Este 1ro de marzo comienzan las clases, no es un comienzo cualquiera, es por demás un comienzo peculiar. No habrá fotos en la fila, ni en el salón, los niños que visten por primera vez la túnica blanca tendrán que despedirse de sus padres en la puerta de la escuela.

El 2020 nos dejó en la educación brechas, baches y lagunas que nos va a llevar años subsanar. Si ya de por sí hay tantos contextos familiares y sociales como niños en la escuela, la pandemia los reveló aún más. Niños que entraron religiosamente a sus clases de zoom y realizaron sus tareas de crea, niños que lo hicieron a veces, por infinidad de motivos y niños que lamentablemente no accedieron en ningún momento del año a la educación virtual. Razones sobran, dispositivos rotos, poco acceso a Internet, 5 niños para un solo dispositivo. Hogares quebrados por la pobreza y el desempleo. En el menor de los casos desidia de la familia.

Me pregunto que va a pasar cuando la maestra en este nuevo año de pandemia quiera retomar conceptos que se suponen aprendidos del año anterior. Es en ese momento en el que van a sobresalir las grandes brechas que la educación virtual nos dejó (aclaro que me parece una herramienta maravillosa). Pero no fueron sólo conceptuales los problemas de la virtualidad, también lo fueron emocionales. El niño que pudo (gracias a su contexto favorable) cumplir con todas las tareas volverá al salón de clases firme, sin miedos. En cambio el que no, siente que está en falta porque no aprendió lo que se esperaba, ni que hablar de aquel que estuvo totalmente desvinculado del sistema. Son los dos últimos grupos de niños que me preocupan enormemente, porque emocionalmente no están firmes. En el transcurso del año escucharán como los demás, incluida su maestra o maestro hablan de cosas que deberían de saber. Esto provoca en el niño un sentimiento de frustración y más de uno se cuestionará su capacidad cognitiva. Capacidad que nada tiene que ver con la cantidad de veces que entraron a crea.

Tanto docentes como padres tenemos la tarea agregada de educar en emociones, de desarrollar la mentalidad de crecimiento en cada uno de nuestros niños. Reconocer y afirmar que está bien que haya cosas que nos cuesten más que otras. Valorar y acompañaren el proceso, premiar el esfuerzo. Ayudarlos a comprender que no siempre se aprende la primera vez y qué la palabra “todavía” es poderosa.

A partir de este 1ro de marzo además de la mochila, revisemos el corazón.

Prof. Gabriela Arias