 1960 como verdadero centro industrial del país.
Con cifras precisas, Delavaud destacaba que más del 25% de la población activa sanducera trabajaba en la industria manufacturera o la construcción, algo inédito fuera de Montevideo. En sus palabras, Paysandú “escapa al vacío industrial” que dominaba el mapa nacional. Refinerías, curtiembres, fábricas textiles y talleres daban vida a una ciudad donde el trabajo industrial modeló el paisaje, la economía y también las mentalidades.
Pero su análisis iba más allá de los números. La autora atribuía el auge sanducero a los factores humanos: la energía de una sociedad compuesta por inmigrantes europeos y repatriados, hombres y mujeres con “gusto por el riesgo” y un espíritu emprendedor que rompía con la vieja aristocracia rural del país. En ese impulso colectivo veía el germen de un fenómeno único en el interior uruguayo: una industrialización integrada al territorio, vinculada a la producción agrícola, al comercio y al dinamismo urbano.
En la conclusión de su trabajo, Delavaud proyectaba una mirada esperanzada hacia el porvenir de Paysandú. Consideraba que la ciudad era “la mejor situada del Uruguay”, con una vocación industrial firme, un entorno agrícola activo, infraestructura adecuada y una mano de obra capacitada. Sin embargo, advertía también una limitación estructural: lo que en Uruguay podía considerarse un polo industrial, en el contexto sudamericano seguía siendo una escala modesta. Ese contraste entre fortaleza local y fragilidad regional marcaba un punto de inflexión. Visto desde hoy, ese diagnóstico resulta casi profético: la ciudad supo mantener su identidad trabajadora, pero sufrió las consecuencias de depender de un modelo que no logró consolidar un verdadero hinterland industrial a nivel regional.
Cincuenta años después, su texto sigue siendo una radiografía lúcida de un tiempo en el que Paysandú fue símbolo de modernidad y trabajo. Y también una advertencia. En la conclusión, Delavaud reconocía que, aunque Paysandú representaba la “ciudad industrial del Uruguay”, su escala era modesta en el contexto sudamericano. Ese contraste —entre orgullo local y limitación estructural— explica parte de las tensiones que la ciudad vivió luego, cuando la crisis industrial golpeó sus cimientos.
Hoy, volver sobre aquel estudio no es un ejercicio de nostalgia, sino de memoria económica e identidad. Porque entender lo que Paysandú fue en el siglo XX —una comunidad forjada en torno a la fábrica y al esfuerzo compartido— es también una manera de pensar su futuro: cómo reinventarse sin perder el pulso industrial que alguna vez la definió.
I.N.D.H.A.R. (Industrias Harguindeguy), Colección Anibal Barrios Pintos (1956)
