Por Horacio R. Brum
Tomada en serio, la escena tiene un duro mensaje social: en primer plano, una mujer en traje de baño está recostada sensualmente en un bote de goma, que flota en un lago rodeado de bosques y montañas. Más atrás se ve un yate, y desde él camina por el agua un mozo vestido de frac, con los pantalones arremangados, quien lleva en su mano una bandeja con copas de champagne, para ofrecer a la dama cómodamente ubicada en el bote. Para el placer de los de arriba, los de abajo deben servirlos sufriendo incomodidades, con el sacrificio de su dignidad.
No es esta la interpretación del montaje fotográfico que le dio el autor de una exposición de imágenes sobre la vida en Sankt Moritz, uno de los centros más exclusivos de las vacaciones de los “ricos y famosos” del mundo. “Sankt Moritz se presenta a sí mismo como un ícono y un clásico de las vacaciones… con una cultura de estudiada tontería, un toque de ironía y esa alegría de vivir que se ha sentido aquí durante generaciones”, dice la presentación de la muestra, que comprende varios paneles, fijados a lo largo de las escaleras mecánicas que unen el centro de la ciudad con un gran estacionamiento subterráneo, a través del cual se llega a la estación de ferrocarril, y una plataforma de observación sobre el lago.
Algunas semanas atrás, este columnista estuvo allí y en Davos, dos localidades de la Suiza alpina donde el poder político y el poder económico se dan la mano. Hasta mediados del siglo XIX, San Maurizio di Engandina o San Murezzan fue sólo una aldea de la ruta desde Italia que seguían los peregrinos a Santiago de Compostela, en España, y otros centros sagrados para el catolicismo en Europa. En esa época, unas termas que daban alivio a los viajeros comenzaron a ser explotadas por los posaderos locales para atraer a otros visitantes y con el complemento de los hermosos paisajes lacustres y de las montañas se desarrolló el turismo de invierno. Caspar Badrutt, el descendiente de uno de esos posaderos, lanzó la ya conocida como Sankt Moritz a lo que décadas más tarde se conocería como el jet set. Habilidoso para la publicidad y los negocios hoteleros, Badrutt inauguró en 1896 el hotel Palace, uno de los más lujosos de Europa, con la presencia de la princesa inglesa Mary von Teck, la bisabuela del rey Carlos III. A partir de allí, la pequeña aldea de la región de Engandina se convirtió en un lugar de cita de nobles, políticos y ricos y poderosos en general y sede de eventos deportivos como las Olimpiadas de Invierno.
El despliegue de lujos caracteriza las temporadas de invierno y verano, cuyos precios son prohibitivos para el común de los mortales. En la Via Serlas, donde está el hoy conocido como Badrutt’s Palace (cuyas habitaciones cuestan un promedio de 1000 dólares por noche), se alinean las marcas famosas de ropa, accesorios y joyas: Cartier, Gucci, Bulgari, en compañía de Läderach, probablemente la chocolatería más cara de Suiza, donde se puede comprar una caja de ocho bombones por 22 dólares. El Palace, en tanto, ofrece en sus 11 restaurantes champagne de una bodega con 30.000 botellas y la pizza Dama Blanca, que no tiene la proletaria salsa de tomates pero lleva cinco quesos finos y está espolvoreada con ralladuras de trufas, ese hongo que también es un sinónimo de la comida gourmet. Si uno no consigue taxis o viene sin auto, el hotel lo trae desde la estación o el aeropuerto en un Rolls Royce de colección. El establecimiento tiene una tienda de cigarros y puros, donde se infiltra Cuba, que según la revista institucional, “sigue siendo un referente apreciado en el mundo de los puros finos. No sólo es insuperable su conocimiento de los tabacos, sino que su geografía es perfecta para el cultivo”.
De marzo a junio, los meses entre el fin de la temporada invernal y el comienzo de la de verano, Sankt Moritz entra en una suerte de animación suspendida: los grandes hoteles cierran, al igual que las tiendas de lujo y los principales cafés y restaurantes. Es entonces cuando llegan los turistas que no son ricos ni famosos, principalmente aquellos que toman los trenes que hace recorridos espectaculares por la región alpina. Estos visitantes caminan por las calles semivacías con la mirada de quien va a un museo o una galería de arte, admirando las huellas que deja el lujo.
70 kilómetros al norte, otra aldea tuvo una historia similar a la de Sankt Moritz, pero ahora llega a los titulares en febrero de cada año, cuando los dueños del poder del mundo se reúnen allí. Davos -que se pronuncia “Davós” y no “Dávos”, como nos lo ha impuesto la colonización idiomática de los medios internacionales-, es la sede en cada febrero del Foro Económico Mundial, una reunión de grandes empresarios y representantes de lo más florido del capitalismo, a la cual son invitados gobernantes aceptables para ese ambiente, como Donald Trump o Javier Milei…
La temporada invernal de Davos es el tiempo las incomodidades y las restricciones para los habitantes permanentes del lugar, unos 12.000, porque por la seguridad de los asistentes al Foro se cierra durante una semana un perímetro en torno al Centro de Congresos y se restringe el acceso a las calles de los principales hoteles. Además, los preparativos complican la vida de la ciudad y, según las quejas de algunos residentes, el dinero que deja la reunión no es proporcional a las incomodidades. La fundación organizadora recibe aportes de centenas de empresas pero no paga impuestos y, aunque hace algunos aportes, la mayor parte de los gastos del Foro deben ser solventados por el gobierno municipal y el federal. Por ese problema, en 2021 los ciudadanos suizos presionaron a las autoridades centrales y lograron la reducción de los recursos destinados al evento.
Sankt Moritz y Davos son sólo dos escenarios donde se juntan muchos de los candidatos a ser gravados por el 1%, una idea que está cobrando fuerza en el mundo, pero no hay que ir más lejos que Punta del Este para encontrar esos personajes. Lo difícil es encontrar la voluntad política de crear el impuesto.
