Por Salomón Reyes, director y guionista
Se recorren la web en la horas sobrantes; revisan los diarios web, páginas, perfiles, programas on line y todo lo que les quepa en la pantalla del cel o de la compu. Siguen a famosos y no se les escapan las tendencias ni las polémicas del día. Cuando su escaner mental captura algo que les interesa, se alertan, se preparan y lanzan un post envenenado para convulsionar al autor, al periodista o a quien sea que generó o motivo el contenido.
Gozan de herir a los demás. Su lenguaje es descalificador, putean y siempre, siempre, están a la ofensiva. Buscan provocar, confrontar, hacerse notar. Se diferencian con los que hacen chistes precisamente por su falta de humor. Todo lo que comen les cae mal. Para ellos todo es grave, todos se equivocan, los triunfadores son en realidad unos perdedores y la sociedad debería darse cuenta y hacerles caso a ellos porque son los entes sensatos, críticos, brillantes y necesarísimos para la humanidad, esos son los Haters (pronuncielo como geisers).
Los Haters son un nuevo ejercito de demoledores de la opinión publica, unos paladines de la verdad internaútica y poseedores de una intelectualidad de verdulería. Al mismo tiempo, son los personajes más inseguros, dañinos y tenebrosos de los que la web tenga memoria.
Localizarlos es fácil: vayan a cualquier nota policiaca y lean los comentarios de los lectores en la parte final. Ahí encontrarán algunos cuantos reunidos en manada, denostando a la policía, a los fiscales, a los ministros, queriendo asesinar al delincuente, y dando instrucciones para realizar el operativo y desde luego denostando a mansalva y sin rubor moral a los protagonistas de la nota.
Vayan a los perfiles de gente conocida y pública y vean los ‘caramelos’ que los Haters les dedican disfrazados de followers. Son capaces de escarbar en su historia, sólo para decirles que su postura es basura y que mejor deberían abandonar la opinología y dedicarse a otra cosa. Y ojo, si el aludido se le ocurre contestar la provocación, se asegura una guerra de patoterismo virtual. Los Haters esperan, con sangre en la boca, que les contesten, para liberar del closet y de la heladera, la bestia de su frustración universal. Hay un gozo morboso en ganarle un pleito dialéctico en la red a un periodista, a un actor famoso, a un político, a un desconocido. Eso los haría pasar en dos segundos del nadismo de su vida diaria, al status efímero de “soy un genio”.
Pero los Haters hacen algo más oscuro que criticar. Menosprecian, humillan al que sobresale, al que asoma la cabeza. No importa de que tamaño sea el triunfo o el logro obtenido, siempre habrá un Hater que encuentra el lado oscuro del éxito.
Cuando Guillermo del Toro ganó los Oscars, no faltaron los haters mexicanos que lo criticaron por no hablar en español; por no gritar ‘Viva México; por no hacer ‘cine mexicano’. Pero también había Haters en el extranjero. No hay nada más excitante que ser Hater internacional. Destrozaron a tuitazos “La forma del agua” acusándola de ser un cuento de hadas, de ser infantil y desde luego inmerecedora del Oscar. Eso en sí mismo no es malo, cada uno tiene su percepción de las creatividades pero si la película se hubiera filmado o incluyera algún técnico o actor del país del Hater o la hubiera dirigido el mismísimo Hater, la opinión hubiera cambiado, aunque se tratara de la misma película.
Porque eso tiene el Hater, critica con salvajismo lo que no lo incluye. Le gusta dar palos mientras no toquen su etnocentrismo. Aunque a veces también le sale un raro nacionalismo hipócrita. Muchos Haters argentinos felicitaron de inmediato a Chile por su Oscar a “La mujer fantástica” pero no lo hicieron con el mexicano del Toro. Su postura fue darle la mano a Chile, que ha sido su enemigo de muchas batallas, antes que dársela a los mexicanos que quién sabe cómo y por qué, se han apoderado de la Academia.
El Hater también se identifica por opinar sobre el tema sin conocer un pomo. Todos coincidimos que Gael García Bernal cantó pésimo. Para concluir eso, no se necesita ser cantante de ópera pero de ahí, a descalificar su trabajo como actor o su militancia social, sólo porque ‘gorgoreó’ mal para 100 millones de espectadores, eso es otra cosa. Esa descalificación y generalización de los defectos humanos, sólo lo hace un Hater. Qué bueno que no se gastó dinero público porque no faltaría el clásico Hater que hubiera dicho que a Gael le pagamos sus clases de canto con nuestros impuestos. El Hater también es plagiador, tonto y poco creativo.
El tema de los Haters es que se han convertido en una plaga a la que hay que enfrentar y combatir mientras las redes sigan abiertas al universo y más vale que nos acostumbremos e imaginemos estrategias para perder el menos tiempo posible con sus ocurrencias y estrategias distractoras.
Una propuesta para comenzar con la erradicación de los Haters es que nos echemos un clavado dentro de nosotros mismos. Ahí entre el esternón y la columna vertebral. Detrás de ese órgano que late sin parar, se encuentra escondido el principal líder Hater. Cuando lo descubran no le digan a nadie, no lo publiquen en ninguna red, con el mayor sigilo y sin que nadie se de cuenta, mátenlo.
