Por Horacio R. Brum

En diciembre de 1914, un funcionario del Servicio Oriental del gobierno británico escribió que la inclusión de una parte de Palestina en el protectorado egipcio, con Jerusalén como una ciudad independiente, podía ser una solución para el
reparto de los dominios del Imperio Otomano (aliado de Alemania en la guerra mundial que comenzaba), solución que “haría menos obvia la infiltración judía en Palestina y menos molesta para las susceptibilidades de los musulmanes e incluso de ciertos elementos del mundo cristiano”. Un año más tarde, los gobiernos de Londres y París redactaron un acuerdo secreto para tomar el control de los territorios del Medio Oriente, mientras prometían a los árabes la formación de un gran reino, desde la península arábiga hasta Siria e Irak, si se plegaban a la lucha contra el imperio de Estambul.
En 1917, el ministro de relaciones exteriores de Gran Bretaña negoció con Lord Rothschild, el líder la comunidad judía británica, y con Jaim Weizmann, una de las figuras más prominentes del movimiento sionista, la publicación de un
documento de apoyo de las autoridades londinenses a la creación de un estado judío en Palestina, a cambio del respaldo a la guerra contra Turquía y la alianza encabezada por Alemania. La Declaración Balfour (por el nombre del ministro
británico) se negoció sin representantes de quienes habitaban en esa época los territorios que hoy son Israel y Palestina y, como lo reconoció en gobierno de Gran Bretaña en 2017, no contempló la posibilidad de conceder la
autodeterminación a los árabes palestinos, que en esa época eran la mayoría de la población de los territorios en cuestión. La Declaración Balfour, una hechura de los británicos motivada por sus intereses imperialistas, es el punto de
partida de las tragedias que hoy azotan a Israel y Palestina.
El acuerdo Sykes-Picot fue otra contribución a los conflictos en el Medio Oriente, porque traicionó las promesas hechas a los árabes. Para debilitar el esfuerzo de guerra del Imperio Otomano, los británicos fomentaron la unidad y el alzamiento de quienes hasta entonces habían sido un grupo de clanes y tribus que con frecuencia guerreaban entre ellos. El teniente del ejército británico en Egipto Thomas Edward Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia, fue el oficial más activo en esa misión y quien también más se comprometió con lo ofrecido por Londres a los árabes, pero como lo
muestra en una breve escena la famosa película de David Lean (1962), quedó desilusionado por los manejos diplomáticos anglo-franceses que culminaron en el arreglo que lleva el nombre de los funcionarios que lo gestionaron. En
mayo de 1916, París y Londres resolvieron repartirse las provincias del Imperio Otomano en Medio Oriente, con lo cual se destruyó la ilusión de un gran reino árabe. El príncipe Faisal, amigo de Lawrence, presenció en la conferencia de paz de
Versalles cómo los vencedores de la guerra mundial cortaban tajadas de los territorios que le habían prometido, y tuvo que conformarse con regir el actual Irak. La península arábiga fue entregada a la familia de Ibn Saud, enemiga de la familia de Faisal, y de allí surgió Arabia Saudita; en Siria y el Líbano, los franceses impusieron su tutela con la fuerza militar, en tanto que Gran Bretaña intervenía en Egipto para asegurarse el control del canal de Suez y asumía el control de Palestina bajo la forma de un mandato, que supuestamente iba a concluir con la división en un estado judío y uno
árabe-palestino, otra promesa que los británicos no cumplieron.
El Medio Oriente es sólo una de las regiones donde el imperialismo de las potencias que hoy dicen defender la democracia ha dejado una huella de conflictos y divisiones trágicas. El imperio británico en la India fue dividido en dos países -la India y Pakistán- por un funcionario que trazó algunas líneas en un mapa, guiado por lo que él entendía eran las divisiones culturales y religiosas. Cuando se concedió la independencia, en 1947, miles de personas fueron asesinadas por razones religiosas y según los cálculos de la Comisión de las Naciones Unidas para los Refugiados, por lo menos 14 millones fueron desplazadas por la partición, en lo que el organismo define como la mayor migración en masa en la historia de la humanidad. Por otra parte, de Pakistán se desprendió Bangladesh en 1971, tras otro conflicto sangriento. Las desconfianzas y los resentimientos continúan plagando las relaciones regionales, y la India y Pakistán se
disputan el territorio de Cachemira, donde hay sectores que aspiran a la independencia.​
En la misma región, Afganistán fue desde el siglo XIX el escenario de pujas entre los imperios ruso y británico; los rusos aspiraban a una salida al océano Índico y los británicos trataban de impedírselo, mediante guerras y negociaciones
con las numerosas tribus del territorio. En 1919 el país logró una independencia precaria como reino, pero la Guerra Fría volvió a convertirlo en objeto de los intereses de las grandes potencias. En 1973 se estableció la República de
Afganistán; cuando se impuso un gobierno comunista apoyado por la Unión Soviética, las potencias occidentales estimularon la rebelión de los grupos musulmanes más tradicionalistas, de donde salieron los talibanes que hoy dominan
el país, para el fingido horror de los gobiernos occidentales.
La segregación racial imperante en Sudáfrica hasta 1992 también puede vincularse a los imperialismos de antaño. Durante casi dos siglos los colonizadores de origen holandés segregaron y discriminaron a la población nativa; cuando
cayeron bajo el dominio británico y pese a la legislación impuesta por Londres en sentido contrario, los blancos conocidos como afrikaners mantuvieron la segregación de facto, no solamente contra los negros, sino también contra los indios y otros asiáticos. Un joven abogado de nombre Mohandas Gandhi libró en esa época sus primeras luchas por los derechos civiles en la ciudad sudafricana de Durban; años más tarde, el mundo lo conoció como el Mahatma Gandhi.
Gran Bretaña no hizo nada para imponerse al segregacionismo de los afikaners y en 1948, cuando el mundo apenas se recuperaba de la cruenta guerra que eliminó al racismo institucionalizado de los nazis, la Sudáfrica independiente promulgó las leyes que conformaron el sistema del apartheid, el cual duró hasta 1992. Otros tiempos de
sufrimiento y brutalidad, cuyas raíces llegaban hasta el imperialismo practicado por una potencia que pretende ser la cuna de la democracia. Como nota al margen, se puede mencionar que durante los años del apartheid, mientras en muchos países la opinión pública se inclinaba hacia el boicot a Sudáfrica en campos que iban desde el deporte hasta la economía, Israel fue el aliado más firme del gobierno racista. El “incidente de Vela”, de 1979, fue muy probablemente la prueba de un artefacto nuclear israelí en unas islas bajo jurisdicción sudafricana, muy aisladas a medio camino entre
África y la Antártida. Pocos son los países europeos que, con su imperialismo, no dejaron una herencia de guerras civiles, golpes de estado y conflictos étnicos y nuestra América, libre ya del dominio español, tuvo que sufrir el surgimiento de la versión
moderna del imperialismo. En la primera mitad del siglo XIX, Estados Unidos despojó a México de más de la mitad de su territorio original y en 1898 destruyó los últimos vestigios del viejo imperialismo español para dominar Cuba y Puerto Rico.
Este último fue convertido en un estado vasallo, al estilo de los principados de los maharajás del imperio británico en la India, en tanto que el acoso y bloqueo a Cuba, que hasta la Revolución fue el real patio trasero de EE UU, es una versión
perfeccionada de la antigua política de las cañoneras. Filipinas, la otra colonia española conquistada por Washington, estuvo privada por la fuerza de su independencia hasta 1946. Aunque se suele hablar del imperialismo soviético, lo cierto es que Moscú nunca tuvo colonias al estilo de Gran Bretaña o Francia. Impuso regímenes mediante la penetración de la ideología comunista y en algunos casos, los mantuvo
en el poder por la fuerza militar, pero la caída del comunismo en Europa Oriental dejó paso a sistemas políticos estables. Irónicamente, las guerras étnicas de la desintegración de Yugoeslavia se produjeron cuando desapareció la
homogeneidad nacional que mantenía el gobierno comunista y es en la Rusia “democrática” donde Vladimir Putin ha resucitado unas ambiciones imperiales propias del siglo XIX. China es otro país sin deudas coloniales, aunque ocupó el
Tibet en 1950; al igual que la URSS, apoyó a movimientos comunistas de liberación en muchos países, pero hasta la revolución de Mao estuvo bajo la presión permanente de las potencias europeas y Estados Unidos, que extraían concesiones comerciales y enclaves territoriales, haciendo valer sus supuestos derechos mediante expediciones
militares. Sea en Palestina o en Cuba, casi no hay lugar del planeta que no tenga algún problema o conflicto vinculado al imperialismo en sus diversas formas y esos imperialismos han sido ejercidos por los gobiernos que hoy pretenden dar lecciones de democracia en todos los continentes.