Escribe Gabriela Arias

Si algo nos va dejando esta pandemia es el debe enorme en educación emocional que tenemos como sociedad toda, como adultos responsables de las infancias y como docentes. Estamos frente a una generación de nativos digitales que sabe muy bien que hacer frente a una realidad totalmente virtual en cuanto a trabajo y estudio pero que poco saber hacer frente a una situación de frustración o tristeza.

Nos jactamos de que los niños de hoy saben usar una tablet y un celular, de que con 8 años algunos hasta saben programar. Lo cual me parece estupendo, son herramientas para la vida, sin embargo… ¿qué pasa cuando pierden en un juego, cuando se trancan con algo y no pueden seguir? ¿Cómo transitan la frustración y el enojo? ¿Lo transitan?

Asistimos en las redes a videos en los cuales los niños o adolescentes rompen los dispositivos cuando se enojan, lo hacen ante la postura inmóvil de sus adultos referentes (muchas veces). Como adultos referentes también carecemos de herramientas que nos permitan ayudar a transitar esas emociones, sobre todo las negativas, un grito y al dormitorio no es la solución, es un parche momentáneo. Tampoco basta con leer el Monstruo de los Colores a los niños, el desarrollo de las habilidades emocionales debe ir más allá de la lectura de un cuento. Se debe concentrar en ponerle nombre a las emociones, a lo que sentimos. Claro está que debemos de empezar los adultos a realizar ese trabajo para luego guiar a las niñas y los niños.

La no validación de las emociones de niños tiene consecuencias importantes. Si no le damos importancia al problema que trae un niño de 1ro de escuela, ¿qué te hace pensar que te va a contar los problemas que tenga en el liceo o cuando sea adulto? Para ellos siempre van a ser enormes sus problemas, y el mensaje subyacente para ese escolar va a ser “tus problemas son pequeños comparados con los míos”, “no son importantes en el mundo real”. SU mundo es real y sus problemas están acordes al tamaño de ese mundo.

Esta carencia de habilidades emocionales trae y traerá consecuencias en las relaciones humanas. Somos todos muy capaces en armar proyectos y hacer presentaciones en todas las plataformas existentes, pero incapaces de escuchar al otro realmente. Nos sobran herramientas digitales y nos falta empatía por el que está al lado.

No es mi intención desmerecer la era digital, me parece fascinante todo lo que hoy las niñas y los niños saben hacer. Tampoco es momento de buscar culpables de este desequilibrio. Se trata de buscar la forma de equilibrar la balanza para que cuando estas criaturas crezcan sean adultos emocionalmente sanos. Y que sapan tanto programar como ponerle nombre a sus emociones.