“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte   de la tierra. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”. Escrito por el poeta metafísico John Donne, y que data de 1624.

Escribe Graciela Paz

Parece cosa e Mandinga. La semana pasada la Cámara de Senadores aprobó por unanimidad y de forma definitiva la creación del delito de femicidio, que se aplicará en los casos en que una mujer sea asesinada por su condición de género. De acuerdo con el texto aprobado, para que se pueda tipificar el delito tendrá que probarse que entre víctima y victimario había una relación de afectividad, intimidad y de índole sexual. Ese último aspecto fue el que se agregó al proyecto en la Cámara de Diputados y que obligó que el texto volviera al Senado para su aprobación definitiva. A todo esto, el jueves, acá, un hombre sobre el que habría medidas de no acercarse (aunque sin tobilleras), se presentó en la casa de su ex pareja con un arma y le mató de dos disparos. De las dos familias quedan seis hijos.

La enorme mayoría de quienes apoyaron en el Parlamento crear la figura del femicidio y connotados miembros de la judicatura coinciden que el paso legislativo no va a contribuir a mejorar la situación de violencia doméstica que es lo que se busca combatir. La ley de femicidio «no va a tener un efecto de disuasión», declaró el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Jorge Chediak. A su vez, la senadora frenteamplista Daniela Payssé dijo que no será una fórmula «mágica».

Este año transcurre ya con peores cifras referentes a muertes de mujeres en manos de sus parejas o ex parejas. En realidad no deberíamos discutir si veintidós es peor que una, pero si le hace a la gravedad del asunto. Paralelamente hemos apelado a un cambio de discurso, de re significación de la barbarie para buscar nuevos compromisos de la sociedad y concientizar respecto a la magnitud y el inadmisible desenlace del amor no correspondido o de la posesión que nos es esquiva.

De “Ni una más” pasamos a “Ni una Menos”. De “Violencia doméstica” a “Violencia contra las mujeres”, ahora «Violencia de género». Reclamamos la figura delictiva del Femicidio. Nos enojamos porque un ministro dice que son crímenes pasionales (Un crimen pasional hace referencia, en el habla popular, a un delito en él que el perpetrador comete un crimen, especialmente un ataque o asesinato a causa de una repentina alteración de la conciencia, causada por sentimientos como los celos, la ira o el desengaño, y no es, por lo tanto, un crimen premeditado). ¿Dónde está la pasión cuando se muere a manos de una persona que se ama o se amó, una persona por la que se sintió deseo y pasión? Porque allí sí pudo haber pasión, pero en el homicidio ¿dónde está? No se puede dudar que hay un error en atribuir una muerte a la pasión, a una pasión salida de control antes que a una situación puramente violenta. Entonces cabe plantearse ¿no estaremos dándole un significado incorrecto a la palabra pasión, a sabiendas? Tuvo su minuto de fama la expresión del Intendente de Durazno, Carmelo Vidalín: «Creo que la presión que ejerce un puñadito de mujeres sobre el todo el sistema que se deja dominar no es bueno». Lo reprobable fue lo del «puñadito», así en diminutivo, peyorativo, sino hubiera pasado sin pena ni gloria.

Paralelamente se apela a las expresiones lenguaje no sexistalenguaje inclusivo o lenguaje de género  y se estudian en diversas disciplinas que investigan los efectos del sexismo y del androcentrismo en el lenguaje. Me pregunto: ¿Es el sistema léxico y gramatical el mejor campo de batalla en el terreno simbólico o antropológico? ¿No sería mejor antes apear de sus pedestales a los dioses para recuperar a las diosas? Y dudo: ¿Esta hipersensibilidad morfológica no está concentrando demasiada atención, habiendo batallas más cruciales como la discriminación laboral o antropológica -por ejemplo, las mujeres objeto en televisión o en publicidad-, que son injusticias que se siguen cometiendo segundo a segundo y que están lejos de estar controladas? Hay que luchar por la igualdad, sí. Hagámoslo primero en el terreno social y político. Adentrémonos en lo simbólico y antropológico, pero empezando por lo más alto, y terminando en los morfemas, pobres signos arbitrarios que poca culpa y menos ideología tienen. Y quienes no lo soporten porque en ellos ven el brazo fuerte del patriarcado, den respuestas gramaticalmente sostenibles y poéticamente bellas y subversivas. Es cierto  que existe discriminación hacia la mujer en nuestra sociedad. Son alarmantes, en efecto, las cifras anuales de violencia doméstica, y se siguen registrando situaciones de acoso sexual no siempre atendidas debidamente por las autoridades competentes. Existen todavía diferencias salariales entre hombres y mujeres. Se constatan también diferencias en el trato personal en el trabajo, que a veces se extienden al grado de capacitación profesional exigible en la práctica, así como a las condiciones requeridas para acceder a puestos de responsabilidad. Además de en el mundo laboral, existe desigualdad entre hombres y mujeres en la distribución de las tareas domésticas. Es también real el sexismo en la publicidad, en la que la mujer es considerada a menudo un objeto sexual. Es la existencia de comportamientos verbales sexistas. El lenguaje puede usarse, en efecto, con múltiples propósitos. Puede emplearse para describir, ordenar, preguntar, ensalzar o insultar, entre otras muchas acciones, y, desde luego, también puede usarse para discriminar a personas o a grupos sociales.

En otra línea de discusión no comulgo con la idea que el machismo tradicional (o ancestral) ha desembocado en esta desenfrenada ola de violencia hacia la mujer. La desigualdad y las relaciones conflictivas que afectan a las culturas y su desarrollo no cruzan claramente la línea que divide la tradición de la modernidad. Esto tiene que ver más con la distribución del poder, con la riqueza y con el postergado acceso a la igualdad social para una parte importante de la humanidad. El machismo (principalmente) de principio del siglo pasado hecho letra de tangos en voces maravillosas sin los adelantos técnicos de ahora, ensalzaba la figura materna, nadie como la madrecita, nada más venerado e idolatrado que una santa madre. No se me ocurre que así, machista y todo, ese hombre que ahora vemos (y rechazamos) poderoso, omnipotente, mandón, autorreferencial, superior y ordenador de la vida y los sentimientos de las mujeres terminara con la vida de la madre de sus hijos, delante de ellos.

La culpabilidad social es un estigma que paraliza, genera rencores y dificulta el cambio. Es mucho más eficiente, pues, trabajar con la idea de responsabilidad, pues resalta lo positivo y la capacidad de los individuos y grupos sociales de ser protagonistas de ese cambio. Si bien los hombres contemporáneos, no son culpables total y exclusivamente (hemos puesto, por omisión, ignorancia o complacencia, nuestra parte, claro) del sexismo, la discriminación y la violencia sufrida por las mujeres durante miles de años, necesitamos vuestro compromiso, una lucha diaria  por la tolerancia, el respeto, la aceptación del fin del amor o de la atracción, la renuncia sin rencor, la paciencia, el entendimiento, que nada es para siempre, excepto la muerte.

El énfasis que se ha puesto en reclamar una medida represiva que, como otras, revelará su ineficacia en combatir el problema de fondo, no tuvo una contrapartida en planteos para rehabilitar al homicida, al violento, básicamente hombres, cuando los trabajos de orden psicológico han demostrado dar resultados. Con esta norma quizás el violento esté algún año más en prisión pero cuando salga será el mismo violento, o peor, que entró. Y quizás haya una nueva víctima en su horizonte, ya que no existen en el país a nivel estatal programas específicos para atender a esta población. Si una parte del odio que genera el violento se pudiera transformar, no en perdón ni misericordia, sino en algunas dosis de razón, quizás se podrían evitar futuras víctimas.

 

La ausencia de políticas de rehabilitación y la ubicación en un segundo plano de la violencia ejercida no contra mujeres mayores de edad sino contra niños y niñas, es un combo en el que seguramente se encuentre parte del origen de la violencia doméstica. El psicólogo Robert Parrado dijo recientemente a El Observador que en un estudio que realizó (único en la región) con más de 100 hombres abusadores sexuales, el 100% había sido víctimas de abuso en su niñez. Una lógica similar funciona con los violentos. La no atención a tiempo de los niños violentados por sus mayores (hombres y mujeres) y la desatención de esos mismos sujetos cuando ya mayores perpetran actos agresivos, conforma una dinámica perversa sin comienzo ni final, una noria de violencia perpetua.

La lucha debe emprenderse desde muchos frentes a la vez y desde un ámbito cultural mucho más amplio, pues los factores que favorecen la discriminación y la desigualdad son múltiples e imbricados entre sí. Algunos dicen que estos conceptos están fuera de moda. Puede ser, pero los hechos continúan como quiera que se llamen.

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