Por Horacio R. Brum

A Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del régimen nazi, se le atribuye la afirmación de que una mentira repetida mil veces se vuelve una verdad. Margaret Thatcher, la Primera Ministra británica conocida popularmente como la Dama de Hierro, dijo en 1985 que las democracias deben privar a los terroristas del oxígeno de la publicidad. Goebbels buscaba manipular a la opinión pública mediante la difusión de noticias falsas; Thatcher hablaba de la supuesta responsabilidad de los medios de comunicación como amplificadores de los mensajes de grupos minoritarios capaces de provocar un gran daño social. Pese a que fue criticada por intentar coartar la libertad de información, lo cierto es que la Dama de Hierro no se refería, como lo dejó claro en un discurso, a la censura o a la autocensura, sino a mantener unas normas de la ética periodística bajo las cuales no se favoreciera el interés de aquellos que buscan explotar el trabajo periodístico con fines antisociales.

Tanto los dichos de Goebbels como los de Thatcher pueden servir hoy para debatir sobre los efectos de la “infodemia” -un término acuñado por la ONU- que rodea a la crisis sanitaria, social y económica provocada por la pandemia del coronavirus. En tanto que las redes sociales han cumplido con creces el mandato de Goebbels, la mayoría de los medios de comunicación parece no darse cuenta de su enorme responsabilidad social y contribuye al miedo y la confusión difundiendo cataratas de datos y noticias que en innumerables casos son contradictorios o producto de especulaciones. Importa la primicia, más que la exactitud, o hacer un titular impactante, más que transmitir tranquilidad a una población deprimida, angustiada y atemorizada.

Recuperando las palabras de Margaret Thatcher, actualmente se da el oxígeno de la publicidad a grupos o individuos que boicotean activamente los esfuerzos por combatir la pandemia, como los “antivacuna”. En Uruguay, por ejemplo, pocos medios han dejado de cubrir las andanzas del ex candidato presidencial Gustavo Salle con su Caravana de la Verdad. Bajo el lente de la lógica y la razón, Salle es un delirante con ideas absurdas alimentadas por las teorías de las conspiraciones que esgrimen otros delirantes en todo el mundo. Al igual que ellos, envuelve sus intenciones de sembrar el temor a las vacunas en argumentos pseudocientíficos, que pueden calar en las mentes desprotegidas de personas con baja instrucción o escasa capacidad crítica. En Paysandú, Salle habló ante un puñado de personas en la plaza Constitución, pero basta con que algunas de ellas lo hubiesen tomado en serio, para provocar la expansión del virus de la infodemia. Como en los contagios del coronavirus, una persona convencida puede llegar a convencer a muchas otras y sin más herramienta que un teléfono celular puede echar a correr por las redes sociales, esas verdaderas cloacas de la información, una ola de contaminación de mentiras. Por otra parte, el sólo hecho de que Salle y sus opiniones aparezcan en un medio de comunicación confiere a este profeta de las conspiraciones la respetabilidad que muchos lectores ven en ese medio.

Recientemente, el diario argentino La Nación publicó en su revista del fin de semana un largo reportaje al “terraplanismo”, una idea absurda que, como tantas otras, se ha difundido desde Estados Unidos. Pensar que la Tierra es plana, a estas alturas del desarrollo de las ciencias astronómicas y la tecnología espacial, no puede tomarse más que como una excentricidad, propia de personas que buscan alguna notoriedad al ir contra la corriente. Por los mismos días del reportaje de La Nación, alguien dijo en Buenos Aires a quien esto escribe que no pensaba vacunarse contra el coronavirus, si le ofrecían la vacuna china, porque “vaya a saber qué porquería fabrican los chinos”. No era una persona ignorante, pero sí muy aficionada a las redes sociales, donde también se ha echado a correr la desconfianza hacia las vacunas fabricadas en China.

La responsabilidad última de dar visos de lógica y respetabilidad a la idea de que la Tierra es plana o de que algunas vacunas no son confiables, recae en quienes dan el oxígeno de la publicidad a tales barbaridades. Los medios de comunicación no deben ejercer jamás la autocensura, pero sí pueden recuperar el lado positivo de la función de “gatekeeper” (portero o guardián de la entrada, una expresión acuñada por el periodismo anglosajón) y separar la paja de las mentiras y los absurdos, del trigo de la información relevante y confiable. Anular las redes sociales sí es técnicamente posible, pero políticamente indeseable. No obstante, al bombardeo de información-basura circulante en ellas se puede responder con uno mayor de datos basados en la transparencia y la seriedad. Una tarea para los gobiernos y las autoridades sanitarias, si no quieren que los “antivacunas” y otros energúmenos saboteen los esfuerzos mundiales para derrotar la pandemia.